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Reflexionando sobre recientes artículos de opinión de este prestigioso diario, suscritos los mismos por el Dr. Juan Bosco Cuadra (nuestro caro maestro de filosofía) y Juan Carlos Guevara, sobre el acuciante tema de Iglesia, fe y razón (“El Dios desconocido” en el caso del primero, y “Bienaventurados los miserables”, para el segundo), nos parecen muy oportunas sus disquisiciones y moderna apologética ante los severos ataques recientemente dirigidos contra la Iglesia, incluso más exacerbados contra su cabeza visible, el papa Benedicto XVI.

En efecto, a pesar de incontables intentos de desaparecerla, la Iglesia ha sabido desde su divino hecho fundante por el mismo Jesucristo, dejarse conducir, tal como lo hizo el hagiógrafo de las Sagradas Escrituras: “Con el dedo de Dios”, escribiendo la historia humana de estos siglos, no sin la tenaz lucha contra los mismos detractores que han encontrado sus mejores argumentos en la conducta de sus propios hijos.

Permítanme citar al gran teólogo inglés, considerado precursor temprano del Concilio Vaticano II, J. H. Newman, respecto de la historia de la Iglesia: “La Iglesia es siempre militante; algunas veces gana, a veces pierde; y lo más común es que ella esté ganando y al mismo tiempo perdiendo en diversas partes de su territorio. ¿Qué es la historia eclesiástica sino el recuento de una batalla siempre dudosa, aunque su conclusión no sea dudosa? Estamos cantando el Te Deum, cuando de pronto tenemos que empezar a cantar el miserere; estamos en paz, cuando de pronto sufrimos persecución; estamos obteniendo un triunfo, cuando de pronto nos visita el escándalo. Más aún, progresamos a punto de fracasos; nuestros desastres son nuestros consuelos; perdemos a Esteban para ganar a Pablo, y Matías reemplaza al traidor Judas”.

Todos los sistemas filosóficos e imperios del poder temporal en estos dos mil años, han intentado desaparecer, o al menos domesticar a la Iglesia, desnaturalizando sus principios fundantes que son básicamente: La encarnación del Dios hebreo en hombre, y el esjatón escatológico mediante el ethos cristiano. No obstante, el hombre en su frenética búsqueda, no sólo de certeza conceptual, sino también existencial, ha venido secularizando la sublime utopía del sobrenatural hasta deshumanizarse en la modernidad pos iluminista con los Hiroshimas, los Auschwitz y los Gulags.

Después de los cismas heréticos de los primeros tres siglos nunca estuvo la Iglesia tan desacreditada como en el siglo XV, previo a Trento, cuando una serie de papas comportaron escándalos con antitestimonios de vida cristiana; sin embargo, éstos no fueron atacados necesariamente a título personal, la teología de “la sola Escritura” o “la sola fe” era rebatida profusamente contra los pilares de fe y razón, naturaleza y gracia, Escritura y tradición, sostenidos radicalmente por la Iglesia ante el emergente protestantismo.

Ahora, ¿cómo interpretar los horrores de la historia y, frente a ellos, tanto mal en el mundo? ¿Puede justificarse la existencia de Dios? ¿Qué Dios ha permitido todo eso?
Hay quienes se apuntaron desde antes de la Primera Guerra Mundial por la opción nietzscheana que él mismo llamó sabiduría dionisíaca: “el fundamento trascendental de la vida es cruel, despiadado, en otras palabras, demoníaco, y tal cual debe ser el hombre, o mejor, el superhombre”. A partir de San Agustín el cristianismo ha hecho una lectura teológica de la historia, señalando las responsabilidades del hombre en los horrores que en ella acontecen, desde la misma raíz del cristianismo donde los profetas de Israel percibieron con tanta claridad la presencia de Dios en la historia, equivalente a colegir el hecho de que no estaba solo en ella.

Veamos este hermoso extracto del Arzobispo de Táger, Santiago Agrelo: “…Letrados y fariseos, arrogantes, soberbios e hipócritas, insisten en preguntar a la madre: «Tú, ¿qué dices? » Preguntan como si ellos fuesen inocentes del crimen que fingen perseguir. Y se lo preguntan a ella, a la Iglesia que, como supo y como pudo ha intentado siempre educar en el amor y la virtud a sus hijos. Se lo preguntan a la madre los mismos que han destruido a su hijo: los profetas de la revolución sexual, los que instigan a los niños a masturbarse, los mercaderes de la pornografía, los expertos del turismo sexual, los que consideran la prostitución un trabajo y la castidad una aberración… hoy como ayer, la Iglesia como Jesús habrá de inclinarse (Cfr Jn 8,1-11) para cargar con el peso de sus hijos, con la culpa de sus hijos, con la muerte de sus hijos. Cuando se incorpore, allí, “en medio”, estarán solos ella y sus hijos, con un dolor sin palabras y un amor sin medida”.

La Iglesia, entonces, santa y pecadora, con firmeza y sabiduría, seguirá enfrentando todos los “neos” y los “ismos” que ahora como ayer la fustigan: el relativismo, el inmanentismo, racionalismos, etc., que la precisan a una recuperación del sobrenatural y el Misterio, con preeminencia de las Sagradas Escrituras y al ethos encarnacionista que son sus fundamentos teológicos.


*Licenciado en Derecho y Estudiante de Teología de la Facultad “Mater Evangelii”, de Ucatse.