•  |
  •  |
  • END

Leer ha sido una de mis mayores pasiones desde niño, aunque siendo honesto conmigo mismo y con usted admito que los primeros libros “serios” los leí obligado por mi madre --maestra de una escuela primaria en el área rural-- quien llegaba todas las tardes a revisar mis tareas y a asignarme lecturas para “desarrollar mi capacidad crítica, mejorar mi dicción y mi ortografía”.

Me sentía obligado y algunas veces no entendía --ni disfrutaba-- las lecturas, porque para un niño de diez años de edad leerse las obras completas de Vladimir Ilich Lenin y de Ernesto Che Guevara durante un año escolar era --y creo que aún sigue siendo así-- algo muy tedioso (que puede llegar a ser hasta tenebroso), sobre todo cuando a la mayoría de compañeras y compañeros de aula no les exigían en su hogar ese tipo de sacrificio intelectual.

Sin embargo, me correspondió vivir en la Nicaragua que estaba en guerra civil provocada por las pretensiones geopolíticas y económicas de las dos superpotencias del mundo en la década antepasada y por ser miembro de una familia revolucionaria tenía que “tragarme” la literatura soviética y cubana que abundaba en el país en aquella época.

A los once años empecé a visitar la biblioteca municipal de mi León natal y entre otras cosas me fascinó y -ahora después de leer libros de psicología- creo que hasta me obsesionó ese mundo de libros, revistas y periódicos, a tal punto que una tarde de febrero de 1988 fui atropellado por un camión militar mientras caminaba y leía a la orilla de la carretera León-Managua. ¡Tan concentrado iba que no escuché el pito del camión!

Tenía dos motivaciones poderosas para ir a la biblioteca todas las tardes: la colección completa de Las Aventuras de Asterix y Obelix, y Rosa María, la bibliotecaria que me atendía con mucha gentileza y con quien en algún momento llegué a soñar que cuando yo creciera le propondría matrimonio y sería el hombre más feliz de la faz de la Tierra, por estar con la mujer que amaba y con mis otros amores: los libros. Ella y ellos serían amores complementarios, no habría celos, ni contiendas por mi culpa, al contrario, pensaba que seríamos el triángulo amoroso perfecto: lector-colecciones-referencista.

Una de las cualidades que más me fascinaba de Rosa María era su trato cordial y su atención eficiente. Para mis anhelos infantiles eran algo más: “una conexión mayor”, pero ahora --que curso la Maestría en Ciencias de la Información y Administración del Conocimiento en el Tecnológico de Monterrey-- comprendí que los servicios de referencia tienen razón de ser por la existencia de información y usuarios que requieren acceder a ella para usarla en procesos educativos o en investigaciones científicas.

¿Cuántos libros ha leído en toda su vida desde que tiene uso de razón? ¿Cuántos libros ha leído en el transcurso del año? Un buen lector que haya pasado el bachillerato debería leerse al menos un libro semanal, es decir que hipotéticamente una persona de mi edad (34 años) debería haberse leído 884 libros entre los 17 y 34 años, pero dispensemos un 20% menos por diversas razones --enfermedades, exceso de trabajo, convulsiones sociales, etcétera-- entonces esa persona debería haber leído 707 libros.

Al inicio de cada curso que imparto en la universidad sobre Lenguaje y Comunicación o Metodología de la Investigación pregunto a mis socias y socios en el conocimiento (estudiantes): ¿Cuántos libros han leído después de que se bachilleraron? Las respuestas son deprimentes, porque pocos pasan de responder una docena y cuando les pregunto título completo, autor y año de publicación, quedan perdidos, lo cual me revela que probablemente no dicen la verdad.

La directora de la Unesco, Irina Bokova, señaló algunas cosas muy importantes este 23 de abril, entre ellas una muy impactante: “Es imposible celebrar el día consagrado al libro sin pensar en los 759 millones de personas que no saben leer ni escribir”.

¡Desastre humano! Pero no es la realidad de los casi 250.000 estudiantes que a diario o semanal asisten a las aulas de las 54 instituciones de educación superior que operan en el país. Si la mayoría de estos estudiantes saben leer y escribir, entonces ¿por qué no leen con frecuencia?

Ante esta realidad apremiante debemos recordar que entre las competencias genéricas establecidas por el Proyecto Tuning América Latina -cuya meta es identificar e intercambiar información y mejorar la colaboración entre las instituciones de educación superior- hay algunas competencias vinculadas al uso de la tecnología y la gestión del conocimiento y de la información, entre las que se destacan: capacidad de abstracción, análisis y síntesis; capacidad de comunicación oral y escrita; habilidades en el uso de las tecnologías de la información y de la comunicación; capacidad de investigación; capacidad de aprender y actualizarse permanentemente; habilidades para buscar, procesar y analizar información procedente de fuentes diversas; y capacidad crítica y autocrítica.

Aquí me surgen varias interrogantes en el contexto educativo nicaragüense: ¿están las escuelas y universidades de nuestro país preparadas para constituir bibliotecas y colecciones editoriales impresas y electrónicas para los estudiantes que atienden? ¿Propician los profesores la lectura cotidiana de sus estudiantes? ¿Están los estudiantes de esta generación en disposición para abrir un libro y desmenuzar sus planteamientos teóricos? ¿Quiénes trabajan como bibliotecarios contribuyen a que los estudiantes se animen a explorar el mundo de los libros?

El debate continuará.

*Estudiante de la Maestría en Ciencias de la Información y Administración del Conocimiento en el Tecnológico de Monterrey.