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Un sábado de agosto de 2006. Es una mañana tranquila. Abordo el bus, casi vacío, acompañada de mi madre. Conversamos como siempre solemos hacerlo. De repente, algo inesperado: ¡No puedo respirar! No sé qué me pasa. Me falta el aire. Tengo una sofocación horrorosa, a pesar de estar sentada junto a la ventana abierta. Hay un viento rico pero sigo mal.

Nos bajamos, no puedo seguir en el bus. Mi mamá preocupada. Yo también. Lo peor es no tener idea de qué puede ser. Sospecho que son las amígdalas pues me han dado problemas desde niña. Vamos de emergencia al hospital donde me inyectan benzatínica para la amigdalitis. Ahora, a casa a descansar. Ahí me espera mi familia, cariñosos y preocupados por mí, como siempre.

Descanso todo el día, ya me siento mejor, sobretodo porque estoy con mi mamá y con el cariño de mi familia. Sigo la vida normal sin sospechar que mi cuerpo estaba empezando a estallar. A los tres días tuve otro ataque. Voy nuevamente de emergencia, me ponen otra inyección, aunque no tenía fiebre ni nada más, sólo la cerrazón en la garganta como si mis amígdalas se hubieran agigantado y no me dejaran respirar.

A la semana, se repite el episodio. Estoy asustada, estoy llorando. ¿Qué me pasa? Otra vez al médico. No me dicen mayor cosa. Ahora sí ya estoy preocupada. Empiezo a sospechar que mi cuerpo está queriendo decirme algo. ¿Será que aquel recuerdo que tuve como a los 14 años y que yo misma me dije “olvidalo” tiene algo que ver? A los 18 años volvió esa imagen de mi tío desnudo frente a mí y yo volví a decirme: No, eso no pudo haber pasado. Y hoy, me repito: No, seguramente lo que pasa con tu cuerpo nada tiene que ver con los ataques.

Pasan como tres días y vuelvo a sentirme mal, incluso peor. Mi familia está realmente preocupada. Es la cuarta visita de emergencias en menos de quince días. Voy a otro lugar. Me atiende un médico muy platicón y buena onda. Después de examinarme me pregunta si me ha pasado algo fuerte últimamente, si tengo problemas graves o algo que me tenga estresada. Respondo la verdad visible: Mi papá tuvo un accidente hace poco, lo he estado cuidando y ando cansada por el trajín del trabajo.

El doctor me explica que esta vez me inyectarán un relajante, nada de antibióticos. La cura está en dormir, divertirme, viajar, descansar, tratar de vivir más tranquila porque mis amígdalas y pulmones están bien. No puedo respirar porque “algo” me provoca mucha presión. Su diagnóstico me confirma que en mi pensamiento está la verdad invisible: Ese “algo” es que sí fui abusada desde los 4 años y que tengo una explosión corporal que si no atiendo me va a matar.

Mi familia quiere que descanse, nos turnamos mejor para cuidar a mi papá. Pero yo sé que el problema es otro. Estoy completamente segura de que mi cuerpo me está gritando que busque ayuda. Mi “yo interno” necesita hablar, enfrentarse a mis recuerdos y miedos. Y no está dispuesto a que yo lo siga evadiendo o me mandará a la tumba.

Así, obligada por mi cuerpo, por el impedimento para respirar me dije: “Ni modo, a buscar una psicóloga”. A pesar del miedo y la vergüenza le pido a un amigo psicólogo me recomiende un par de psicólogas o centros donde tengan experiencia atendiendo a mujeres que han vivido violencia y que además no cobren caro. Invento que es para una vecina, no sé si me cree pero lo importante es que estoy decidida a seguir adelante. Y es lo que he hecho desde entonces.

Ahora, en 2010, estoy muy contenta por haber escuchado a mi cuerpo. Por confrontar mis recuerdos. Por haber iniciado la terapia individual y tener la dicha de contar con una excelente psicóloga. Me costó mucho y me sigue costando, aunque cada vez menos, vivir mi proceso de sanación. Me duele recordar el martirio al que me sometió mi cuerpo para obligarme a buscar ayuda para sanar del abuso que sufrí.

El cuerpo es sabio. Más tarde me invitó a hablar más allá del consultorio psicológico. De nuevo, entre el miedo y la vergüenza inicié terapia de grupo, entrando a un grupo de sobrevivientes de abuso sexual en Aguas Bravas. Lo que me satisface de todo lo que he trabajando en mi proceso, es que ya no me quiebro como antes, ahora soy consciente de cada paso que doy. Estoy convencida de que soy fuerte, mucho más fuerte que mi tío y que muchos hombres que se creen los machitos, cuando en realidad con su actitud violenta esconden sus complejos de inferioridad y sus propios miedos.


*Soy sobreviviente
aguasbravas_nicaragua@yahoo.com
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Telf.: 2251 0110