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84 países firmaron el Protocolo de Kioto en 1997, como un refuerzo de los objetivos, principios e instituciones establecidas en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre Cambio Climático (1992). Kioto se proponía reducir, entre los años 2008 y 2012, en un 5.2% las emisiones de los gases que provocan el efecto invernadero. El protocolo entró en vigor en 2005, después de que Rusia ratificó el instrumento. Estados Unidos el país que emite el 25% de los gases, no participó y se negó a ratificarlo. En América Latina, Brasil, México, Venezuela y Argentina producen más del 70% de los gases de nuestro continente.

Deshielo de los glaciares, aumento de las inundaciones con consecuente pérdida de manglares y humedales, aumento de sequías y respectiva hambruna, la selva amazónica convertida en sabana, desaparición de la barrera de coral, son entre otras, las principales amenazas del calentamiento de la tierra. Se estima que para 2020, en África las cosechas podrían disminuir en un 50% y que el cambio climático produciría una escasez de agua que afectaría entre 75 y 250 millones de personas en ese continente. Millones emigrarán huyendo del calor, buscando agua y comida. En realidad, millones serán desplazados forzosamente por las barbaridades cometidas en contra del planeta.

A finales de 2009 fue convocada una cumbre en Copenhague. La novedad era la participación de Estados Unidos, el mayor contaminante mundial y el único país que no había ratificado Kioto. La clave era producir acuerdos vinculantes sobre el cambio climático. 192 países participaron sin resultados sustantivos. Estados Unidos, con Barack Obama, Premio Nobel de la Paz (todavía por ganárselo), y China, impusieron una declaración que no tiene compromisos, plazos y tampoco establece procedimientos para implementar cambios en nuestros terribles hábitos de consumo. No sólo eliminaron los objetivos globales de reducción de dióxido de carbono para el 2050, establecidos en la conferencia de Bali, sino que todas las medidas son de voluntaria implementación, es decir, los países contaminantes se autorregularán porque no se puede violar la soberanía nacional (que conveniente) y aunque los científicos han insistido que hay que reducir por lo menos a 1º el aumento de la temperatura, la meta se mantiene en un aumento de 2º de la temperatura media hasta 2050, lo que seguramente será un aumento de más de 4º, con lo cual la catástrofe será inevitable.

Angela Merkel, la canciller alemana, calificó de “insatisfactorios” los resultados de Copenhague, donde la ONU falló en asuntos claves como no lograr acuerdos para reducir gradualmente la emisión de gases de efecto invernadero y no profundizar en las causas del cambio climático. En Copenhague no hubo entendimiento, hubo burla. La próxima cita oficial será en noviembre de 2010 en Cancún.

Antes de que los europeos invadieran América, nuestros pueblos originarios como los olmecas, aztecas, mayas, incas, quechuas y aimaras (para mencionar sólo algunos), implementaban un manejo extraordinario de los recursos naturales, mediante un conocimiento profundo de la naturaleza y observación cuidadosa de las estaciones. El equilibrio entre la naturaleza y la vida era el fundamento de la existencia misma. Las huellas de construcciones como acueductos, terracerías u observatorios astronómicos son obras de infraestructura que nos hablan en silencio sobre estas prácticas milenarias. Entonces no había monocultivo ni fertilizantes que contaminaran la tierra, los bosques se regeneraban de manera natural. El comercio fluía, la cultura se desarrollaba. La madre tierra, la pachamama, era un ser vivo al que era indispensable proteger. Esta sabiduría ancestral fue silenciada por los invasores que solo escuchan la voz de su propia e ilimitada ambición.

