Jorge Eduardo Arellano
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He sido invitado para colaborar en el número conmemorativo del 40 aniversario de la revista Encuentro, la más antigua publicación periódica en nuestro país de carácter cultural y científico, que todavía se edita, fundada en 1968. Precisamente, el ex-rector de la Universidad Centroamericana, sacerdote jesuita Eduardo Valdés, celebró en 2001 el 33 aniversario de esa revista que hasta hoy ha cumplido, mejorando cada vez más su rigor y calidad, con una de las funciones básicas de la universidad: la investigación (las otras corresponden a la formación profesional y a la extensión cultural).

En esa ocasión, Valdés realizó un acto conciliatorio con la memoria histórica al convocar a los colaboradores y patrocinadores de su primera época, iniciada en enero-febrero de 1968. Ese primer número lo dirigió el doctor Julio Icaza Tigerino (1919-2001), quien tuvo la ocurrencia de encargarme la infaltable “Crónica estudiantil”. Ésta correspondía a casi todo 1967 --el año del 22 de enero y del centenario natal de Rubén Darío, del ascenso a la presidencia del segundo Somoza Debayle y de Pancasán, de la prédica hippie de Ángel Martínez Baigorri (1899-1971) y del diálogo convergente entre cristianos y marxistas promovido e interpretado por Uriel Molina; el año de la primera graduación celebrada en el Teatro Margot, de la Managua pre-terremoto del 72, donde intervinieron el “Che” Laínez, Presidente del Banco Central, y Danilo Aguirre, en representación de los egresados.

Entonces la UCA, como primera institución privada de enseñanza superior surgida en el istmo centroamericano, daba una efectiva respuesta a la demanda de educación profesional dentro de la estrategia desarrollista de la época. No se olvide que, bajo el temor de la influencia de la Revolución Cubana, Estados Unidos impulsó la Alianza para el Progreso y Centroamérica desarrolló su mercado común; y tampoco que la UCA había tenido de artífice a un jesuita nicaragüense de vocación fundacional.

Éste --León Pallais Godoy-- supo aglutinar en el momento oportuno, aprovechando la secular experiencia educativa de su Orden, a intelectuales católicos y ex alumnos del granadino Colegio Centroamérica --quienes habían asumido el proyecto universitario como propio--, a la empresa privada que requería de cuadros para fortalecerse y a la familia gobernante que cedió los terrenos y esperaba que la nueva institución sirviera de contrapeso a la beligerancia política de la Universidad Nacional en León.

Tal fue el contexto de la aparición de ENCUENTRO, es decir, de su número inicial, en que colaboré refiriendo las actividades deportivas de mis compañeros --béisbol, fútbol y tenis de mesa--, las de su centro de Gobierno --el Ceuca-- y sus proyecciones artísticas: tanto la efímera vida del grupo folklórico como la exitosa actuación, a nivel nacional del TEATRO ESTUDIO de la UCA o TEUCA. Número, por lo demás, concebido por su Director/fundador –ese lúcido ideólogo de signo tradicionalista que fue Ycaza Tigerino- no sólo como símbolo de la confluencia geográfica y telúrica del continente americano que es Nicaragua, sino también como rencontre o confrontación de ideas y espacio para superar el trágico aislamiento del individuo en el mundo actual, restaurar --hasta donde fuese posible-- el espíritu comunitario y el sentido de la solidaridad humana en el quehacer de la Cultura --con mayúscula-- y de la vida.

Lejanísimos y muy ajenos, sin embargo, se tornan hoy --después de haber corrido mucha agua y sangre bajo el puente-- estos conceptos que compartía, sin duda, el rector–fundador, cuyo ensayo “Ser y misión de la Universidad Centroamericana” ocupó desde luego las páginas centrales de ese número pionero. Así, puntualizaba: “Incumbe a la Universidad Católica, como foco de concientización de la realidad histórica, enfrentarse al reto cada vez más urgente de la promoción social que entraña el desarrollo. La Universidad debe ser la conciencia de la nación, y por lo tanto, debe proclamar las exigencias indescriptibles de la verdad y la justicia”. Y agregaba: “La Universidad Católica es una universidad pluralista, y entendemos este pluralismo como un respeto y un diálogo enriquecedor entre las diversas posiciones. No fue creada con una actitud defensiva ante el laicismo, o como una empresa cuya exclusiva misión fuera la pastoral, sino como verdadero espíritu cristiano y, como tal, amplio y acogedor, sin discriminaciones, imposiciones y hermetismos”.

