Jorge Eduardo Arellano
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De momento no dejarán que caiga. Lo he sabido al pasar por allá. El ayuntamiento de la capital de Holanda, según dicen, se va a gastar unos 50,000 euros en unos refuerzos de hierro. Calculan que de esa forma el árbol aún se mantendrá en pie unos cinco años, como mucho. Después no habrá forma de evitar que él sólo acabe desmoronándose. Es un gran castaño con las ramas peladas, pero según el alcalde de Ámsterdam no es un árbol cualquiera, es el recuerdo de lo que Ana Frank, aquella niña judía que se escondía de los nazis, contaba en su célebre diario. El árbol es el símbolo de la libertad. Estaba en la parte de atrás de la casa donde Ana se escondió durante dos años, antes de que la GESTAPO los encontrara a ella y a las ocho personas que allí se ocultaban. Ana murió un año después, en un campo de concentración, cuando tenía dieciséis años. De los demás, sabemos que todos murieron también, excepto el padre de Ana, quien sobrevivió para poder publicar el diario.

Cuando hay mucha muerte, solemos correr desesperadamente a conservar algunos recuerdos, y especialmente a localizar el cuerpo del ser querido, los restos para tener donde ir a llorar, dejar flores o simplemente poder hablar, aunque sea la tierra la única que escucha. Cuando en Posoltega, más de 2500 personas perecieron bajo el lodo, y el paisaje de la tierra quedó desfigurado se hizo imposible seguir buscando los cuerpos. Sin embargo, durante muchos días y aún meses la gente anduvo desorientada. Necesitaban (nuestra necesidad) tener un lugar donde guardar el cuerpo, los restos de nuestro recuerdo, una forma de retener con nosotros lo que quedase de ellos, los queridos hermanos que ya se fueron. Al final hubo que optar por parcelar un gran campo santo donde la gente pudiera ir en noviembre o cuando quisiera a dejar sus lágrimas y sus flores, a dejar sus últimas palabras. No importaba que en realidad los cuerpos no estuviesen allí, pero se identificó aquel lugar y allí quedó para el no olvido.

Hace poco veíamos en un documental una moda que se ha instalado en algunos lugares de Europa, la de conservar a los familiares difuntos, después de que éstos se hayan incinerado, en piezas de diamantes insertas en anillos, pulseras o collares. Otra forma de imaginar que los llevamos siempre con nosotros aunque sea en piedra, una piedra que cuesta una fortuna.

En Managua, una mujer a la que visitaba mantenía un cuadro mohoso, totalmente emborronado, en el cual no se distinguía nada. Aquel era su hijo muerto en la guerra, la única foto que conservaba de él, pero que un día de mucha lluvia, estando colgada en la pared equivocada, se diluyó con el agua y el óxido del cinc. La mujer no quiso descolgarla, y le puso un cristal para proteger la mancha que había quedado, en la que ella con sus ojos reconstruía la ausencia de su hijo. Es difícil imaginar el alcance, lo largo del dolor de esa mujer para aferrar a una mancha tanto
amor.

A mi madre tuvimos que convencerla sus hijos y sobrinos para que permitiese hacer cumplir la última voluntad de mi abuela: ser incinerada después de morir. Mi madre pensaba que el lugar más indicado para sus restos estaba en la misma tumba de su marido, o sea, mi abuelo. Pero mi abuela había dejado indicado que sus cenizas fueran entregadas libremente a las aguas del río, cerca del cual ella se había criado, un río del que ella estaba enamorada. Al final mi madre no quedó muy conforme por no tener un lugar donde ir a visitarla que no fuese a las aguas de un río que siempre estaban en movimiento pero tuvo que aceptar tener que ir a visitarla en todo un río.

Pero lo que nos queda de los muertos, de nuestros muertos, son en realidad las palabras, más que nada, y los gestos, los gestos de un día cualquiera, como la respiración de un abuelo, de mi abuelo, sobre cuya panza yo me dormía de chico al vaivén de su respiración. En realidad no hay recuerdos más vivos que las palabras, los sabios consejos que aún suenan con la misma voz de ellos, en algún lugar del oído, escondidos para siempre. En realidad nada guarda tanta memoria como las palabras y los olores. Nada guarda tanto dolor ni tanta felicidad. El resto de las cosas, querer guardarlas, a veces es sólo un intento desesperado, un decir aún no, aún no te vayas.

Y de vuelta al horror, como el que le tocó vivir a Anna Frank, como a los seis millones de judíos, aún se pueden visitar en muchos lugares del mundo, desde Jerusalén hasta el mismo Berlín, monumentos sobrios, impresionantes en recuerdo de aquel escándalo consentido. Otros holocaustos como el sufrido por el pueblo ruso en la misma segunda guerra mundial, y con una pérdida en vidas similar no tienen tanta memoria de piedra, y otros muchos criminalmente olvidados como el sufrido por el pueblo congolés entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX por órdenes de un criminal como el rey Leopoldo de Bélgica no sólo han sido olvidados sino camuflados bajo tintes religiosos. Ni el rey Leopoldo está en nuestra conciencia histórica de los grandes criminales, ni los seis millones de congoleses (la misma cifra de judíos) que él hizo matar está en la memoria de nadie, más que en el rumor del enorme río Congo.

La memoria es caprichosa, y el corazón en ella manda, pero de lo que está claro es que de la memoria del horror nunca se aprende, y es evidente la falsedad de ese dicho que reza:
quien no conoce su pasado está condenado a repetirlo. Hemos repetido el pasado de la violencia, y no hemos dejado de repetirlo, con conocimiento o sin conocimiento de causa y pasado.

En Posoltega hay una gran parcela donde están los recuerdos, y después de todo, siguen en el olvido de la comunidad nacional e internacional. Desastres naturales que se hacen más desastres por la mano del hombre siguen ocurriendo, y el despale no ha cesado en la costa ni en nuestras reservas naturales. De qué nos ha servido entonces recordar.

En la capital holandesa se van a gastar una fortuna en dilatar unos años más la caída de un árbol. Pero el recuerdo de Anna Frank no está en ese árbol, sino en las palabras, en un libro en el que todos nos hemos leído alguna vez, aunque no lo hayamos leído. En esas palabras están los ojos de una niña que se resiste a morir, y que planta batalla al miedo. Ella es nuestra incertidumbre de los días sin pan caliente, de las noches vacías, de la muerte sin que nos dé tiempo a hacer lo que queríamos. Ella nos escribió un poco a todos.

Por lo demás, el árbol acabará doblándose, de tanta memoria y tanto olvido. Le toca morir como a todas las cosas, y a todos nosotros. Las palabras aún durarán un poco más, las palabras que empezó a escribir aquella niña el día de su cumpleaños en 1942, cuando le regalaron aquel diario, en el que ni siquiera sospechó que escribiría la historia del mundo.

franciscosancho@hotmail.com