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En el siglo XXI estamos comenzando a vivir un fenómeno social, político y cultural nunca antes visto en la historia. La época tecnológica ha traído al mundo unos nuevos restos que nos toca asumir para darles una acertada y sabía respuesta. Mientras en los países desarrollados, según Víctor Frankl, “la pérdida del sentido de la vida” es la clásica enfermedad de los más pudientes, en cambio, en los países subdesarrollados la “desesperación” parece ser la nueva fe laica de las mayorías. Cuando los gobiernos, por ejemplo, no ofrecen ni la mas mínima gota de progreso a sus pueblos, la miseria “pica y se extiende” por doquier. Los ciudadanos al contemplar pasiva y sufrientemente la triste realidad que les envuelve y les afecta, buscan de una u otra manera cómo sobrevivir. Y esta sobrevivencia no es sólo a nivel económico, sino también a nivel espiritual. Nuevas necesidades se van despertando en sus almas, ya que las creencias humanas defraudadas van abriendo camino a las sobrehumanas o infrahumanas, o bien, a las divinas o demoníacas.

A este fenómeno existencial lo llamó Kart Jaspers, “situaciones límite”. Algo así como una especie de prueba extrema que nos pone al borde de la desesperación o de una apertura a lo trascendente.

La situación de hoy en nuestro país posee algunas características de estas “situaciones límite”. Algunas personas quizás estén acostumbradas a asumirlas, enfrentarlas y superarlas. En cambio, otras, por su escasa formación, son víctimas dóciles para la desesperación, el odio desenfrenado y los vicios.

Ni la extrema riqueza, ni la extrema miseria pueden contribuir al bienestar moral y espiritual del ser humano. El primero porque le hace olvidar su origen y su fin trascendente y por ende su vida espiritual; y el segundo, porque las extremas necesidades le absorben toda su vida preocupándose solamente por cómo ganarse el sustento diario y el de su familia. El olvido de Dios, por supuesto, hará siempre su aparición en ambos extremos.

Cuando escucho o leo a algunos intelectuales de que en Nicaragua ya hemos comenzado a caminar por la vida de la deshumanización y del cavernarismo, por el simple hecho, por ejemplo, de sustituir la “razón critica” por la “razón cínica”, no me asombra en lo absoluto tal aptitud. Los que están en el poder creen que el poder es criterio de verdad absoluta y que todo está permitido para mantenerlo, aumentarlo y prolongarlo (Maquiavelo). Si el ser humano pierde “el sentido de su vida” y lo suplanta por la “voluntad del poder” (Nietzshe) o por “la voluntad de vivir” (Shopenhauer) (la gran mayoría del pueblo indiferente), no existirá una razón o un razonamiento adecuado para convencer a estas personas de sus errores. Lo que nosotros sí sabemos y ellos no, es la consecuencia desastrosa que les espera a la vuelta de la esquina.

“Mas mal se hace el que comete una injusticia, que el que la sufre en carne propia”, decía el sabio y viejo ateniense Sócrates.

La cuestión de los valores morales no son simplemente creaciones absolutas y dogmáticas de ciertos personajes que se han dado a la tarea de elaborarlos para dominar a las masas (!) No señores, los valores tienen un efecto ya sea positivo o negativo en la práctica. La manera o forma en cómo los encaramos hará que éstos cobren o no todo su vigor y trascendencia.

El tirano tiene como meta suprema mantener en la ignorancia y en la miseria a su pueblo para hacer de él lo que le venga en ganas. Los que piensan diferente, caen lamentablemente en desgracia.

Ahora bien, ¿puede una situación política de esta índole, sustraer la fe sencilla en Dios de todo un pueblo? Todo lo contrario.

Es precisamente cuando las cosas del orden temporal (social y político) van mal, nuevas necesidades se despiertan y éstas, por supuesto, de orden transcendental y espiritual . Este fenómeno religioso que se produce en este tipo de adversidades es el mejor argumento contra la teoría de Marx: “que la religiosidad tiene como base una subestructura económica”. La religión y la cultura son para Marx subproductos de determinados modos de producción de una sociedad.

Aquí en Nicaragua está pasando todo lo contrario ante la pobreza que se respira por doquier. La búsqueda en el plano de lo transcendente parece ser la única salida. La gran cantidad de experiencias personales que mucha gente tiene de Dios es, a mi parecer, la mejor prueba de su existencia y de su vitalidad en la historia de nuestra nación que sufre, lamentablemente, por culpa de sus malos hijos. Además existe un fenómeno alterno. Me refiero a los agnósticos, ateos e indiferentes.

Estos señores ven este fenómeno religioso como “puro fanatismo” y “feitichería barata”. Se proclaman “científicos de la razón” y son incapaces de examinar a fondo este fenómeno porque sus prejuicios y resentimientos (religiosos) les impiden ver con claridad esta manifestación.

Personalmente opino que cualquier persona humana puede tener una experiencia directa con su Creador. Pero otra cosa es “saber” interpretar correctamente estas vivencias que se dan en todo momento y a una enorme cantidad de personas imposibles de contar.. Ésta es la principal causa por la que hay tanta confusión en medio de tantas iglesias y sectas. Demás está decir que nuestros atacantes tienen “algo” de razón al contemplar los desacuerdos entre las partes (iglesias y sectas) y cierto “sesgo” de fanatismo entre ellas.

“Los escándalos de los malos cristianos es semillero de agnósticos y ateos”.

Necesitamos una religiosidad más racional y una racionalidad que no vea como enemigo el fenómeno religioso. En otras palabras, necesitamos los intelectuales volvernos, más que objetores, críticos y promotores en nuestra persona y en la de los demás de la posibilidad de vivir una vida con más sentido. Si unos lo encuentran en la Religión, hay que respetarlos. En cambio, si ellos lo encuentran en la Ciencia, también hay que respetarlos. Lo importante es encontrar ‘puentes” de entendimiento más que “trincheras” de ataque y contraataque!
Quisiera terminar estos artículos con un pensamiento de Charles Dickens: “Un cuento de dos ciudades”.

“O este es el mejor de los tiempos, o éste es el peor de los tiempos; o es la edad de la sabiduría o es la edad de la tontería o necedad; o ésta es la época de la fe, o ésta es la época de la incredulidad; o ésta es la época de la luz o ésta es la época de la oscuridad; o ésta es la primavera de la esperanza o éste es el invierno de la desesperación”.