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Grecia suspenderá el pago de su deuda nacional. Esa quiebra se deberá en gran parte a su pertenencia a la Unión Monetaria Europa. Si no formara parte del sistema del euro, Grecia podría no haberse visto en su actual aprieto y, aun cuando así hubiera sido, podría haberse librado de la necesidad de suspender pagos.

La suspensión del pago de su deuda nacional por parte de Grecia no tiene por qué significar una negativa explícita a hacer los pagos de los intereses y del principal cuando venzan. Más probable sería una reestructuración de la deuda vigente organizada por el FMI, permutando los bonos vigentes por nuevos bonos con intereses y principal inferiores o podría ser “una quiebra suave”, en la que Grecia saldara unilateralmente su deuda vigente con nueva deuda en lugar de pagando en efectivo, pero, sea cual fuere la forma que revista la quiebra, los actuales titulares de deuda griega recibirán menos de la cantidad total que ahora se les debe.

La única forma de que Grecia evite la quiebra sería reducir sus futuros déficits presupuestarios anuales hasta un nivel que los inversores nacionales y extranjeros estuvieran dispuestos a financiar con carácter voluntario. Como mínimo, eso significaría reducir el déficit a un nivel que detuviera el aumento del coeficiente deuda-PIB.

Para lograrlo, el déficit actual de 14 por ciento del PIB tendría que bajar hasta el 5 por ciento del PIB o menos, pero, para reducir el coeficiente deuda-PIB al nivel del 60 por ciento prescrito por el Tratado de Maastricht, haría falta reducir el déficit presupuestario anual a sólo el 3 por ciento del PIB: la meta que, según han dicho los ministros de Hacienda de la zona del euro, debía alcanzar Grecia en 2012, a más tardar.

Reducir el déficit presupuestario en un 10 por ciento del PIB representaría una reducción enorme del gasto estatal o un aumento espectacular de los ingresos por impuestos... o –más probablemente– las dos cosas. Aparte de la dificultad política que entraña la consecución de dicha meta, no hay que olvidar el gravísimo efecto negativo que ello tendría en la demanda interna total y, por tanto, en la producción y el empleo. La tasa de desempleo de Grecia es ya del 10 por ciento y ya se espera que su PIB se reduzca a una tasa anual de más del 4 por ciento, con lo que el número de desempleados llegará a ser aún mayor.

Al deprimir aún más la actividad económica mediante mayores impuestos y reducción del gasto estatal, se causarían las correspondientes reducciones en los ingresos por impuestos y los correspondientes aumentos en los subsidios de desempleo. De modo que cada euro previsto de reducción del déficit equivale a menos de un euro de reducción real del déficit, lo que significa que los aumentos de impuestos y las reducciones del gasto estatal básico previstas deberían ser incluso superiores al 10 por ciento del PIB para lograr un 3 por ciento del PIB de déficit presupuestario.

No hay, sencillamente, forma de eludir la aritmética que entraña la escala de reducción del déficit y la consiguiente contracción económica: la suspensión del pago de su deuda por parte de Grecia es inevitable.

Grecia habría podido evitar ese resultado, si no hubiera formado parte de la zona del euro. Si Grecia siguiera teniendo su moneda, las autoridades podrían devaluarla, al tiempo que hiciesen más rigurosa la política fiscal. Una moneda devaluada podría aumentar las exportaciones y haría que las familias y las empresas griegas substituyeran los productos importados por productos nacionales. El aumento de la demanda de productos y servicios griegos aumentaría el PIB de Grecia, lo que aumentaría los ingresos por impuestos y reduciría los pagos correspondientes al subsidio de desempleo. En una palabra, si Grecia tuviera su propia política monetaria, la consolidación fiscal sería a un tiempo más fácil y menos dolorosa.

La pertenencia de Grecia a la zona del euro fue también una causa principal de su gran déficit presupuestario actual. Como Grecia no ha tenido su propia moneda durante más de un decenio, no ha habido una señal de los mercados para avisarla de que su deuda estaba adquiriendo unas dimensiones inaceptables.

Si Grecia hubiera permanecido fuera de la zona del euro y hubiese conservado su dracma, la gran oferta aumentada de bonos griegos habría hecho bajar la cotización del dracma y subir el tipo de interés de los bonos, pero, como los eurobonos griegos estaban considerados substitutos casi equivalentes de los eurobonos de otros países, el tipo de interés de los bonos griegos no subió a medida que aumentaba el endeudamiento de Grecia... hasta que el mercado empezó a temer una posible quiebra.

El importante aumento en las últimas semanas del tipo de interés de los bonos griegos en comparación con los bonos alemanes muestra que el mercado considera ahora cada vez más probable dicha quiebra. La combinación de créditos de los demás países miembros de la zona del euro y préstamos del FMI pueden brindar la suficiente liquidez para aplazar la quiebra durante un tiempo. A cambio de ese apoyo a la liquidez, Grecia se verá obligada a aceptar una dolorosa restricción fiscal y una reducción de su PIB.

Al final, Grecia, los demás miembros de la zona del euro y los acreedores de Grecia tendrán que aceptar que el país es insolvente y no puede saldar su deuda vigente. En ese momento, Grecia suspenderá pagos.


Martin Feldstein, profesor de Economía en Harvard.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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