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Kazajstán puede estar muy lejos de la eurozona, pero sus experiencias económicas recientes son altamente relevantes para las tribulaciones actuales del euro. Mientras la zona del euro lucha con las crisis de deuda y la austeridad de sus miembros más débiles, Kazajstán está surgiendo de un colapso generalizado del sistema bancario con una recuperación económica sólida.

Durante gran parte de la década pasada, un despilfarro de préstamos se apoderó de Kazajstán, cortesía de los bancos globales –como fue el caso en gran parte del sur de Europa-. La toma de crédito en el exterior por parte de los bancos kazajos llegó a representar cerca del 50% del PBI, y muchos de estos fondos se utilizaron para proyectos de construcción. Mientras entraba dinero a raudales, los salarios subían, los precios de los bienes raíces alcanzaban niveles próximos a los parisinos y la gente se engañaba a sí misma pensando que Kazajstán se había convertido en el último tigre de Asia.

La fiesta llegó a un fin estrepitoso en 2009, cuando dos bancos de inversión globales muy sagaces aceleraron los aplazamientos de pago –con la esperanza de recuperar su dinero-. El gobierno kazajo, que venía pugnando por respaldar a sus bancos privados sobredimensionados con inyecciones de capital y nacionalizaciones, tiró la toalla y cortó el chorro. Los bancos dejaron de pagar sus créditos y los acreedores aceptaron importantes “recortes” (reducción en el valor principal).

Ahora bien --y aquí está el punto--, una vez canceladas sus deudas, hoy el sistema bancario está recapitalizado y en condiciones de respaldar el crecimiento económico. A pesar de una cesación de pago desordenada, este nuevo arranque ha generado un cambio de rumbo notable.

La estrategia de Europa occidental para lidiar con bancos resquebrajados es totalmente diferente. Irlanda, el tigre celta de Europa en la década pasada, creció en parte debido a grandes flujos de crédito que ingresaban a su “Complejo de Banca y Bienes Raíces”. La toma de crédito en el exterior por parte del sistema bancario irlandés alcanzó aproximadamente el 100% del PBI –el doble de Kazajstán-. Cuando la economía mundial se desplomó en 2008-2009, la fiesta en Irlanda ya se había terminado.

Pero es aquí donde las historias divergen, al menos hasta ahora. En lugar de hacer que los acreedores de los bancos privados aceptaran recortes, el gobierno irlandés optó por transferir toda la carga de la deuda a los contribuyentes. El gobierno actualmente tiene déficits presupuestarios del 10% del PBI, a pesar de haber recortado los salarios del sector público, y hoy planea más cortes para honrar la deuda de los bancos quebrados.

Grecia hoy se encuentra en una encrucijada similar a la de Kazajstán e Irlanda: el gobierno tomó mucho crédito en la última década y despilfarró el dinero en un sector público inflado (y sindicalizado) y no en bienes raíces modernos -y disponibles-, mientras que la deuda del gobierno está próxima al 150% del PBI.

La aritmética es sencillamente calamitosa. Si Grecia ha de empezar a pagar sólo el interés de su deuda –en lugar de reconvertirla en nuevos créditos-, para 2011 el gobierno necesitaría tener un excedente del presupuesto primario (o sea, sin contar los pagos de intereses) de casi el 10% del PBI. Esto requeriría aproximadamente otro 14% del PBI en recortes del gasto y arbitrio rentístico, lo que representaría uno de los mayores ajustes fiscales que se hayan intentado hasta el momento.

Peor aún, estos voluminosos pagos de intereses muy probablemente irían a parar a Alemania y Francia, con lo cual la economía griega se vería aún más privada de ingresos. Si Grecia alguna vez ha de pagar parte de su deuda, necesitará un programa drástico de austeridad que se prolongue durante décadas. Un programa de este tipo haría que el PBI griego se desplomara mucho más que la marcada caída de Irlanda hasta la fecha. Es más, los trabajadores públicos griegos deberían atenerse a recortes masivos de sus salarios, lo cual, en el clima político tóxico de Grecia, es un camino seguro a niveles peligrosos de antagonismo civil y violencia.

Los líderes europeos se equivocan si creen que Grecia puede alcanzar una solución reanudando el préstamo de mercado normal. Grecia simplemente no puede permitirse pagar su deuda a tasas de interés que reflejan el riesgo inherente. La única manera de refinanciar la deuda de Grecia a un nivel costeable sería mediante préstamos subsidiados a largo plazo que, en definitiva, cubrirían una porción importante de las obligaciones que vencen en los próximos 3-5 años. Y, aún con esos términos generosos, Grecia probablemente necesitaría un ajuste fiscal abrumador del 10% del PBI para retornar a un sendero de deuda más estable.

La alternativa para Grecia es manejar su cesación de pago de una manera ordenada. El préstamo imprudente al estado griego se basó en la terrible toma de decisiones de los acreedores europeos. La cesación de pago les enseña a los acreedores –y a sus gobiernos- una lección, y también a los deudores: los errores cuestan dinero y los errores que uno cometió sólo le pertenecen a uno.

Con cada día que pasa se vuelve más evidente que una reestructuración de la deuda griega es inevitable. Casi con certeza Grecia podrá acceder a alguna forma de cesación de pagos, y tal vez ésta sea la mejor alternativa. Un incumplimiento de pago sería doloroso –pero lo mismo sucedería con cualquier otra solución-. Y una cesación de pago con una reestructuración “ordenada” instantáneamente colocaría a las finanzas de Grecia en un sendero sostenible.

Después de arduas negociaciones, el gobierno y sus acreedores probablemente terminen podando la deuda de Grecia a la mitad. Los bancos griegos tendrían que recapitalizarse, pero luego podrían volver a generar nuevos préstamos.

Una cesación de pago también transferiría parte de los costos de una toma de crédito frenética por parte de Grecia a los acreedores. Los alemanes y los franceses necesitarían inyectar más capital en sus bancos (quizá finalmente se mostrarían más abiertos a una mayor regulación para impedir que esto vuelva a suceder) y todo el mundo se volvería más cauteloso a la hora de prestar a estados soberanos derrochadores.

A fin de cuentas, al enseñarle a los acreedores una lección necesaria, una cesación de pago dentro de la eurozona, en rigor de verdad, podría terminar siendo un paso elemental para crear un sistema financiero europeo –y global- más saludable.

Simon Johnson, profesor en la Escuela de Administración Sloan del MIT, miembro del Peterson Institute y ex economista principal del FMI, es uno de los autores del libro de inminente publicación 13 Bankers (13 banqueros). Peter Boone, presidente de Intervención Efectiva en el Centro para el Desempeño Económico de la London School of Economics, es director de Salute Capital Management Ltd.
Copyright: Project Syndicate, 2010.
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