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En mayo de 1895 nació Augusto C. Sandino y, horas después de su nacimiento, fue asesinado José Martí en plena lucha independentista. A la par de otras efemérides sociales, el mes de mayo nos ha convocado este año a celebrar estos dos aniversarios en su edición número 115. Los ejemplos de resistencia de Martí y Sandino nos convidan a continuar y animar las luchas colectivas en defensa de la autodeterminación de los pueblos latinoamericanos y resto de pueblos del mundo.

En el año 2004, también en mayo, los gobiernos centroamericanos firmaron con Estados Unidos un nefasto tratado de libre comercio (Central American Free Trade Agreement, Cafta). Seis años después, otra vez en el mes de mayo, el gobierno de Nicaragua, a unos pocos días de celebrar el natalicio de Sandino, ha firmado el Acuerdo de Asociación (AdA) con la Unión Europea, acaso el más perjudicial acuerdo comercial que Nicaragua haya suscrito en su accidentada historia como país. Además, la consumación de la firma del AdA significa reconocer y ratificar de paso al gobierno represivo y fraudulento de Porfirio Lobo en Honduras.

Desde el punto de vista ideológico, no deja de ser un hecho atroz que un gobierno presidido por el ex guerrillero Daniel Ortega sea uno más entre los que han asestado este durísimo golpe capitalista contra los sectores más pobres de Centroamérica, pero lo que es peor es que todo se haya materializado a través de un proceso de negociación manejado con un sigilo antipopular y en evidente contubernio con el gran capital nacional. Claro, hoy debemos entender por “gran capital nacional” a ese grupo de poder donde convergen en feliz matrimonio los intereses económicos de empresarios capitalistas “de izquierda” y empresarios capitalistas de la oligarquía tradicional.

En fin. La diplomacia del euro, con la colaboración de la Centroamérica oficial (la de los gobiernos aliados con todos los grupos de poder que están arriba) hoy ha logrado abrir lo que podríamos identificar como una etapa más de dominación neocolonialista contra la Centroamérica real (la de los millones de personas de abajo, empobrecidas, discriminadas y excluidas). Las calamidades previstas y no previstas que este acuerdo generará son incalculables. En pocas palabras, podemos decir que, gracias a la entrada en vigencia del AdA, las empresas transnacionales europeas tendrán un control ilimitado sobre todos los recursos naturales de la región, gozarán de enormes privilegios fiscales y podrán decidir a su antojo el rumbo de las políticas públicas en materia socioeconómica. Las circunstancias que se nos vienen encima son más aterradoras que lo que hoy podemos estar viviendo en nuestras localidades más marginadas.

A nivel mediático, Daniel Ortega ha hecho fiesta de la firma del AdA atribuyéndose el mérito de haber logrado incluir en la negociación un “fondo común de compensación” que, al final de cuentas, se interpretó siempre desde la Unión Europea como el precio que había que desembolsarse para obtener la firma cómplice del gobierno de Nicaragua.

Todo esto, desastrosamente, nos confirma que quienes controlan al FSLN --en su actual rol de partido político con responsabilidad de gobierno-- han decidido traicionar su propio discurso ideológico con escandalosa crudeza y ambigüedad. El AdA es una prueba más de que las luchas sociales casi nunca darán fruto desde la lógica del poder estatal, esa lógica que proclama el actuar partidario como la vía única de acción política. El poder estatal, en su conjunto, suele arrogarse la representación de un pueblo que ni siquiera es escuchado ni consultado por éste: ése es el circo de la democracia institucionalizada.

En Centroamérica, desde hace ya varios años viene siendo urgente reconocer que el sistema de partidos políticos (sea cual sea la ideología que prediquen) es guiado por el interés de alcanzar el poder estatal desde posiciones que en nada coinciden con las esperanzas populares por el mejoramiento de la calidad de vida. La verdadera izquierda es la de abajo y no la de arriba, reside en las estrategias y activismos de los movimientos sociales y colectivos en resistencia. Por eso, desde la base poblacional más desposeída y excluida, es urgente también empezar a activar formas alternativas de ejercer la acción política por un desarrollo humano colectivo y sostenible. Esas formas nuevas necesariamente deben aspirar a ser autónomas, autocríticas, autogestionarias y, lo más importante, desarrollarse fuera de las estructuras partidarias, a fin de no ser parte de ese sistema político que, con muy pocas excepciones en nuestro continente, ha asumido siempre al Estado como un botín del gran capital.


*Escritor.

ezmasis@esferainfinita.tk

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