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Cuando el Jefe de Información de La Prensa, me pidió que respondiera a tres preguntas sobre el asesinato de mi padre, para publicarlas junto a la extensa y previamente publicitada entrevista con el ex coronel GN Anastasio Somoza Portocarrero, decliné diciéndole que Somoza era “uno de los más conspicuos representantes de la dictadura que mi padre, director mártir de ese periódico, combatió durante toda su vida”. No quería, por prudencia y sobre todo por respeto a la memoria de mi padre, ser utilizado para legitimar la apología de Somoza, sin que mi propio padre pudiese defenderse.

Ahora, después de haber leído la entrevista presentada en tres partes, escribo estas líneas para compartir públicamente la decepción, el dolor y la indignación que experimentamos miembros de mi familia, ante lo publicado en La Prensa.

Como me dijo mi hermana Claudia Lucía, en palabras que comparto plenamente: “Tengo la terrible sensación de que hoy estuvieran matando a mi papá nuevamente, y me siento aplastada. Me parece bochornoso y vergonzante que sea precisamente La Prensa la que se preste para “limpiar” el nombre de la familia Somoza y convertirse en definitiva en su más ferviente defensor”.

O como escribió Cristiana en una carta al director de La Prensa: “Por lealtad con mi padre, su legado y por la memoria de todos esos inocentes y otras víctimas de años anteriores, no es consecuente ni digno de mi parte, prestarme a que LA PRENSA me ponga a contrastar la defensa de su entrevistado a la orilla suya y de quien junto a su padre y abuelo le hicieron tanto daño a Nicaragua, asumiendo responsabilidades probadas en una dictadura dinástica a base de la extorsión, represión y sangre de nicaragüenses como la de Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, por luchar contra todo eso con su pluma y palabra desde LA PRENSA.”

Pero, además, estoy convencido de representar los sentimientos de indignación de muchos nicaragüenses, víctimas de la represión, compañeros de PJCH, y personas honestas, que han asumido como propio el patrimonio de valores de Pedro Joaquín Chamorro, y en consecuencia, la obligación de defenderlo.

Durante tres días, el ex coronel Somoza dictó una cátedra de cinismo, y La Prensa, renunciando a su propia tradición combativa, sucumbió practicando un periodismo complaciente, que es la peor forma de hacer periodismo. Porque si alguna vez el medio estaba obligado a comportarse de otra manera, a representar al menos a una parte de la conciencia nacional, era ante este nefasto personaje de nuestra historia. Pero La Prensa fracasó, aun si se pudiese aislar la entrevista de todo contexto histórico, porque nunca tuvo la pretensión de hacer periodismo. Según ha declarado el autor de la entrevista, su misión era únicamente publicar la “versión” de Somoza Portocarrero, o sea, servirle como tribuna. Y eso fue exactamente lo que aprovechó a sus anchas Somoza para intentar limpiar la imagen de la dictadura y legitimarse ante la historia.

Y duele doblemente que ante esta ausencia de un periodismo ético y profesional, Somoza intentara manosear la memoria de mi padre, precisamente en su propio periódico, sin que se eleven otras voces para defenderlo. Basta una sola referencia a la “versión” del ex coronel Somoza Portocarrero, para evidenciar este manoseo. Repite Somoza el manido alegato difundido por su padre, de que la lucha de PJCh era instrumental para los propósitos del gobierno de Somoza de demostrar la supuesta existencia de libertad en Nicaragua, y llega al extremo de decir que la guardia le brindaba “protección”.

Al respecto, me limito a transcribir lo que escribió mi padre en la primera anotación de su diario privado, escrito entre febrero de 1975 y diciembre de 1977, y publicado en 1990 bajo el título de “Diario Político”.

Así empieza este histórico documento, que premonitoriamente señala el origen de las fuerzas tenebrosas que más tarde perpetraron su asesinato:
Jueves 13 de febrero 1975
“Creo que es necesario escribir estas notas, porque están pasando cosas inusitadas.

Hace dos días me visitó S (Sergio García Quintero) y su plática me erizó los pelos.

