Jorge Eduardo Arellano
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Hace un siglo y medio, Karl Marx predijo de manera sombría y exuberante a la vez que el capitalismo moderno de cuya evolución era testigo sería incapaz de producir una distribución aceptable del ingreso. Argumentó que la riqueza aumentaría, pero que beneficiaría sólo a unos pocos: el bosque de brazos alzados buscando trabajo se haría cada vez más denso, mientras que los brazos mismos se volverían cada vez más delgados. Esta injusticia causaría revueltas y revolución, lo que su vez crearía un sistema nuevo, mejor, más justo, más próspero y mucho más igualitario.

Desde entonces, los economistas tradicionales se han ganado el sustento explicando pacientemente por que Marx estaba equivocado. Sí, el shock inicial de desequilibrio de la revolución industrial estaba y está relacionado con una igualdad en rápido aumento, ya que las oportunidades se abren al dinamismo y al espíritu de iniciativa, y los precios del mercado aumentan radicalmente, impulsados por el valor de destrezas que son escasas y esenciales.

Sin embargo, esto era --o se suponía que iba a ser-- algo transitorio. Una sociedad agrícola que está estancada en lo tecnológico no podrá ser sino extremadamente desigual: por fuerza y mediante el fraude, la clase superior hace que los estándares de vida de los campesinos se mantengan en niveles de subsistencia y toma el excedente como renta de las tierras que controla. Las altas rentas que se pagan a los terratenientes nobles aumentan su riqueza y poder, al darles los recursos que permiten mantener bajos los niveles de vida de los campesinos y aumentar el excedente, ya que después de todo no pueden crear más tierras.

En contraste, argumentaban los economistas tradicionales, una sociedad tecnológicamente avanzada estaba destinada a ser diferente. En primer lugar, los recursos claves que impulsan los altos precios y, en consecuencia, producen riqueza no son fijos (como la tierra) sino variables: las habilidades de los trabajadores calificados e ingenieros, la energía y experiencia de los empresarios, y las máquinas y edificaciones son todas cosas que se pueden multiplicar. Como resultado, los altos precios para los recursos escasos no llevan a juegos políticos de transferencia de suma cero o negativa, sino a juegos económicos de suma positiva para capacitar a más trabajadores calificados e ingenieros, instruir a más empresarios y gerentes, e invertir en más máquinas y edificaciones.

En segundo lugar, la política democrática equilibra el mercado. El gobierno educa e invierte, aumentando la oferta y reduciendo el diferencial adicional que ganan los trabajadores cualificados, y disminuyendo la rentabilidad del capital físico. También da seguridad social, al hacer que los más prósperos tributen y redistribuir los beneficios a los menos afortunados. El economista Simon Kuznets propuso la existencia de un agudo aumento de la desigualdad tras la industrialización, seguido de un descenso a niveles socialdemócratas.

Sin embargo, a lo largo de la última generación se ha diluido la “curva de Kuznets”. Los gobiernos de corte socialdemócrata han estado en una posición a la defensiva frente a quienes plantean que redistribuir la riqueza significa un costo demasiado alto sobre el crecimiento económico, y han sido incapaces de convencer a los votantes de financiar otra expansión masiva de la educación superior.

En el lado de la oferta privada, la mayor rentabilidad no ha hecho que se invierta más en la gente. Las diferencias salariales que implica haber estudiado en la universidad frente a haber completado sólo la educación secundaria en los Estados Unidos pueden ser hoy del 100%, y sin embargo esta generación de hombres estadounidenses blancos, nacidos en ese país, muy bien puede terminar no habiendo recibido más educación que sus predecesores inmediatos. Y las crecientes gratificaciones para quienes se encuentran en el cada vez más pronunciado pico de la distribución del ingreso no han hecho surgir una suficiente competencia de mercado que permita erosionarlo.

Las consecuencias han sido un deterioro del estado de ánimo de quienes entre nosotros confiábamos en las fuerzas del mercado y en los gobiernos de tipo socialdemócrata para probar lo equivocado que estaba Marx en lo referente a la distribución del ingreso en el largo plazo, y una búsqueda de herramientas de gestión económica distintas.

Cada vez más, se escuchan ácidas críticas por parte de quienes hasta ahora eran connotados soportes del establishment. Por ejemplo, Martin Wolf, columnista del The Financial Times, que hace poco caracterizó a los grandes bancos del mundo como una industria con un extraordinario “talento para privatizar ganancias y socializar pérdidas... y llenarse... de una virtuosa ira cuando las autoridades públicas... no van a su rescate cuando se meten en (bien merecidos) problemas... Los conflictos de interés que crean las grandes instituciones financieras son mucho más difíciles de manejar que en cualquier otra rama de la economía.”

Tras ello, Wolf anunció su “temor de que la combinación de la fragilidad del sistema financiero con las enormes utilidades que genera para quienes desde su interior cuentan con información privilegiada termine destruyendo algo incluso más importante: la legitimidad política de la economía de mercado misma....”

Para él, la solución es que estos banqueros reciban su paga en plazos a lo largo de la década siguiente a cuando hayan llevado a cabo su trabajo. De esa manera, los accionistas e inversionistas podrían evaluar adecuadamente si las recomendaciones que dieron y las inversiones que hicieron fueron sólidas en el largo plazo, en lugar de meramente reflejar el entusiasmo del momento.

Sin embargo, esta solución no es suficiente, ya que el problema no se limita a las altas finanzas. El problema es el fracaso, en términos más generales, de la competencia de mercado para dar origen a proveedores alternativos y reducir las fortunas que nuestra actual generación de príncipes mercantiles exige por su trabajo.

J. Bradford DeLong, profesor de economía en la Universidad de California, en Berkeley, fue Secretario Asistente del Tesoro de los Estados Unidos.

Copyright: Project Syndicate, 2008.

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