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Cuando ocurrió la toma de Catedral por los estudiantes, el 26 de septiembre de 1970, el Rector León Pallais S. J., se encontraba en España. Ante la gravedad de los acontecimientos regresó de inmediato a Nicaragua. En vez de analizar la crisis con frialdad, sintió que su hegemonía había sido desafiada y puesta en entredicho por los sacerdotes Juan Bautista Arríen y Fernando Cardenal. La onda expansiva derivada de la huelga estudiantil impactaba seriamente entre la comunidad de jesuitas de la UCA. Ante la inminente llegada del Provincial para Centroamérica, Miguel Francisco Estrada, el Rector Pallais comunicó a Cardenal que no deseaba que continuara en la UCA. Lo conminó a marcharse de inmediato del campus universitario. Igual suerte corrió Arríen. El choque fue frontal. El rector argumentó que “quien tiene huevos se toma los cuarteles y no las catedrales”. La respuesta de Arríen fue lapidaria: “Pues, tu León, nunca has demostrado tenerlos”.

Dos figuras claves vinculadas con el movimiento estudiantil eran excluidas de la comunidad jesuita de la UCA. Arríen marchó a finales de diciembre rumbo al exilio. Su destino fue Alcalá de Henares, donde iba a realizar estudios en Planificación y Administración de la Educación. Cardenal se fue de la UCA a principios de enero de 1971; por decisión expresa del Provincial Estrada, se refugió en el Colegio Centroamérica. El Padre Pallais creyó que el paréntesis abierto con la discusión de nuevos estatutos para regir la UCA, podría aprovecharlo para oxigenar su permanencia en la universidad. La primera decisión fue clausurar los Cursos de Verano. Los estudiantes adujeron que se trataba de una medida descabellada. Se tomaron el edificio de rectoría y la biblioteca para abrir una negociación y no ver afectados sus estudios. La reacción desmesurada del Padre Pallais precipitó los acontecimientos. Desoyó los consejos de indulgencia vertidos por algunos miembros del Patronato Económico. El 26 de febrero decretaron la expulsión de más de sesenta estudiantes.

La separación abrupta de los estudiantes mientras se encontraban de vacaciones, impactó fuertemente el ánimo del Padre Cardenal. Su juicio fue severo. “Me parece difícil encontrar en la historia de las universidades en el mundo entero una expulsión masiva de este calibre, y más en una universidad pequeña como era entonces la UCA. ¡De una sola vez, más de 60 jóvenes! Con el nivel de agitación política que había dentro de la UCA y en todo el país, era fácil imaginar que los problemas internos no se iban a solucionar echando fuera a los jóvenes, sino que eso agravaría inmensamente la situación de crisis”, subraya en sus memorias el sacerdote, quien valora positivamente las luchas de los estudiantes orientadas a tumbar el somocismo y revertir la pobreza que padecía la mayoría de los nicaragüenses. (Sacerdote en la revolución. Memorias. Tomo I. Anamá Ediciones, Managua, 2008, P. 52).

El 19 de abril, junto a la estatua de San Ignacio de Loyola, padres de familia se hicieron presentes para solidarizarse con sus hijos. Igual actitud asumió buena parte de los estudiantes que no habían sido expulsados. Este escenario fue el que encontré a mi llegada de Juigalpa. Venía a matricularme, puesto que jamás me inscribí en los Cursos de Verano. Otro error fue haber expulsado al profesor Ernesto Tito Castillo, el “catedrático de mayor prestigio moral e influjo entre los dirigentes estudiantiles”, como afirma el Padre Fernando Cardenal. Tenía una enorme capacidad para escuchar. A partir de este momento resulta fácil seguir el rumbo de los acontecimientos. El martes 20 La Prensa destaca a ocho columnas en su primera página, “Huelga en la UCA, Solidaridad con los expulsados”. Los padres de familia acompañan a sus hijos en sus reivindicaciones. En la UCA inicia la más profunda y firme contradicción entre padres de familias, estudiantes, profesores y autoridades universitarias.

En declaraciones al diario La Prensa, el nuevo encargado de relaciones públicas, Enrique Alvarado Martínez, “informó que las actividades administrativas continúan normales, porque los estudiantes en ningún momento las habían entorpecido”. Durante la madrugada del miércoles 21 de abril, la UCA fue ocupada militarmente. Se escaló el conflicto y el país atónito no asimilaba que madres, padres, jóvenes y sacerdotes hayan ido a parar a la cárcel. Para salvar su responsabilidad histórica, Arríen, quien había regresado al país el 18 de abril, declaró a los periodistas que “los jesuitas no se habían reunido”, en clara alusión a que la orden de encarcelarlos no provenía de ellos. La acusación de los padres de familias presos, la resume una nota escueta publicada por La Prensa de ese día, titulada: “Desde El Hormiguero acusan a padres jesuitas”. Otro titular refiere que la UCA estaba “erizada de fusiles y más detenidos”.

