Jorge Eduardo Arellano
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Esta pregunta me la he venido formulando desde que comencé a leer libros a la edad de ocho años, y me inventé paralelamente y sin quererlo otra vida que me hizo soportable la vida real.

Desde que tomé al azar un libro de la biblioteca de mi padre, mi mundo infantil e ingenuo, lleno de soledad, se transformó en un torbellino de pasiones. Las historias que leía terminaron con mi inocencia y con mis creencias religiosas, y se apoderaron de mis demonios internos. Desconfiado del mundo y su entorno, comencé a crear fantasmas, mitos, personajes que no existían y que hablaban conmigo en idiomas extraños. La vida de estos personajes dependía de mi temperamento. A veces los mataba, otras veces los dejaba en el olvido. Pero casi siempre los perdonaba y los volvía a recuperar, a dejar en el inventario, a reinventarlos. Mi cerebro comenzó a convertirse en una caja de recuerdos. En una cámara donde se registraba todo tipo de imágenes, donde se archivaban todo tipo de sueños. Mi adolescencia transcurrió en la más indómita fantasía. Cada libro que devoraba era un laberinto virgen, una senda que recorrer para una aventura. Y así me convertí en un compulsivo lector lleno de aventuras, miedos y misterios. En un niño tímido y solitario que se encerraba en un cuarto a esperar a que llegaran los fantasmas que él mismo convocaba.

Al llegar la adolescencia, algunos fantasmas desaparecieron para darle paso a los otros. Me enamoré de mujeres imaginarias, comencé a mezclar la ficción con la realidad, y en mi cuarto solitario, lleno de cucarachas y telarañas, comencé a emborronar páginas en blanco, a soñar con castillos e historias de caballería, mientras mi abuela se dedicaba a su pulpería y se aferraba a su rosario como si fuera un amuleto, conjurando los demonios que ya pernoctaban en mi memoria.

Todo este mundo imaginario, lleno de personajes y paisajes inexistentes, que atenuaban el sufrimiento de la vida real, me llevó a creer en la literatura como una religión. En una tabla de salvación. Hasta que la vida real, tan poderosa y aplastante, cambió por entero mis planes: El terremoto del 72 terminó con mi mundo infantil. La pobreza que me asedió en los años de la adolescencia fue borrando de mi mente paisajes, historias, personajes que quedaron sepultados en la vieja Managua. Pero la muerte de mi abuela y de mi padre reforzaron mis creencias en la literatura. Ahí, en ese momento difícil, en que me sentí huérfano y vacío, me di cuenta de que la literatura tenía un propósito: crear y soñar. Crear un mundo mágico que me ayudara a soportar el mundo real y soñar en las utopías a través de las palabras.

Debo reconocer, sin embargo, que en los últimos años, por diversas circunstancias, he abandonado parcialmente la literatura. Tengo 43 años y sigo sobre una línea de fuego. O la literatura o la vida. Porque la literatura es como una mujer extremadamente celosa que te persigue a cada hora, en cada esquina, y si no le haces caso, te abandona para siempre. Para ella es todo o nada. Hasta ahora he cometido el pecado de abandonar mis sueños y anteponer el reino terrenal al literario. Me he esforzado inútilmente en dedicar una buena parte de mi tiempo a sobrevivir a la pobreza, cumplir mis obligaciones familiares y terrenales, pero a pesar de eso, la llama que nació en mí y que fue alimentada por los fantasmas en la niñez, no se apaga. La literatura sigue seduciéndome, a pesar de mis años: se convierte en mujer, en paisaje, en libro, en aventura, y sigo cayendo como un niño en sus redes.

Stendhal comparó la literatura con una llama perpetua que una vez que se enciende en tu corazón, sólo te quedan dos cosas: apagarla con el riesgo de morir o vivir con la tea ardiendo. La literatura, al igual que la religión o la ciencia, es un acto de fe. Por algo Standhal exclamaba con pasión: Pero mi alma es un fuego que sufre si no arde”.

En mi caso la literatura es un asunto pendiente. Ni la pobreza ni la prosperidad me han hecho cambiar de opinión sobre ella. Sigo amando los libros, acostándome con ellos, levantándome en las madrugadas en busca de alguna frase o idea que me lleve a un poema o un cuento feliz. Sigo emborronando cuartillas, sigo soñando en la novela perfecta, en la llama incendiando los fértiles campos de la creación. Sigo soñando con escribir y convertirme en un escritor, a pesar de que mi esposa me vive cambiando la biblioteca de lugar, y de que los problemas terrenales me consumen el tiempo.

Por eso ahora que algunos amigos me preguntan reiteradamente, con ánimo de molestarme e inquietarme, ¿para qué sirve la literatura? Yo les respondo: Sirve para hacer soportable la vida, para soñar, para incendiar este mundo de palabras que luego se conviertan en acción. La literatura es un placebo antiguo, una manera de soportar el irracional ruido de la globalización. Escribo, luego vivo. La llama es perpetua.

felixnavarrete_23@yahoo.com