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El empantamiento en las negociaciones para elegir a los funcionarios de los distintos poderes del Estado que se les venció o está por vencerse el plazo para el que fueron nombrados, reveló la magnitud de las crisis que abate a la clase política nicaragüense. La precipitación con que actuó el magistrado Francisco Rosales, tratando de evitar que la oposición continúe el proceso de anulación del Decreto 03-2010, amenazando con retirarles la inmunidad, provocó una reacción inmediata en la que el uso y abuso de adjetivos reveló el carácter machista que prevalece en el provincianismo local. Desde hace algunos meses los niveles de intolerancia habían venido subiendo de tono. El uso de los morteros y el asedio a los miembros de la Asamblea Nacional, con la finalidad de impedir que sesionaran el 20 de abril, tanto en el seno del parlamento como en el Hotel Holiday Inn, conmocionó al país.

La presencia de los doctores Rafael Solís y Armengol Cuadra, presidiendo una marcha integrada por jueces y magistrados de las Cortes de Apelaciones, estudiantes de Secundaria, empleados de Enacal y sindicatos de trabajadores del Poder Judicial, coreada con disparos de morteros, lanzamiento de piedras y agresiones físicas contra los diputados Óscar Moncada, José Pallais y Luis Ulises Alfaro, mostraba la decisión del gobierno para impedir la sesión que al final realizaron, dando por aprobada la iniciativa de ley para derogar el Decreto 03-2010. Las imágenes difundidas por los medios de comunicación nacional e internacional impactaron al mundo. Los intercambios verbales sostenidos entre Manuel Martínez y Rafael Solís resultaban ilustrativos para el común denominador de los nicaragüenses. La sentencia de Martínez dando a Solís tres días para que abandonara sus oficinas, fue respondida con un golpe de mesa más fuerte. Solís afirmó que Martínez era quien iba a ser echado de la Corte. El doctor Solís volvió a perder su tradicional mesura.

En la sesión del 12 de abril cuando ya había sido desconocida su legalidad en la Corte, por los magistrados Sergio Cuarezma, Antonio Alemán Lacayo y Gabriel Rivera, Solís llamó matón a Rivera. Con su tradicional ingenio, haciendo chanza de lo ocurrido y tal vez para no llorar de tristeza, los teléfonos fueron saturados con las frases de Solís: “Cállate matón, cállate matón, cállate matón…”. Nadie salía del asombro. Los morterazos lanzados contra los ventanales del Holiday Inn, la salida apresurada de sus huéspedes, las roturas de vidrios, habían sido precedidos por este episodio difundido con largueza por todos los medios en sus diferentes ediciones. A la crisis de legitimidad que padece el Poder Judicial, el incidente mostró los extremos a los que habían llegado los miembros del máximo tribunal de justicia del país.

Los decanos de las Carreras de Derecho de la UCA y de la UAM, Manuel Aráuz y Alejandro Aguilar Altamirano, expresaron en el programa televisivo Esta Noche, que jamás habían conocido en ninguna Corte del mundo, un hecho similar. La intervención de Solís expresaba un autoritarismo ilimitado. “Olvídense de nulidades de actas. Olvídense de nulidades de sentencias, vamos a firmar las audiencias, y vamos a firmar las sentencias. Y si no quieren firmar es problema de ustedes. Y aquí doctor, ninguna acta se va a reimprimir sin la firma de nosotros, que quede bien claro y lo digo en público, además. A mí no me importa.” El espectáculo quedó registrado en todos los medios. ¿Debemos culparlos por haber resaltado estos hechos? ¿A quién imputar lo ocurrido, a los medios o a los magistrados? ¿A quién responsabilizar? ¿Al mensaje o al mensajero?
La onda expansiva originada por la falta de acuerdos todavía estremece los cimientos de la clase política. La quema de dos carros frente a la sede del Movimiento Vamos con Eduardo, el miércoles 21 de abril, fue una nueva demostración del machismo político imperante. Las quemas forman parte de las acciones intimidatorias para doblar el brazo a quienes disienten del gobierno, sin que hasta ahora hayan podido conseguirlo. La resolución del magistrado Rosales, el 12 de mayo, estableciendo que los diputados que continuaran insistiendo en anular el Decreto 03-2010, incurrían en el delito de desacato a la autoridad, por lo que no gozaban de ninguna inmunidad. La reacción inmediata de siete miembros de la Comisión de Justicia de la Asamblea Nacional, escaló el conflicto.

