Jorge Eduardo Arellano
  •  |
  •  |
  • END

Durante los veinticinco últimos años, el llamado “consenso de Washington”, que comprende medidas encaminadas a ampliar el papel de los mercados y limitar el del Estado, ha predominado en la política de desarrollo económico. Como dijo en 2002 John Williamson, quien acuñó el término, esas medidas “son como los dulces que a nadie amargan”, razón por la cual lograron el consenso.

Ya no es así. Dani Rodrik, renombrado economista de la Universidad de Harvard, es el último que ha discutido los fundamentos intelectuales del “consenso de Washington” en un convincente nuevo libro titulado One Economics, Many Recipes: Globalization, Institutions, and Economic Growth (“Una sola economía y muchas recetas. Mundialización, instituciones y crecimiento económico”). La tesis de Rodrik es la de que, aunque existe una sola economía, hay muchas recetas para el éxito económico.

Rodrik ha prestado un servicio importante al afirmar tan claramente la existencia de “una sola economía”. Un crítico que hiciera la misma afirmación de que la economía sólo permite un planteamiento teórico sería desechado como paranoide, mientras que la reputación de Rodrik brinda la oportunidad para un debate que, de lo contrario, no sería posible.

La tesis de las “muchas recetas” es la de que los países se desarrollan con éxito siguiendo políticas eclécticas adaptadas a las condiciones locales concretas y no siguiendo fórmulas genéricas sobre la fórmula de los procedimientos óptimos expuesta por los teóricos de la economía. Se trata de una impugnación del “consenso de Washington”, con su fórmula de aplicación universal que combina la privatización, la desreglamentación de los mercados laborales, la liberalización financiera, la integración económica internacional y la estabilidad macroeconómica basada en una inflación baja.

Pero, si bien la tesis de las muchas recetas tiene un gran atractivo y respaldo empírico y sugiere una postura de pluralismo teórico, la afirmación de “una sola economía” es errónea, pues da a entender que la economía neoclásica dominante es la única economía auténtica.

Parte de la dificultad para exponer esa concepción estrecha es la de que existe una división en la familia de economistas neoclásicos entre los que creen que las economías de mercado del mundo real se aproximan a la competencia perfecta y quienes no lo creen. Los primeros se identifican con la Escuela de Chicago, entre cuyos exponentes principales figuran Milton Friedman y George Stigler. Los segundos se identifican con la Escuela del MIT, asociada con Paul Samuelson. Rodrik es de la Escuela del MIT, como también nombres tan conocidos como Paul Krugman, Joseph Stiglitz y Larry Summers. Esa división oculta la uniformidad subyacente del pensamiento.

La Escuela de Chicago afirma que las economías de mercado del mundo real producen resultados en gran medida eficientes (el llamado “óptimo de Pareto”) que la política pública no puede mejorar. Así, pues, cualquier intervención estatal en la economía ha de perjudicar a alguien.

En cambio, la Escuela del MIT sostiene que las economías del mundo real sufren las consecuencias de los fallos omnipresentes en los mercados, incluidos el monopolio y la competencia imperfecta, externalidades asociadas con problemas como la contaminación y la incapacidad para suministrar bienes públicos como la iluminación de las calles o la defensa nacional. En consecuencia, las intervenciones normativas que abordan los fallos del mercado --además de las generalizadas imperfecciones de la información y la inexistencia de muchos mercados necesarios-- pueden beneficiar a todo el mundo.

Nada de todo esto tiene que ver con la equidad, que es una cuestión aparte. De hecho, ni la Escuela de Chicago ni la Escuela del MIT dicen que los resultados del mercado sean equitativos, porque los resultados reales de los mercados dependen de la distribución inicial de los recursos. Si dicha distribución no era equitativa, los resultados actuales y futuros también lo serán.

Los economistas de Chicago parecen creer que la falta de equidad de los resultados del mundo real es aceptable y --lo que es más importante-- que los intentos de remediarla son demasiado costosos, porque la manipulación de los mercados causa ineficiencia económica. Consideran que la intervención estatal suele provocar sus propios fallos costosos debido a la incompetencia burocrática y la captación de rentas, mediante las cuales los intereses privados intentan orientar la política en pro de su propio beneficio.

Los economistas del MIT suelen sostener lo contrario: la equidad es importante, el mundo real presenta una falta de equidad inaceptable y los fallos estatales se pueden prevenir mediante un planteamiento institucional idóneo, incluida la democracia.

Esas diferencias reflejan la riqueza intelectual de la economía neoclásica, pero no brindan una justificación para la afirmación de que existe una sola economía. Al contrario, economistas heterodoxos como Thorsten Veblen y Joseph Shumpeter plantearon hace mucho muchas de las actuales cuestiones cruciales de la economía neoclásica, incluidos el papel de las normas sociales y la relación entre innovación tecnológica y ciclos económicos.

La economía heterodoxa comprende conceptos teóricos básicos que son fundamentalmente incompatibles con la economía neoclásica en cualquiera de sus dos formas contemporáneas. De dichos conceptos se desprenden explicaciones del mundo real en gran medida diferentes, incluidos los factores determinantes de la actividad y del desarrollo económicos y la distribución de los ingresos. Además, con frecuencia se desprenden de ellas prescripciones normativas diferentes.

El difunto Robert Heilbronner, uno de los más renombrados discípulos de Schumpeter, concebía la economía como una “filosofía del mundo”. Así como los filósofos están divididos sobre la naturaleza de la verdad y el entendimiento, así también lo está la economía sobre el funcionamiento del mundo real. En economía, como en otras ciencias sociales, deben coexistir paradigmas. Sin embargo, en la práctica el predominio de la creencia en “una sola economía”, en particular en Norteamérica y Europa, ha propiciado cada vez más una concepción estrecha y excluyente de esa disciplina.

Resulta difícil transmitir esa realidad. Una razón es la de que los economistas neoclásicos progresistas, como Stiglitz y Krugman, comparten valores con los economistas heterodoxos y unos valores compartidos propician fácilmente un análisis compartido. Otra razón es la de que los economistas heterodoxos y los de la Escuela del MIT con frecuencia convienen en materia de políticas aplicables, aun cuando sus razonamientos difieran. Por último, la mayoría de la gente no cree que los economistas puedan ser tan audaces como para imponer una sola concepción de la economía.

La tesis de las “muchas recetas” enriquece la contribución de la economía neoclásica al debate sobre el desarrollo y muchas de sus propuestas normativas contarán con el apoyo de los economistas heterodoxos. Sin embargo, no aborda las profundas divisiones intelectuales existentes en materia de desarrollo económico, comercio y mundialización, porque se niega a reconocer la legitimidad de esas discrepancias.

Al repetir la afirmación de “una sola economía”, Rodrik revela, sin darse cuenta, la censura inherente a la economía contemporánea. El gran empeño no es el de reconocer que hay muchas recetas, sino el de crear espacio para otras perspectivas sobre el análisis y la política económica.

Thomas Palley fue economista jefe en la Comisión Económica y de Seguridad Estados Unidos-China y es autor de Post-Keynesian Economics (“Política poskeynesiana”).

Copyright: Project Syndicate/Institute for Human Sciences, 2008.

www.project-syndicate.org.