El Informe GEO Centroamérica (Geoca), del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (Pnuma), de 2004, establece que América Central se encuentra entre los territorios del planeta con mayor diversidad natural, pero también extremadamente vulnerable, no sólo por la topografía, las temperaturas tropicales y subtropicales y la intensa actividad sísmica, sino por la alta densidad poblacional, las grandes desigualdades en el acceso a los recursos naturales y una economía de exportación basada en la explotación de los recursos naturales que provoca un fuerte deterioro ambiental. Según este informe las 2/3 partes de nuestros ecosistemas están en estado crítico o en peligro y hace especial mención a cuatro casos notables: La selva maya en el Peten Guatemalteco, el Golfo de Fonseca, la eco-región de la Mosquitia y la cuenca del río Lempa.

Más aún, nos informa que la mitad de la depresión de Nicaragua que se sumerge en los lagos Xolotlán y Cocibolca, son el límite austral y septentrional de numerosas especies del neo-ártico y neo-trópico. El informe enfatiza en que el medioambiente centroamericano enfrenta un sistema político fragmentado que no tiene visión colectiva compartida para gestionar integralmente los recursos naturales y donde conviven unidades geofísicas transfronterizas.

A mediados de abril de 2010, convocada por el Presidente Evo Morales, se realizó en Cochabamba, la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra. Más de 35 mil delegados de movimientos sociales y organizaciones de 140 países participaron. La declaración de Cochabamba denuncia todas las argucias y las mentiras de los países desarrollados para continuar con el desenfreno de la contaminación ambiental, a pesar de las advertencias científicas sobre el desastre que se cierne sobre el planeta y hace varias propuestas tales como establecer una declaración universal de los derechos de la madre tierra, la construcción de un fondo de adaptación como mecanismo financiero para enfrentar el cambio climático, el reconocimiento del agua como un derecho humano fundamental, no reconocer la definición de bosques establecida en la convención marco debido a que incluyen plantaciones, un programa mundial de restauración de bosques nativos, entre otras.

Si en derechos humanos existe el genocidio, el etnocidio y otros crímenes de lesa humanidad, lo que se hace contra el medioambiente también es un crimen de lesa humanidad, en tanto repercute en la vida de millones de seres humanos en todo el planeta. Por eso, la propuesta de Cochabamba de crear un Tribunal Internacional de Justicia Ambiental cobra una importancia de primer orden, para demandar a los países que incumplan con la reducción de emisiones de gases. El nicaragüense padre Miguel d’Escoto y el teólogo brasileño Leonardo Boff acompañan al Presidente de Bolivia en esta batalla para salvar a la madre tierra. Otros líderes mundiales, especialmente de los países pobres se suman al grito del planeta, concientes de que ellos serán los principales afectados.

Es tiempo de que las Naciones Unidas den la batalla por el planeta sin dejarse manipular y sin ser cómplices de las potencias ganadoras de la II guerra mundial, sentadas en el Consejo de Seguridad, que siguen decidiendo sobre la vida de la humanidad, cual emperadores romanos. Las acciones que realiza la cooperación internacional, como los programas de seguridad alimentaria, de mitigaciòn de desastres, de reducción de la pobreza, de apoyo a la emigración y otros similares, no tendrán éxito si el planeta agoniza. Serán recursos literalmente tirados a la basura.

Como bien dice el comandante Fidel Castro, el medioambiente no es un asunto ideológico. El cambio climático es la bomba más poderosa y real que la humanidad haya podido imaginar y está a punto de explotar. La batalla para salvar el planeta es un asunto de todos y no hay fronteras, religión, color o tamaño para ser soldado en esta lucha. No podemos darnos el lujo de esperar otra conferencia mundial para actuar. Hagamos cosas sencillas: Sembremos un árbol, no tiremos basura por todos lados, protejamos las fuentes de agua, no gastemos energía innecesariamente, aprovechemos cada gota de luz solar, dejemos de consumir de manera bárbara, denunciemos y opongámonos a que nuestros recursos naturales sean arrasados sin compasión por las trasnacionales, vivamos y enseñemos a nuestros hijos a convivir en armonía con la naturaleza. Entonces la madre tierra, la pachamama de nuestros ancestros, nos recompensará con creces.


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