Jorge Eduardo Arellano
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La vida se hace insostenible cuando lo que requiere para subsistir se extingue.

Llegó a mis manos y leí con interés y adicional preocupación --principalmente cuando veo indiscriminadamente cortar los árboles bajo la justificación de la “civilización, el desarrollo y el crecimiento económico”--, el libro del norteamericano, prestigiado profesor de geografía, Jared Diamond, titulado COLAPSO (2005), bajo la pregunta: “¿Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen?” Las noticias recientes del diario, que muestran la tala de viejos guanacastes en las Sierras de Santo Domingo y el despale urbanizador provocado en el cerro Mokorón, según dicen, último reducto del bosque tropical seco de Managua, nos confirma que estos problemas no son lejanos en el tiempo ni en la distancia, están a la vista todos los días.

Entre 1950 y 2005, el bosque nicaragüense se ha reducido, de representar el 60% a no más del 24% (sólo 1/3 del total de esta área es protegida por el Estado) del territorio nacional. Hemos depredado más de 5 millones de hectáreas en 55 años, a ese ritmo, para 2040 no habrá bosques en el país.

Es posible demostrar, que la decadencia de muchas de las civilizaciones y pueblos del pasado y del presente, que han sucumbido o sucumbirán (como “crónica de una muerte anunciada”), fue porque “la gente destruyó inadvertidamente los recursos naturales de los que dependían sus sociedades”.

Identifica ocho como las categorías por las cuales las sociedades del pasado han debilitado el medio ambiente: 1) deforestación, 2) destrucción del habitat, 3) problemas del suelo (erosión, salinización y pérdida de fertilidad), 4) problemas de gestión del agua, 5) abuso de la caza y pesca excesiva, 6) introducción de nuevas especies sobre las autóctonas, 7) crecimiento de población humana, y 8) aumento del impacto per cápita de las personas.

Llega un momento en que demasiadas personas comienzan a luchar por los recursos escasos en limitados espacios, se incrementa la inconformidad, la desigualdad y la violencia criminal, las regulaciones se vuelven ineficaces, y se provoca el derrocamiento de las elites dominantes por parte de la masa desilusionada y desesperada. Lo anterior fue en parte causa de la decadencia de Roma, por ejemplo.

¿Qué pensará el hombre cuando derribe el último árbol? No hablamos de un hecho hipotético e inexistente, algo tuvo que pensar y creer el último habitante de la remota Isla de Pascua cuando derribó el único árbol en pie (fines del siglo XVII) en esta isla de la Polinesia Oriental, hoy casi desolada a pesar de haber sido en su tiempo llena de verdor y riquezas, fue un “ocaso ecológico”. Ese hecho marcó el fin de aquella civilización olvidada de la cual sólo quedaron, como reflejo de su grandeza, las inmensas estatuas de piedra (moaí), resistiéndose a morir.

Los mayas sufrieron problemas por el cambio climático y sequías (siglo IX), aunado al deterioro medioambiental provocado por ellos, y al crecimiento de la población, desproporcionado respecto de la propia capacidad de generación de recursos para alimentarla. Los vikingos (asaltantes) noruegos colonizaron el sur de Groenlandia (siglos X-XIV) e instalaron una colonia de corta duración Vinlandia, en lo que hoy es Terranova y el Golfo de San Lorenzo, sin embargo, no pudieron aprender de los pueblos dorset y esquimales (inuit) en aquel medio ambiente inhóspito y desconocido, en donde terminaron destruyendo los recursos.

Fueron ellos los primeros europeos en el continente, si hubieran sobrevivido y si se hubieran expandido para contarlo, otra habría sido la historia del descubrimiento de América. Contrariamente, a mediados del siglo XVII, Japón estaba al borde del colapso, por efectos de la deforestación, porque cada vez más personas competían por menos recursos, sin embargo, desde su visión budista y confuciana, supieron revertir esa amenaza.

Haití, cuyo territorio era mucho más rico que la otra parte de la isla, fue saqueada por los colonizadores (españoles y franceses), y la población desarraigada por la fuerza de África y esclavizada.

La riqueza del pasado se produjo a partir del deterioro de los bosques y del suelo, por lo que hoy es el país más pobre del Continente, un estado fallido bajo la responsabilidad propia y la complicidad del “mundo desarrollado”. Contrariamente, el gobernante autoritario de República Dominicana, Joaquín Balaguer, al asumir la presidencia en 1966, instauró una política de protección medioambiental, y como parte de la misma adoptó la drástica medida de prohibir todo tipo de tala comercial, clausuró los aserraderos, prohibió el uso del fuego como método agrario y redujo el carbón vegetal derivado de los árboles.

Los problemas medioambientales son a menudo causa de conflicto, como fue el caso de Ruanda, el genocidio (1994) entre los grupos hutu (agricultores; 80%) y tutsi (pastores; 15%), el fondo de cuya dificultad, aunque se ha restringido interpretar como un asunto trivial, radica en problemas de propiedad, disputas por tierras, escasez de alimentos por efectos de la deforestación, que tuvieron su manifestación en la exacerbación de la polarización étnica manipulada por los grupos políticos cínicos en el poder. Ante la tragedia, el mundo (Naciones Unidas, Estados Unidos, Francia) evadió parcialmente su responsabilidad bajo el pretexto de “una situación confusa”.

En todos los casos es posible evidenciar que hubo hechos que cavaron su propia destrucción, quizá como estamos haciendo ahora nosotros y no nos percatamos de ello (?), o pensamos que el fin nunca llegará, que esos recursos renovables (que no se renuevan) son inagotables, y los explotamos como si fueran eternos, pensando en el beneficio de corto plazo, de manera egoísta e irresponsable, excluyente, y más quienes tienen más poder, y las grandes potencias desechan inmensas cantidades de basura y consumen la mayor parte de la riqueza para sostener el alto nivel de vida de sus habitantes.

Algunos de ellos, originarios de Norteamérica, ante la opulencia en que vive la sociedad norteamericana --que conlleva a la destrucción medioambiental-- opinan: “Nosotros estábamos aquí mucho antes que ustedes llegaran, y esperamos seguir estando aquí mucho tiempo después de que hayan desaparecido”.

Si todos en el mundo tuviéramos ese mismo alto nivel de vida, la oferta de recursos del planeta colapsaría, por lo que todo parece indicar que para que aquellos en el norte consuman y desechen tanto como lo hacen, los del sur tienen que consumir menos, parece ser casi una injusta condición de equilibrio. Parece que las sociedades desaparecen súbitamente poco después de alcanzar su cumbre de poderío y de cifras de población. Es como la cúspide a la que sigue irremediablemente el declive de una pendiente.

El destino de una sociedad está en sus manos, y depende de las decisiones que adopta.

La próxima vez que destruyas, contamines y cortes un árbol, piensa: ¿Cuánto falta? ¿Cuántos faltan?
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