Jorge Eduardo Arellano
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Según la teoría del poder, éste se puede definir como: La Tipología, la cantidad, la mezcla y la intensidad de factores de violencia, riqueza y conocimiento, utilizados por una organización o individuos, para lograr el dominio de las voluntades de quienes precisan y anhelan satisfacer un cúmulo de necesidades y deseos determinados. Partiendo de lo anterior podemos enfocar el poder político como la gestión de la cosa pública en virtud de la voluntad de la mayoría de los habitantes de una nación a través del ejercicio del sufragio universal, el poder de gestionar la cosa pública debe orientarse a la búsqueda del bien común.

Según el argumento popular, toda la cosmovisión de la clase política gira alrededor del poder como un fin.

¿Pero a caso tendría asidero engancharse en una organización política si ésta no tiene como meta conquistar el poder político? La repuesta obviamente es no, por la sencilla razón de que una organización política desprovista de poder no lograría desarrollar sus objetivos, su misión y su visión.

La clase política de extracción oligárquica y burguesa, por ejemplo, está preocupada por “reconquistar” el poder y desarrollar un programa político y económico ¡a favor de quién! ¡de los pobres! ¡Sería una tontería pensarlo! Porque el proyecto político de la oligarquía será consistente y coherente con los intereses de la clase que representa, sería utópico pensar que una vez que la clase política burguesa conquista el poder político desarrollará un proyecto de orientación económica y social para reivindicar las aspiraciones de las masas populares.

¡Reflexionemos objetivamente! Lo anterior es sencillamente imposible, porque la clase política burguesa al reivindicar propósitos ajenos a su naturaleza perdería su esencia y entraría en contradicción con los intereses económicos de la misma burguesía y todo su sistema de valores.

Ahora bien, lo anterior no implica por ningún motivo que la clase política burguesa no emprenda proyectos paliativos y muchas veces hasta progresistas a favor de las clases populares, recordemos que tanto la clase pobre como la burguesía comparten el mismo sistema y por tanto entre ellos existe una unidad dialéctica inseparable, la existencia de una es condición necesaria para la existencia de la otra, es un proceso dinámico de fuerzas atrayentes y repelentes de unidad y lucha de contrarios. Lo anterior es la que obliga a la clase política burguesa a establecer un conjunto de concesiones a las clases populares a fin de mantener un equilibrio temporal y muchas veces prolongado.

En el mismo orden, en el marco de la globalización los sectores progresistas deben aprender a manejar las contradicciones entre clases, 40 años atrás el camino era la violencia hoy es necesario a finar su” puntería ideológica” tratando de llegar a las mentes de las personas a través de la persuasión sin subterfugios y anacronismos, sin retóricas y hablando con el arte de la verdad como parangón de un pensamiento político cualitativamente nuevo. ¿Esto quiere decir que desaparecen las contradicciones fundamentales del sistema?
El fenómeno global no elimina las contradicciones de clase, por el contrario, las exacerba justamente porque el capitalismo de hoy no es mejor que el de hace 40 años. Sin embargo, las estrategias para “asaltar el poder” son diferentes aun cuando el capitalismo de hoy es mucho más brutal, más excluyente y más fundamentalista que nunca.

Estamos bajo los tentáculos de un poder global inmisericorde cuya manifestación más radical es la exclusión y la concentración de la riqueza a expensas de miles de millones de seres humanos que deambulan como “peregrinos eternos” en las grandes metrópolis en búsqueda de empleo. Y dentro de sus mismos países son refugiados permanentes como bien expresaba el colega Néstor Avendaño “viven pero no existen”, viven en tanto son seres reales de carne y hueso pero no existen para el mercado ni como productores, ni como consumidores.

A este respecto decía Bresinsky, “en el mundo hay más de tres mil millones de personas que están demás que simplemente sobran”, semejante posición neomalthusiana está a tono con la posición del “intelectual” Cubano- Español Carlos Alberto Montaner, en relación a las protestas de los excluidos en diferentes partes de la tierra. “ Hay que crear protestodromos” según él para que los pobres reclamen sus derechos encerrados en un “corral”, porque su presencia en las calles obstaculiza el tránsito de la “gente decente”.

La globalización es una simbiosis de conflicto y crisis, el conflicto constituye un fenómeno de antagonismo entre las partes que protagonizan una situación problemática, es el choque, el combate, el apuro y la angustia por la preeminencia de una clase burguesa global sobre todo un ejército de miles de millones de seres humanos que se debaten entre la vida y la muerte todos los días en la periferia del sistema.

De tal suerte que el grito arrogante de Fukuyama sobre “el fin de la historia y la desaparición de las contradicciones” ha reventado como bomba de tiempo en las narices de todo un “atajo” de reaccionarios y adyectos que haciendo apología de lo escrito por fukuyama se creyeron el cuento que el ya desprestigiado neoliberalismo era el fin de la historia.

De modo que el conflicto es un hecho social inevitable, las luchas por el poder no constituyen imperiosamente enfermedades, están inscritas dentro de la naturaleza humana, lo cual quiere decir que estaremos en conflicto siempre que existan necesidades y deseos por satisfacer y escasos recursos para lograrlo, estará el conflicto presente siempre que existan organizaciones y personas que intenten hacerse con el poder como un fin y no como un medio para servir a los demás, estaremos en conflicto siempre que coexistan dentro de un mismo sistema clases sociales diferentes por su naturaleza e incompatibles por sus intereses.


*Catedrático- Investigador de la Facultad de Administración, Comercio y Finanzas – Upoli.