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Relajo. Ésa es la primera palabra que se me viene a la mente, y estoy seguro que muchos y muchas nicaragüenses coincidirán conmigo, cuando vemos la serie de remedos de sentencias que salen de una parte ilegalmente constituida de la Sala Constitucional de la Corte Suprema de Justicia, y las decisiones que apresuradamente toma el Consejo Supremo Electoral, todas en el intento inútil de dar revestimiento de legalidad e institucionalidad a las pretensiones reeleccionistas de Daniel Ortega.

Ayer, sentencias que se llevó el viento diciendo que despojarían de inmunidad a un número importantes de diputados. Después, decisiones que atribuyen, como ayer despojaron de diputaciones, a personas popularmente electas, o asignan otras, en abierta violación de la Constitución.

Igual ocurre con personerías jurídicas de partidos políticos, que ayer despojaron ilegalmente, y ahora restituyen sin ningún argumento que garantice que mañana no pueden despojárselas de nuevo.

Todo forma parte del mismo juego: tratar de abrir camino a la reelección inconstitucional, y antidemocrática --porque no se ha dado ni un solo paso para garantizar que los votos se cuenten bien-- de Daniel Ortega.

Pero son pasos inútiles.

En primer lugar, porque mientras no se cambien de fondo las condiciones de las elecciones de 2011, garantizando credibilidad democrática de las mismas, lo que de ahí resulte no tendrá legitimidad y credibilidad nacional e internacional. ¡Y los años que nos esperarían, en términos de inversiones, crecimiento, empleo, pobreza!

En segundo lugar, porque Daniel Ortega puede, como en el pasado, por uno u otro recurso, que prefiero no calificar, obtener mayoría simple en la Asamblea Nacional, pero que llegue a la mayoría calificada de 56 votos necesarios para cambiar la Constitución y poder ser, constitucionalmente candidato, no luce posible en condiciones que garanticen la legitimidad y credibilidad que anda buscando. Y si alcanzara 56 votos, con los precedentes que conocemos, no alcanzará la credibilidad y legitimidad que impida la continuación de la crisis que vivimos. Esas jugarretas Somocistas de la década de los treinta del siglo pasado, que el Presidente del MRS Enrique Sáenz recordó en un artículo reciente, los absorbió la sociedad en medio de un proceso de “pacificación” y prosperidad. No es el caso actual de Ortega, en que tiene estancado y totalmente dividido y confrontado al país.

Tercero, porque todas estas maniobras no le convierten en mayoría política. Ortega sigue siendo minoría, fuerte, pero minoría, y la regla de oro de la democracia es la mayoría. La oposición luce, y en verdad está, débil y atomizada, pero no por eso Daniel Ortega está más fuerte.

Cuarto, porque muchos de los que trata de seducir devolviéndoles personerías y diputaciones, que mañana puede volver a quitar, no solamente tienen las convicciones democráticas, sino también la inteligencia para darse cuenta de que los están tratando de meter en un juego de seducción, por usar un calificativo respetuoso.

Total, mucho relajo legal, institucional y político, sin que las cosas que importan cambien. El país, y su gente, cada vez peor.