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Las elecciones presidenciales que se celebrarán en Colombia a fines de mayo serán únicas en varios sentidos. A pesar de las enormes presiones, el Tribunal Constitucional acabó con los planes de Álvaro Uribe de presentarse para un tercer mandato, al mantener la prohibición constitucional de ser presidente por más de dos mandatos consecutivos. La ausencia de Uribe ha abierto el proceso electoral de maneras imprevistas.

Si bien Uribe es ahora un “pato cojo”, sigue teniendo una influencia considerable y está esforzándose por mantener el tema de la seguridad nacional -principal énfasis de su gobierno- al centro de la batalla electoral. Ha tratado de beneficiarse de las crecientes tensiones con la vecina Venezuela y confía en que su delfín, el ex Ministro de Defensa Juan Manuel Santos, pueda unir las fuerzas de derechas del país para asegurar la continuidad de sus políticas.

Sin embargo, Colombia parece no desear la continuidad a cualquier precio; en lugar de ello, hoy parece preferir un cambio moderado con respecto a lo hecho por Uribe en la última década. Esta renovación viene en una forma que resulta inusual en la historia colombiana contemporánea. La alianza entre el candidato presidencial Antanas Mockus y el candidato a vicepresidente Sergio Fajardo ofrece la posibilidad de un cambio real, porque ninguno de ellos procede del ambiente político tradicional de liberales y conservadores. En lugar de ello, provienen del mundo académico (ambos tienen doctorados en matemáticas).

Su experiencia principal (y exitosa) se encuentra en el ámbito de la política local. Mockus fue alcalde de Bogotá y Fajardo, de Medellín, y ambos desean que la gran prioridad del gobierno pase de la seguridad interna al fortalecimiento del imperio de la ley, la educación, la ciencia y tecnología, la productividad y un manejo sólido y sensato de las finanzas públicas. Ninguno de ellos tiene el respaldo de máquinas políticas urbanas ni turbias organizaciones armadas en las áreas rurales, sino de grupos independientes, ciudadanos sin inclinaciones ideológicas y nuevos votantes con ganas de apoyar a candidatos no convencionales. Ambos han movilizado de manera ingeniosa a los jóvenes y hecho un uso innovador de las redes sociales de Internet.

La campaña de Mockus-Fajardo los retrata con orgullo como dos forasteros de la política, con todos los riesgos y beneficios que ello conlleva. Su plataforma electoral, que promueve además cierto nivel de cambio generacional, se centra en su rechazo de la ilegalidad y la corrupción, temas de concitan un amplio apoyo popular. De hecho, esta voluntad de cambio es la razón de que Mockus, hijo de inmigrantes lituanos, puede llegar a la presidencia en un país que ha recibido a escasos inmigrantes en el curso del siglo veinte.

El fenómeno Mockus es, en varios sentidos, análogo al ascenso de presidentes “alternativos” en América Latina en los últimos años: Luiz Inácio Lula da Silva en Brasil, Michelle Bachelet en Chile, Evo Morales en Bolivia, Mauricio Funes en El Salvador, Daniel Ortega en Nicaragua, José Mujica en Uruguay, Rafael Correa en Ecuador, Fernando Lugo en Paraguay y Hugo Chávez en Venezuela.

Pero Mockus es diferente. En contraste con hombres como Funes, Ortega, Mujica y Chávez, cuyas carreras comenzaron en movimientos guerrilleros o golpes de estado fallidos, el pasado de Mockus es irreprochable. Nunca ha sido cooptado por intereses privados, sean políticos, económicos o criminales. Confía en sus instintos y gusta de las políticas públicas imaginativas, si bien esto preocupa a quienes temen el advenimiento de otro líder mesiánico a la cabeza del gobierno.

Más aun, la sensibilidad de Mockus hacia los derechos humanos lo distingue de Uribe, que deja detrás un deplorable legado al respecto. Obviamente, las FARC -muy disminuidas como consecuencia de las acciones de Uribe, pero todavía violentamente opuestas a la democracia colombiana- siguen siendo fuente de inquietud para muchos colombianos. No obstante, dado que la dupla Mockus-Fajardo es verdaderamente centrista, el riesgo de cometer errores graves en este ámbito parece mínimo.

Es más, las sombras sobre esta campaña electoral proceden no de las FARC sino de la derecha: el candidato uribista Santos y la conservadora Noemí Sanín. El Partido Liberal, una coalición transversal de centroizquierda, y el izquierdista Polo Democrático no tienen posibilidades de victoria, aunque su apoyo a un gobierno de Mockus sería importante para forjar una mayoría parlamentaria estable. A la inversa, las elecciones parlamentarias de marzo dieron a la dupla Mockus-Fajardo una mínima representación en ambas cámaras del Congreso, lo que implica que cualquier gobierno que formen necesitará todos los aliados legislativos que puedan encontrar para poner en práctica su plan de gobierno.

Si, como parece cada vez más probable, Mockus se convierte en presidente, su plan de gobierno promete ser prudente: ni un salto al vacío ni inmovilidad ante la necesidad de emprender cambios profundos. Al principio, tres temas exigirán su atención: la potente subcultura mafiosa surgida en la última década, la necesidad de dar una nueva dirección a un modelo de desarrollo marcado por una amplia desigualdad, y evitar el aislamiento y las sobrerreacciones en las relaciones exteriores del país.

Puede que Colombia esté a punto de alcanzar un sueño largamente acariciado pero pospuesto a menudo: paz interna y menores tensiones con sus vecinos. Antanas Mockus parece la figura más capaz de hacer que estas posibilidades sean realidad.


Juan Gabriel Tokatlian es profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad Di Tella, Argentina.


Copyright: Project Syndicate, 2010.

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