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Hace pocos días el veterano dirigente del Frente Sandinista, Tomás Borge, hizo públicas declaraciones que apuntalan la evidente obsesión de la cúpula sandinista de perpetuarse por más de cuatro generaciones en el poder.

El señor Borge, sin empacho alguno declara su total seguridad de que el actual presidente, Daniel Ortega, se alzará con la victoria en los próximos comicios del 2011. Estas declaraciones se dan en un momento en que el control del Consejo Supremo Electoral, organismo oficial encargado de organizar, dirigir las elecciones y contar los votos está bajo completo control de la cúpula sandinista. Menudo favor le hacen estas declaraciones a la ya deteriorada imagen internacional del caudillo autoritario que gobierna en Nicaragua.

El Frente Sandinista otrora partido con bases populares amplias y con vocación de cambio en el sistema político de Nicaragua se ha convertido en un partido burgués que se maneja a lo interno bajo la lógica de un corporativo que aglutina negocios de varios tipos de giros entre ellos políticos así como una amplia gama de empresas lucrativas en todo el país. El discurso izquierdista es sólo una pantalla.

Su orientación política actual, en el ejercicio del poder, es completamente fascista. El proyecto político sandinista pretende consolidar una suerte de corporativismo estatal sometido por completo al partido en el gobierno y al caudillo. Su enfoque económico irresponsable pretende en la medida de lo posible intervenir en la economía agregándole matices cada vez más evidentes de un enfoque económico de tipo dirigista.

Los intelectuales que defienden a este régimen, escribas del caudillo, articulan las más aventuradas artimañas para justificar la necesidad de someter la razón a la voluntad y a las acciones que manda el caudillo en virtud de la construcción de un proceso revolucionario que existe únicamente en sus mentes calenturientas.

La estructura política del partido sandinista está basada en la conformación de un perfil identitario de tipo victimista que desata toda su violencia, cual jauría azuzada, en contra de los “enemigos” que el caudillo señala. De esta manera la violencia es el brazo de poder parainstitucional cuando no suprainstitucional que le da sustento al gobierno orteguista.

La identificación y ataque hacia los enemigos depende de un poderoso aparato de propaganda que está por completo sometido a la cúpula y que no hace más que servir como tenaza que aprisiona las voluntades políticas de los agentes del espectro político partidario nacional que se suele poner el mote de Oposición y que le son vulnerables. Y si resulta insuficiente el aparato propagandístico apela al igualmente eficaz aparato de represión judicial.

Es de una perversidad exquisita la forma en que ejerce el poder el partido sandinista. El discurso político a lo interno así como a nivel internacional es decididamente chovinista pero abdicando toda estructura ideológica a favor de la fiebre socialista venida del Caribe empacada en retórica bolivariana; empero vacía de toda conciencia sobre el desarrollo dinámico de la historia y la política internacional. Son como cápsulas ideológicas que el caudillo traga sin digerir y sin lograr expulsar y que solo van inflando su discurso de matices conceptuales socialistas sin sustento político ni sociológico.

En la mente de los dirigentes de la cúpula del partido sandinista, aún de los que están castigados con un elegante exilio diplomático como el señor Borge, este sistema que han logrado cimentar es infalible y resistirá al embate de la historia por más de cien años en palabras de este vetusto señor.

Qué megalómana resulta la pretendida identidad construida en torno al presidente Ortega. El pueblo presidente es el eslogan con el que se inviste Ortega y su cúpula que no resulta muy lejano al eslogan nazi Ein Volk, ein Reich, ein Führer! (Un pueblo, un imperio, un guía).

Sin embargo, no olvidemos que al igual que Tomás Borge, Adolfo Hitler y sus allegados afirmaban que el Tercer Reich iba a durar mil años. La historia y sus indomables engranajes que transforman a las sociedades; que hacen surgir y declinar imperios, culturas y pueblos con su implacable dinámica tendrán siempre la última palabra.

*El autor es Especialista en Economía Gubernamental y Administración Financiera Pública.