Dice S (Sergio) que delante de su jefe (el general Heberto Sánchez) hablaron de eliminarme, lo cual muchas veces se ha dicho, y cuando lo repiten, por un oído me entra y me sale por el otro, pero esta vez relató un proyecto tan bárbaro como para fruncirle el estómago a cualquiera. Dice él que se trata de secuestrarme (por unos civiles) llevarme a la Fuerza Aérea y luego tirarme desde un avión al mar.

Yo simplemente le comenté:
-- ¿Y por qué no buscan otra cosa menos truculenta…?
Más adelante, en esa misma entrada en su diario, escribió:
“Siempre sobre el mismo tema, ayer vino Diego (Manuel Robles) a contarme que se había encontrado en una cantina prostíbulo con Victorino Lara y Alesio Gutiérrez (dos connotados esbirros de la guardia somocista), ambos borrachos
Fue el día de los ascensos o algo así porque andaban celebrando y bien custodiados por hombres con metralletas.

Me dice Diego:
-- Victorino contó que vos le debés la vida a su Jefe porque él le había pedido la baja para ir a matarte y así no comprometerlo, pero el jefe desatendió su pedimento, con todo y lo cual te tiene en la raya porque nadie le ha hecho más daño --al jefe-- que vos. Alesio dijo lo mismo, y se hincó para jurar de rodillas que a cualquier visitante de Jinotega donde es comandante, él lo tiraba.”

Esa era la atmósfera de persecución y amenazas en que vivía Pedro Joaquín Chamorro en 1975, y que se acrecentó durante los años siguientes, y sobre todo después de que La Prensa aprovechó el levantamiento de la censura, en agosto de 1977, para denunciar la corrupción del régimen y sus allegados. Fue bajo ese régimen ya en proceso de descomposición, en el que nada se movía sin el control y el beneplácito de Somoza, en el que se produjo el asesinato de mi padre, y la investigación del crimen también bajo el control de Somoza Debayle. Por lo tanto, son los Somoza los que deben una explicación a la historia sobre la conexión de los autores intelectuales del magnicidio y la corresponsabilidad del régimen, y nunca mi madre, Violeta Barrios de Chamorro, como insinúa de forma insolente Somoza Portocarrero en La Prensa.

Al ex coronel Somoza Portocarrero lo ha condenado la historia no por ser hijo de un dictador o nieto del fundador de la dinastía que ordenó el asesinato de Sandino, sino porque de forma consciente participó en esa dictadura con la determinación de perpetuar la sucesión dinástica. Somoza no fue sometido a un proceso por crímenes de lesa humanidad, pero encara el juicio de la historia, que es igualmente severo. Ni su padre ni él expresaron jamás algún arrepentimiento genuino por el daño causado a Nicaragua por la dictadura dinástica, sino que, por el contrario, intentaron y siguen intentando justificarse.

Y por eso escribo estas líneas, para que también las nuevas generaciones que no vivieron esa época conozcan que este hombre “pelón, delgado y muy alto, con porte de caballero”, que describe La Prensa, solía vestir uniforme de fatiga y actuó como jefe de la EEBI, el cuerpo elite de la Guardia Nacional. Un cuerpo militar, educado con mentalidad de fuerza de ocupación, que al terminar sus entrenamientos era increpado por sus jefes: “¿Qué quieren ustedes?” y las tropas respondían: “Sangre, Sangre... del pueblo!”

Y este “caballero” es el mismo que dirigió masacres contra la población civil, durante las “operaciones limpieza”, testimonio de lo cual quedó registrado en una grabación, cuando después del ametrallamiento de un convoy de ambulancias, en el que murieron varios socorristas, le pedía a un subordinado “inventar cualquier cuento” ante las autoridades de la Cruz Roja Internacional que reclamaban por el crimen.

No me toca a mí explicar los motivos del inusitado despliegue promocional que hizo La Prensa de la entrevista con Somoza Portocarrero, aunque muchos lectores perspicaces han sacado ya sus propias conclusiones. Pero me doy por advertido de que la serie “¿Quién mató a PJCH?”, es sólo el inicio de otra secuencia de entregas aún más extensa para seguir difundiendo la “versión” de Somoza, bajo la excusa de practicar el mismo formato de periodismo complaciente. En consecuencia, tenemos la obligación de defender la memoria histórica de forma intransigente, para que en Nicaragua nunca más se instalen dictaduras ni dinastías de ninguna clase, bajo cualquier pretexto o justificación.