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A pesar de las frecuentes y altisonantes denuncias de los miembros del Partido Republicano de que Barack Obama está intentando introducir en los Estados Unidos un socialismo al estilo europeo, hoy está muy claro que el presidente estadounidense desea gobernar desde un sólo lugar: el centro..

Para combatir la recesión, Obama decidió tempranamente que impulsaría un programa de estímulo fiscal de cerca de las mitad del tamaño de lo que recomendaban sus asesores económicos demócratas, y decidió contar eso como una victoria total en lugar de presionar por ampliar la mitad hasta el monto total.

Obama ha estado tan comprometido con esa prudente política que incluso hoy, con un índice de desempleo que roza el 10%, no utilizará el recurso más fácil y pedirá 200 mil millones de dólares adicionales de ayuda federal a los estados a lo largo de los próximos tres años, con el fin de prevenir más despidos de profesores. En lugar de erosionar más aún el compromiso nacional con la educación de la próxima generación, la prioridad de Obama ha pasado a ser el objetivo de largo plazo de equilibrar el presupuesto, a pesar de que la tormenta macroeconómica sigue arreciando.

Y, para avanzar en el equilibrio del presupuesto en el largo plazo, ha nombrado a un pirómano de las cuentas públicas, el ex senador republicano Alan Simpson, como uno de sus jefes de bomberos, es decir, uno de los dos co-presidentes de su comisión de reducción del déficit. Simpson nunca votó contra ningún recorte de impuestos no financiado que hubiese sido propuesto por un presidente republicano, ni jamás apoyó algún programa equilibrado de reducción de déficit propuesto por un presidente demócrata. Los partidistas cuyo compromiso con la reducción del déficit se desvanece siempre que lo dicten las conveniencias políticas simplemente no deberían estar a la cabeza de comisiones de reducción del déficit.

De manera similar, al enfrentar los problemas del sector financiero, Obama ha caído en la política de la era Bush de rescatar a los bancos sin exigirles nada a cambio: sin nacionalizaciones ni la imposición de la segunda parte de la regla de Walter Bagehot de que se debe dar ayuda a los bancos en crisis solamente bajo los estrictos términos de una “tasa de castigo”. Así, Obama se ha situado a la derecha no sólo de Joseph Stiglitz, Simon Johnson y Paul Krugman, sino también de sus asesores Paul Volcker y Larry Summers.

En cuanto a la política ambiental, Obama ha presionado no para que se apruebe un impuesto a las emisiones de carbono, sino un sistema de fijación de límites máximos y canje de los derechos de emisión (“cap-and-trade”) en el que el contaminador paga durante la primera generación. Si en el pasado uno fue un emisor importante, entonces para la siguiente generación recibirá un derecho de propiedad de muy valiosos permisos de emisiones, cuyo valor no hará más que aumentar en el tiempo.

En lo referente a la lucha contra la discriminación, la supresión de la política de “Prohibido preguntar, prohibido decir” (en inglés “Don’t ask, don’t tell”) del Ejército estadounidense hacia los soldados homosexuales avanza extremadamente lento, si es que está recibiendo impulso alguno.

En cuanto a políticas para afianzar el imperio de la ley, la gota que rebalsa el vaso es el hecho de que el cierre de Guantánamo se encuentre en un camino igual de lento. Es más, Obama ha seguido el ejemplo de George W. Bush al reclamar poderes ejecutivos que no tienen nada que envidiarle a los que reclamó Carlos II de Inglaterra en el siglo diecisiete.

En lo referente a la reforma de la salud, el momento estelar de Obama, su logro es.... redoble de tambores... un esquema casi idéntico a la reforma que llevó al estado de Massachusetts Mitt Romney, republicano que aspiró a la presidencia en 2008. La piedra angular de la reforma es un requisito impuesto por el gobierno de que las personas escojan de manera responsable y se procuren ellas mismas un seguro de salud, aunque el gobierno estará dispuesto a subsidiar a los pobres y fortalecer el poder de negociación de los débiles.

En todos estos casos, Obama gobierna, o intenta gobernar, adoptando posturas que se encuentran en el centro tecnocrático del buen gobierno, y luego dando dos pasos hacia la derecha -sacrificando así algunos objetivos importantes de sus políticas-, con la esperanza de atraer votos republicanos y demostrar así su compromiso con el bipartidismo. En todas estas políticas (anti-recesión, bancaria, fiscal, ambiental, anti-discriminación, imperio de la ley y salud) uno puede cerrar los ojos y convencerse de que, al menos en lo que se refiere a la sustancia, Obama es en los hechos un republicano moderado llamado George H. W. Bush, Mitt Romney, John McCain o Colin Powell.

Que no se me malinterprete. Mis quejas sobre Obama no giran en torno a que sea demasiado bipartidista o demasiado centrista. En el fondo soy un demócrata social (con minúsculas) al estilo de Dewey-Eisenhower-Rockefeller. Mis reclamos apuntan a que no es lo suficientemente tecnocrático, a que va demasiado lejos en pos de la quimera del “bipartidismo” y a que, como resultado, muchas de sus políticas no funcionarán bien, o no funcionarán del todo.

Entiendo que la política es el arte de lo posible y que la tecnocracia del buen gobierno se limita a lo que se puede lograr, pero sería bueno que Obama recordara que vive no en la república de Platón, sino en las cloacas romanas de Rómulo.


J. Bradford DeLong, ex Asistente del Tesoro de EE.UU., es profesor de economía en la Universidad de California en Berkeley e investigador de la Oficina Nacional de Estudios Económicos.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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