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Te levantás y, al ducharte, te imaginás que es un trabajo para toda la vida, que estás dejando currículos en todos lados por si acaso, por si encontrás algo mucho mejor, no porque tu puesto esté en peligro o nada parecido, sino para progresar, ir saliendo de esta…

-¿Y cómo le hacés, le pregunto a mi amigo que tiene los días contados en su trabajo actual; cómo se hace para salir de esta…? (Ninguno de los dos sabemos el nombre de lo que queremos decir. No, no es la crisis. Es algo más…)
-Pues tenés que entregar bien los reportes, hacer que las cuentas cuadren, poner cara de acá no pasa nada y volver con los deberes hechos. Imaginarte que mañana te darán las gracias y continuar con tu trabajo.

También me dice que al volver mira su hijo y se imagina que podrá seguir pagano los gastos que le supone el colegio. Que mira a su mujer, embarazada, y se imagina sin tener que pedirle que ella también busque otro trabajo. Fantasea que con lo que él gana dará para los cuatro.

Pide permisos, cada vez más con más frecuencia, para dejar los currículos personalmente. Se ha puesto a dar clases particulares por las tardes, ya noches, para ganarse un extra y se imagina, me dice, que lo hace porque siempre le gustó enseñar, y así recuperaba una vocación tardía.

Está cansado, ¿saben? Ese cansancio de la piel que renuncia a fingir que arrastra un cuerpo abatido, y se deja vencer por el sol, el polvo, y se le muda el color, y con la falta de sueño se le ensombrecen los ojos. Es tarde, y está cansado, pero se bebe una cerveza e imagina. A veces el síntoma de una enfermedad vieja, en realidad, una sospecha de enfermedad, le preocupa, pero se imagina que se debe al mucho calor de estos días, o al principio de un leve resfriado y no le da ninguna importancia.

En su trabajo han cambiado, y ya es la quinta vez en dos años, los puestos de dirección, sus jefes inmediatos. Jefes nuevos significan personal subalterno nuevo. Él es de los viejos, y eso que vino con ayuda de uno de los que aún conservan el puesto, pero está en la lista negra de los despidos. Alguien mueve los hilos desde otro lugar, lejano a su oficina, y teje destinos como si fueran cuentas propias. Antes compartía un despacho grande, ahora se ha quedado arrinconado en una galería sin ventilación. Sabe que es cuestión de días, cuando otro cambio de personal se lo lleve también a él de patitas a la calle.

-¿Y entonces? – pregunto.

Ni modo. Entonces tendrá que estar por encima de las circunstancias y se imagina, aún más allá, que él es imprescindible, que no pueden correrlo porque es la clave de la empresa y entonces hace su trabajo mejor que nunca, aunque en realidad jamás lo ha comprendido. Me lo cuenta con una sonrisa que marcan sus ojos achinados, sabedor de la broma que a sí mismo se gasta cada día. “Cómo no imaginarte todo eso”, me dice, “si antes de volver a casa, por la noche, no querés que los tuyos te huelan el miedo que transpirás”.

Ni las empresas estatales ni las privadas garantizan la seguridad laboral simplemente porque el puesto de trabajo de muchos empleados está sometido al capricho constante y cambiante de quienes mandan una red de favoritismos y disputas que se ha hecho cada vez más inmoral, injusta y despótica. Esa red se encuentra lejos de la amargura que implica la incertidumbre en las casas de los barrios de la mayoría de empleados públicos y privados de este país que se va llenando de “corridos”.

Mi amigo apenas habla ya de política. La verdad es que las piedras contra la Asamblea y los hoteles; el surrealismo de una segunda vuelta quince años después entre Alemán y Daniel, los magistrados del “cállese matón” y otros entretenimientos vulgares con los que los medios nos llenan páginas y palabras cargadas de declaraciones, tienen muy poco que ver con él. Eso es parte de otro país inventado por otros, no es el suyo, no es el que él tiene que fabricarse en su método cotidiano e imaginario para no venirse abajo.

Estas palabras de amigo, quise que imaginasen su propio temblor, porque muchas veces se hace más sencillo hablar de los temblores de otros, como si sólo fueran eso, de otros, y uno no sintiera también el frío, perdón, quise decir el miedo, o esas cosas que te hacen temblar antes de recurrir a la imaginación para inventar otra forma de vivir sobre tu tierra.

franciscosancho@hotmail.com