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Daniel Ortega no va a empujar la democracia al abismo, llevamos tres décadas intentado sacarla. Aunque estamos claros de que el orteguismo es un híbrido entre despotismo revolucionario y vicios somocistas, la mayoría de los nicaragüenses seguimos como la llorona, lamentándonos monótonamente de la corrupción pero sin luchar de manera efectiva en su contra y lo más alegre es que todos queremos vivir en democracia. Ningún pueblo tiene derecho a disfrutar la democracia si no está dispuesto a defenderla, peor aún si además es indulgente con quienes la han pervertido. El lujo de la impunidad nos está costando el país. No tiene sentido limpiar las instituciones dejando intacto el poder que las corrompe, es como luchar contra la metástasis extrayendo solamente los tumores periféricos, debemos extirpar también el tumor principal.

El uso sistemático del terror y del fraude como métodos de reelección presidencial, han puesto nuevas cadenas a nuestra libertad y destartalado la viga maestra sobre la cual porfiadamente hemos intentando construir nuestra democracia. El voto es sagrado porque nos hace libres, en él está concentrado todo nuestro poder para edificar una sociedad con igualdad de oportunidades. Las naciones que prosperan protegen su sistema democrático combatiendo eficazmente la corrupción y anteponiendo los intereses nacionales al anacronismo partidario y las ideologías fracasadas. La pobreza, la enfermedad y la ignorancia, nunca preguntan por la afiliación política.

Debo remarcar aquí un detalle muy importante, sobre el cual la corrupción siempre pasa de puntillas aduciendo que fue “legal”. La elección de Ortega fue un timo, rebajar hasta el 35% los votos necesarios para elegir presidente, fue una reforma trascendental que no fue consultada con el pueblo porque jamás hubiéramos aceptado semejante desfalco. Aún así, tuvieron que recurrir al fraude solapado del 8% para salvarlo de su cuarta derrota electoral en contra de la amplia mayoría. Nunca hemos padecido de amnesia, simplemente fuimos estafados y tampoco hicimos nada al respecto.

Aún sin la tomografía completa del Kraken Albanisa, podemos comprobar la corruptela averiguando quiénes reciben los presupuestos estatales de publicidad o a quién pertenece el destartalado playland park que la demagogia con nuestro propio dinero brindó “gratis” el año pasado. Este humillante placebo de conciencia, usado por la infamia política para compadecerse de los pobres que produce, me recordó la “generosidad” navideña de otra Primera Dama con refinada educación europea igual que doña Rosario Murillo, Salvadora Debayle Sacasa de Somoza, es curioso pero también los apelativos se parecen: la Chayo; mama Yoya.

La Corte Suprema de Justicia es el arquetipo de la corrupción estatal que nos ha llevado por el mismo camino de Haití. Sobre la vida, la sangre y el dolor de policías y víctimas, ha puesto asesinos, violadores y narcotraficantes en libertad. Esto sin mencionar entre otros desafueros, las narcofortunas hurtadas y el sobreseimiento al ex presidente ladrón. Ésa es la pútrida oquedad donde se sustenta la justicia y el poder de Daniel Ortega. Sorprende que habiendo prostituido la Constitución a la voluntad de su persona, no lo hayan nombrado presidente vitalicio con derecho a sucesión, igual que a Duvalier en el 64.

Aparatosa, mezquina y cortesana. ¿16 magistrados para un país? uno más que la corte de La Haya. Países frente a los cuales la población nicaragüense y su ingreso per cápita resultan infinitesimales se rigen con menos jueces. México y Brasil, por ejemplo, con más de cien millones de personas poseen un Tribunal Supremo de apenas once jueces cada uno. Estados Unidos con más de 300 millones de habitantes y un ingreso per cápita mayor de $46,000 dólares (Nicaragua $1,025) necesitan solamente nueve. Aquí, hasta el parche de una llanta ponchada se reembolsa a los magistrados y no recuerdo cuántas veces el doctor Sergio García Quintero ha denunciado que los enchompipados miembros del espantajo legal van de oficina en oficina cual meretrices ofreciendo sus sentencias.

Wiston Churchill solía decir que la calidad moral de una nación civilizada podía medirse por la aplicación de su sistema de justicia. La moral de este país ha sido rebajada por sus políticos, al mismo nivel de repugnancia del show de Jerry Springer, donde un hombre puede terminar siendo su propio padre. Sin embargo, las sociedades no se rigen por la moral, se rigen por la ley y es en ese campo donde Ortega y sus socios deben responder por sus acciones. Además, la democracia es un valor universal, ya no pueden ocultarle sus delitos al mundo tras una falsa cortina de soberanía.

Una acción cívica nacional con ciudadanos respetables al frente, sin caudillos, partidos o pactos onerosos, puede obtener el respaldo mayoritario de los nicaragüenses hastiados de tanta corrupción. Necesitamos contestar una sola pregunta, una que según el escritor hondureño César Indiano, andará rodando por el mundo durante mucho tiempo ¿Cuál es el grado de atropello que debe alcanzar un mandatario para hacerse merecedor de su destitución? me parece escuchar al profesor Julio César Sandoval enérgico y altísono exclamando: ¡Nicaragua, contestación de grupo!