El alegato de que la UCA era propiedad de los jesuitas, fue rebatido en un comunicado dado a conocer por el Comité de Padres de Familias. De manera contundente afirmaron “que a contrapelo del deleznable criterio de algunos miembros de la Comunidad Jesuita, la universidad no es patrimonio exclusivo de la Compañía de Jesús, sino que pertenece al patrimonio inalienable de la sociedad a la cual deben servir, porque es esta misma sociedad la que la nutre y la sostiene moral y materialmente”. El conflicto arreció al conocerse que cuatro sacerdotes habían sido detenidos por la Guardia Nacional. El Padre Francisco Campos, Presidente de la Asociación Nacional del clero; Padre Edgard Zúñiga, Párroco del Perpetuo del Socorro, Padre Edgard Parrales, coadjutor de la misma parroquia y el presbítero Castro. En vez de amainar el conflicto se extendió por todo el país.

En León fueron tomadas la Iglesia La Merced y La Recolección. El 22 de abril un Pedro Joaquín Chamorro profético, expone en su editorial que “la presión masiva hará historia”. La Junta Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua, se pronuncia y condena la decisión de los directivos de la UCA al utilizar la fuerza, renunciando al ejercicio de la autoridad. Al día siguiente, los sacerdotes continuaron tomándose los templos. El sábado los jóvenes fueron puestos en libertad; cuarenta de ellos marcharon directamente hacia Catedral. Para poner fin a la tragedia, los padres de familia enviaron una extensa carta al Consejo Universitario de la UCA, indicando que la solución pasaba por una amnistía a favor de los estudiantes expulsados. El Ing. Roberto Lacayo Fiallos como miembro del Comité de Padres de Familias, insiste en recordar a las autoridades universitarias, que “la UCA no es propiedad privada de la Compañía de Jesús, sino de todos los sectores que concurrieron a su fundación y desarrollo”. (LP. 24 de abril. P. 16)
Los atropellos de la Guardia Nacional continúan, invaden Catedral (lunes 26 de abril). La respuesta estudiantil consistió en ampliar la toma de los Colegios Religiosos. El apoyo brindado por los estudiantes de Secundaria provocó un acercamiento con los estudiantes universitarios. Sufrían en carne propia los desmanes somocistas. El número de estudiantes en paro llegó a sobrepasar los treinta mil. A través de una metamorfosis explicable las demandas académicas adquirieron carácter político. Durante la revuelta parisina de mayo de 1968, Jean Paul Sartre, además de apoyar sus acciones, afirmó que ser estudiante es solo una edad. La edad del cuestionamiento a los poderes establecidos. En Nicaragua las universidades hasta hace poco mantenían su condición de centros de impugnación de los poderes públicos y privados. La precipitación con que actuaron las autoridades de la UCA, permitió a los estudiantes completar una jornada histórica no solo para lograr su readmisión, también consiguieron la libertad de los presos políticos que habían cumplido su condena, en su mayoría sandinistas.

Al realizar el balance final de la jornada, los estudiantes y el Padre Fernando Cardenal, concluyeron que había sido positiva. Entre los logros alcanzados establecen la libertad de los reos políticos; un avance en la concientización de todas las capas sociales; la intervención activa de los estudiantes de secundaria, igual que de sus padres; el sector de los sacerdotes jóvenes presentó el rostro de una iglesia comprometida con el ser humano y sus problemas; el movimiento estudiantil de ambas universidades salió robustecido y permitió conocer quién era quién en la Iglesia de Nicaragua. (Cardenal P. 60). Sin la actuación decidida del estudiantado universitario la UCA hubiera continuado preparando profesionales con altas credenciales académicas, sin mayores compromisos con el destino inmediato de la mayoría empobrecida de los nicaragüenses.

Los estudiantes culminaron exitosamente una jornada de enormes repercusiones para la sociedad nicaragüense. Meses después el sacerdote Fernando Cardenal S. J., asumía plenamente su compromiso cristiano, integrándose a las filas sandinistas. Aun con lo ocurrido, las autoridades de la UCA continuaron con su política de marginación y desaparición del Ceuuca. Las luchas lograron galvanizar las conciencias de la mayoría de los estudiantes de la UCA. A partir de este episodio, sus demandas serán prioritariamente políticas. Para cambiar las cosas primero había que salir de los Somoza.

Las acciones estudiantiles despercudieron el rostro de la universidad. La sacudida condujo a la comunidad universitaria a interesarse por todo lo que ocurría en su entorno. No podía continuar dando las espaldas a la realidad nacional. El diagnóstico realizado por Juan Bautista Arríen en agosto de 1970, es concluyente: “La universidad estaba estancada y con algunos vicios acumulados. Era la réplica del sistema gubernamental y sus intereses. El gobierno había proyectado en ella un baluarte de su sistema e intereses. Estamos aprisionados por su ayuda económica, vendidos por una moneda de plata, con incapacidad de denunciar injusticias de las que es copartícipe el gobierno”. (La vida más allá de uno. Juan Bautista Arríen, 2009, Managua, p. 70). ¿Alguien lo duda?