Ése fue el perfil teórico de la UCA que marcó la primera etapa de Encuentro y su medio docena de números, publicados todos en 1968; perfil vinculado al aggiornamiento que impulsara desde El Vaticano II Juan XXIII. Por algo con el nombre de esta moderna figura renovadora de la Iglesia se bautizó el Centro de Estudios de Investigación y Acción Social de la Universidad. En otras palabras, el primer rector fundador, como lo han sido todos sus sucesores, era “the raigh man in the raigh place”, hasta que la estrategia desarrollista colapsó. Entonces adquirieron relevancia sus impugnadores reales: los proyectos revolucionarios que buscaron establecer socialistas; la renovación conciliar alcanzó contenidos liberadores a partir de Medellín, la propia orden ignaciana entró en crisis –abandonándola no pocos de sus miembros locales- y el Kupia Kumi, o pacto libero/conservador, prolongaba la continuidad del sistema socio político.

Todo ello fue reflejando en la segunda etapa de ENCUENTRO dirigido por el catedrático y filósofo español Romano García, quien supo revitalizarla --a través de colaboraciones de procedencia europea-- verdaderos debates de ideas, sin prescindir de la creatividad nicaragüense y de la dimensión latinoamericana. En este sentido me asignó una reseña en la acostumbrada sección de “Libros”: “Los premios de la Casa de Las Américas” (no. 14, octubre-diciembre, 1970).

La tercera etapa de la revista, que abarcó catorce fascículos sin numeración, sólo con fecha (de julio-agosto, 1973 a julio-diciembre, 1978) fue lo más estable de la revista. En su historia de la UCA, Enrique Alvarado Martínez lo confirma: “Esta tercera época --dice-- es la más prolongada bajo la dirección de una misma persona: el poeta Horacio Peña”. Pero olvida dos números monográficos, previos a esa etapa y aparecidos en medio de la crisis que aun dominaba a la institución a finales de 1971 y primeros meses de 1972: Uno dedicado a la poesía de Ángel Martínez Baigori, fallecido el 5 de agosto del primer año; y el otro correspondiente a todo 1972 y que consistió en la biografía sobre William Walker del historiador decimonónico José Dolores Gámez. Ambos números fueron dirigidos por el doctor Luis A. Claramunt y constan en el Índice analítico de la revista (1978), elaborada por Hazel Hay bajo mi tutoría, que publicó en 1980 la Biblioteca del Banco Central de Nicaragua.

En su editorial “El nuevo Encuentro”, Peña declaraba que la revista convocaba a un re-encuentro “con nosotros mismos para lograr evitar la destrucción que nos puede venir de la misma naturaleza y del mismo hombre”. En cuanto a las etapas posteriores son ya conocidas y tienen que ver con el papel que le tocó desempeñar a la UCA, involucrada en el proceso revolucionario, cuando “la Universidad –cito al padre Valdés- al desbordarse la realidad social, se invade de utopías hasta terminar con un paraíso sustraído donde la autonomía se convierte en adjetivo de secreto”.

Ése fue el contenido de mi intervención en 2001, representando a los escritores en el reconocimiento que el Padre Valdés realizó el 25 de julio de 2001 en la UCA y que terminaba con la cita de mis dos grandes maestros de generación, directamente vinculados a los orígenes de la misma: Pablo Antonio Cuadra (1912-2002) y José Coronel Urtecho (1906-1994). El primero nos señala una realidad terrible, que debe ser siempre tema de reflexión para todos: “Nicaragua es un milagro de grandes empresas desperdiciadas. Fundamos y destruimos un cierto nivel de civilización en cada generación”. Y el segundo no es menos terrible al constatar, después de pensar muchos años nuestra historia: “Entre todos los hombres, somos quizá los nicaragüenses los más cercados por los abismos de la ignorancia y del olvido”.

jarellano@bcn.gob.ni