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Tres experiencias marcaron la trayectoria vital de Róger Mendieta Alfaro (San Marcos, Carazo, 1930): el periodismo, la política y la literatura. Indisolublemente unidas, las primeras definieron muy pronto su personalidad; pero ésta no se explica sin la escritura creadora: poesía, crónica, fábula y, especialmente, novela.

¿Poesía? Sí, pero a nivel inédito, privado, casi secreto. Una excepción es la veintena de composiciones que dio a luz, bajo el título de El clavel y las rosas, en 1984. Entre ellas figuraba su “Canto a Lincoln”, escrito a los 29 años —durante su segunda estadía en prisión a consecuencia de su lucha armada contra la dictadura— que obtuvo mención de honor en el Premio Rubén Darío de 1960, convocado a nivel centroamericano.

¿Crónica? Otrosí. Tal lo revelan tres libros suyos de tiraje masivo que fueron reeditados: Cero y van dos (1978) sobre la célebre toma del Palacio Nacional, donde sesionaba el Congreso de la República; El último marine (1979), recuento de la insurrección popular y su consecuencia: la caída del tercer Somoza; y Olama y Mollejones (1994), memoria de la juvenil aventura guerrillera de mayo, 1959, en la que Róger participó. Ameno y fluido resulta el escritor en esas crónicas testimoniales que no pueden ocultar al periodista y al político, pero las trasciende.

¿Cuento? También. Aunque Mendieta Alfaro no tienda en su temperamento narrativo al microcosmos, sino al macrocosmos, ha escrito valiosos cuentos. Uno de ellos los reunión en Un asunto de honor (1984), atinado en sus percepciones psicológicas; y otro, “Perra suerte la del rey” (1991), fue antologado en la rigurosa muestra: “Diez cuentos de narradores nicaragüenses” (Lengua, núm. 33, junio, 2008).

¿Fábula? En efecto. La casa de la yegua y otros relatos (2001) es una serie de dieciocho piezas, signadas por la intencionalidad satírica —tanto en el estilo como en las tramas— que constituyen un completo fabulario carnavalesco. En ella, la tipificación de sus personajes se realiza a plenitud, de manera que ejemplifica la teoría tradicional de acción / tipificación / intención, expuestas por Hebert Thompson en The Fable as Stilistic Test in Classical Greek Literature (1912).

Partiendo de la herencia indígena mesoamericana (Tío León, Tío Tigre, Tío Conejo, Tío Coyote y Tío Zorro), sin faltar el híbrido colonial (Macho-Ratón), su autor redondea un macrocosmos centrado en la psicopatología de los politiqueros “nicas”, fijando un ámbito propio: un país habitado por animales descendientes del homo sapiens que se había extinguido a causa del sida. Buena, sana, graciosa, divertida, refrescante y renovadora son los adjetivos que merece esta colección de fábulas, la más moderna aportación al género en Centroamérica tras las de Augusto Monterroso (1921-2003) y que sólo tiene un antecedente en Centroamérica: Ciertos animales criollos (1985) del venezolano Guillermo Morón.

¿Y novela? Para Mendieta Alfaro, la novela es el género donde ha canalizado toda su potencialidad y afinidad prosística; cinco logros tiene en su haber: La piel de la vida (1987), El Candidato (1996), La Zarza y el Gorrión (1999), Hubo una vez un general (2005) y La herencia (2009), las cuales han valorado diversos críticos. Yo quiero subrayar que, excepto la primera, se inscriben en la línea más genuina del carácter nicaragüense —la risa en forma de guasa, la burla, la sátira, remontada al güegüense— y, alguna de ellas, tienden a un objetivo desmitificador. Así lo han reconocido Nydia Palacios, Álvaro Urtecho, Erick Aguirre, por ejemplo, y algunos extranjeros, particularmente Werner Mackenbach en La utopía deshabitada (Die unbenohnte Utopie, 2004).

El Candidato, concentrado en las campañas electoreras contemporáneas, conforma una radiografía y un mural: en una se denuncia la farsa y el fraude; en otro se retrata los personajes circenses de cada día. En El Candidato —anotó Manuel Guillén—, Róger despliega “una ingeniosa carga de humor que nos llama a la reflexión necesariamente sobre el destino de nuestros gobernantes y gobernados”.

La Zarza y el Gorrión mereció esta acertada valoración de Álvaro Urtecho: “el héroe, el revolucionario puro, el guerrillero de la montaña y de la ciudad se siente frustrado, engañado, traicionado por una kafkiana dirección que actúa en las tinieblas. El teatro de operaciones militares, con toda su parafernalia demoníaca acompaña las incertidumbres de Cero en su búsqueda de la utopía que tiene que pasar necesariamente por la elección entre la CIA y la KBG, el reino nauseabundo del dólar y el gélido de la homogénea sociedad uniformada, dirigida a control remoto por el Comandante Barbas.” Y concluye Urtecho “La zarza y el gorrión, la realidad y el deseo, la frustración y la ilusión, la gélida utopía y la calurosa esperanza, la impostura y la buena intención, las armas destructivas de la muerte y la sonrisa tierna e inocente de la vida. Términos contrapuestos que se buscan y juntan, elementos de la naturaleza que adquiere un valor simbólico, que Róger Mendieta Alfaro ha rescatado febrilmente para nosotros”.

Y Hubo una vez un general también mereció la exégesis crítica de quien suscribe: “Una ficción totalizadora de Sandino”. Pues bien, Mendieta Alfaro no mitifica a Sandino, como sus antecesores, ni lo exalta épicamente ni lo remonta a la categoría precolombina. Más bien lo desmitifica, reduciéndolo a hombre de carne y hueso. En cuanto a La herencia, Francisco Arellano Oviedo se ha encargado de señalar que “explotación, traición, vicios, sexo, sectas religiosas, constituyen la atmósfera que respira y asfixia a la población” en esta novela que presenta “elementos de la realidad a través de un tejido simbólico”.

He aquí debelada sintéticamente la pasión del escritor que ingresó a la Academia Nicaragüense de la Lengua, como Miembro Honorario, el pasado 28 de abril; del verdadero maestro de la sátira como narrador consagrado que es, aparte de ciudadano consciente de sus deberes cívicos y leal amigo.

“Lo bueno, si breve, dos veces bueno” —decía el padre jesuita del Siglo de Oro Juan de Mariana (1536-1684), sentencia que he modificado: “Lo malo, si extenso, dos veces malo”. Por eso, deseando evitar ambos abusos, he sido muy concreto en mi reconocimiento de la obra escrita de Róger Mendieta Alfaro.