En vez de soportar su alegato en consideraciones de carácter jurídico, demostrando lo desacertado de los señalamientos del magistrado Rosales, la respuesta brindada está en consonancia con el machismo con que proceden los políticos para solventar sus diferencias. El diputado José Pallais, conminó a Rosales. Le dijo, “vení traeme si tenés huevos y enseñame tu título de doctor”. Para el diputado Maximino Rodríguez, el país está siendo precipitado por una situación donde prevalece “la ley del más fuerte”, lo que significa que ganará “el que tenga más valor. Si estamos ante un Estado de hecho, como en efecto lo estamos, entonces vamos a ver quién tiene más valor, y si Chicón Rosales tiene la capacidad de venirme a traer a mi casa, pues yo lo espero, y que me diga cuándo, dónde y a qué horas pues… Si guerra quieren, pues guerra van a tener. Vamos a ver quién tiene más valor”. (END. P. 4A 17 de mayo 2010). Para no quedarse atrás el magistrado Rosales ya había dicho que él no se encargaba de “agarrar ratas”. (END. P. 16A 14 de mayo. 2010).

Si confinamos el uso de la violencia simbólica a la clase política, estaríamos equivocados. Su lenguaje y manera de proceder ha calado muy hondo en diferentes estratos de la sociedad nicaragüense. En la historia política del país, las contradicciones políticas se dirimen a golpes, pedradas, morteros, balas, cárcel, exilio y muerte. El registro queda claro en el análisis que hizo G. E. Squier en Nicaragua, sus gentes y paisajes. En el capítulo que analiza el comportamiento político en Nicaragua, constata que quien gana los comicios lo gana todo. Al que disiente le espera, el golpe, la cárcel, la confiscación, el exilio o la muerte. Si partimos de que el texto de Squier fue publicado en Nueva York en 1860, han transcurrido 170 años y las transformaciones operadas en la conducta política de los nicaragüenses han cambiado muy poco. Todas las armas están habilitadas para conquistar o mantenerse en el poder.

Una vez alcanzado el poder, quienes lo ejercen no quieren dejarlo para nunca jamás. Esta actitud ha generado un enorme déficit de tolerancia y un gran rechazo al respeto por las diferencias o el disenso. En medio de la crisis existente entre los distintos actores políticos, emergió el conflicto universitario ante el desacuerdo entre los distintos actores, en la pugna surgida por la sucesión en la rectoría de la UNAN-Managua. En la casa de estudios superiores, las diferencias fueron solventadas con la toma del Recinto Universitario Rubén Darío, disparos de morteros y la paliza propinada contra el estudiante de medicina Everth Osmar Ruiz, el martes 11 de mayo. Al intentar ingresar al recinto lo encañonaron con una pistola, patearon y golpearon con el lanzamorteros, hasta dejarlo inconsciente. Las imágenes difundidas por 100% Noticias, Canal 2 y La Prensa, manifiestan que las acciones machistas constituyen el vehículo privilegiado para dirimir las controversias entre los nicaragüenses. No importa si se trata de estudiantes de diferentes niveles, profesionales o grupos juveniles.

Para derramar el vaso, el ex ministro de Defensa, Avil Ramírez, tomó el mismo atajo para condenar la agresión contra Ruiz. En un artículo de opinión publicado en La Prensa, el sábado 15 de mayo, Ramírez explica que tituló su catilinaria como Cochones, en vista de que el periódico tal vez no le hubiese permitido titularla “como hijos de putas”. ¿Homofóbico? Se preguntó Trinchera de la Noticia, (17 de mayo. P. 7). Con esa fácil propensión que tenemos los nicaragüenses de adjetivar, llamó a los agresores “desalmados, bandoleros, zánganos, pandilleros, malhechores, facinerosos, delincuentes, cobardes, criminales”. Su invectiva fue objeto de 29 comentarios, ninguno edificante. Todos a tono con la imprecación de Ramírez, lo cual demuestra que los medios hacen muy poco por establecer filtros que eviten el recurso escatológico para discutir aspectos que sus lectores están en desacuerdo.

Estando en vísperas de un año electoral, cabe preguntarse ¿a quiénes beneficia la polarización que provocan estas narrativas? Cada vez que los medios de comunicación optan por escoger o rechazar los términos en que las distintas fuerzas políticas plantean sus discusiones, se encuentran frente a dilemas éticos. ¿Están obligados a transcribir fielmente sus discursos? ¿Situaciones como estas ponen o no a prueba sus deseos por contribuir a generar en el país una nueva cultura política? ¿En dónde radica su carácter educativo? ¿Están o no obligados a formular llamados a la ponderación? ¿El agotamiento de los espacios institucionales, como afirmó el diputado Francisco Aguirre Sacasa, durante su comparecencia en Buenos Días Nicaragua, el lunes 17 de mayo, legítima todo tipo de acción encaminada a revertir esta situación? El machismo político tiene metida a Nicaragua en la actual encrucijada. ¿Las contradicciones a las que asistimos son para mejorar el desempeño de las instituciones o se deben a que los artífices del pacto no logran ponerse de acuerdo en una nueva repartición de cargos?

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