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“Cuidado con lo que ponen en Facebook”, advirtió el presidente estadounidense Barack Obama a estudiantes de bachillerato en septiembre pasado. “Cualquier cosa que hagan será utilizada más adelante en alguna etapa de sus vidas.”

De hecho, estamos aprendiendo esa lección de una forma dura: la información digital casi nunca desaparece, aunque así lo quisiéramos. El resultado es la permanencia del pasado en el presente. Este hecho es uno de los desafíos más grandes que encara la sociedad a medida que las computadoras e Internet forman cada vez más parte de la vida diaria.

Durante miles de años, recordar información era costoso y llevaba mucho tiempo, y olvidar era una característica natural del ser humano. En la era digital, ocurre lo contrario: el almacenamiento barato en una computadora, potentes procesadores y un omnipresente acceso a Internet han hecho que recordar sea la norma.

Pensemos en nuestra tendencia a almacenar nuestros borradores, años de tráfico de correo electrónico y miles de feas fotos digitales en nuestros discos duros, no porque hayamos decidido que vale la pena recordarlos sino porque almacenarlos es ahora la manera normal de hacer las cosas. En contraste, decidir qué borrar es costoso. En realidad requiere mucho más tiempo y esfuerzo eliminar datos que conservarlos. Por tanto, damos clic en “guardar” por si acaso.

Sin embargo, vale la pena recordar que el olvido es muy valioso. Olvidar nos permite trascender los detalles y generalizar, ver el bosque y no sólo los árboles.

A medida que cierta información desaparece con el tiempo, el mundo se vuelve más comprensible porque tenemos la libertad de centrarnos en lo que es importante. Olvidar también nos permite perdonar a los demás. Los recuerdos de experiencias pasadas que se desvanecen permiten que florezcan nuevos recuerdos, así como las hojas que caen permiten el crecimiento de otras nuevas. Por tanto, olvidar nos ofrece una segunda oportunidad, como individuos y como sociedad, para superar nuestros errores pasados y nuestras malas acciones, para aceptar que los humanos cambian con el tiempo.

Pero con la memoria digital el proceso natural se ha detenido. En cambio, el pasado está siempre presente, listo para ser recuperado con unos cuantos clic en una computadora o teléfono celular.

En efecto, nos enfrentamos crecientemente a información desactualizada, fuera de contexto, desde noticias anacrónicas hasta correos electrónicos emotivos y fotografías comprometedoras que habíamos olvidado hacía mucho tiempo. Por ejemplo, cada vez más y más empleadores están buscando información sobre quienes solicitan un empleo en Google y en los sitios Web de las redes sociales. Existen muchos casos de personas a quienes se ha negado un puesto o un ascenso debido a la información descubierta. No obstante, eso es el reflejo del pasado de una persona; raramente ofrece información precisa sobre el presente.

La recomendación de Obama nos recuerda que debemos ser más selectivos sobre la información que compartimos en línea. Su consejo es esencialmente practicar una forma de abstinencia digital. Es una sugerencia comprensible y pragmática –pero no necesariamente buena.

Tenemos mucho que ganar individualmente y como sociedad al compartir información mutuamente. Demasiada autocensura de lo que hacemos en línea nos negaría los beneficios de Internet.

Un mejor enfoque sería uno que garantice que la información digital, al igual que sus variantes de antaño, pueda desaparecer con el tiempo. Primero, podemos poner “fecha de caducidad” a los archivos digitales de modo que nuestros sistemas los borren cuando llegue el momento apropiado.

Segundo, podríamos optar por sujetar a nuestra información a una forma de degradación digital de modo que se erosione lentamente (y tendríamos que tomar medidas proactivas si alguna vez quisiéramos recuperar parte de ella). Tercero, podríamos separar la información pasada, de modo que se requiera un esfuerzo especial o tiempo adicional para recuperarla, lo que reduciría las oportunidades de encontrarla accidentalmente.

Mientras más avanzamos a toda velocidad hacia el futuro, más amalgamamos los datos y desperdicios del pasado y los traemos irrevocablemente al presente. Sin embargo, no se necesita solamente cambiar la forma de almacenar y recuperar la información sino también la manera en que la concebimos. La carga recae en nosotros en la misma medida que en la computadora.

Viktor Mayer-Schönberger, Director del Centro de Investigación sobre Políticas de Información e Innovación de la Universidad Nacional de Singapur, es autor de Delete: The Virtue of Forgetting in the Digital Age.
Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2010.
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