Jorge Eduardo Arellano
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Ciertamente, la historia vive en la memoria de los pueblos, constituye parte de su presente y de su acervo de riqueza cultural, y tal como el aprendizaje de la propia experiencia es indispensable para el desarrollo individual, la asimilación de las experiencias colectivas constituye el fundamento del progreso social.

Nada peor entonces que ocultar o relativizar los hechos de la historia, pues a fin de cuentas los peores crímenes y tragedias, como también los grandes momentos en la historia de una nación nunca han sido el resultado de circunstancias fortuitas, sino las consecuencias de la compleja interacción de situaciones, decisiones y responsabilidades compartidas, en las cuales el papel de los gobernantes siempre ha sido crucial.

Por ello, me ha resultado profundamente inquietante la entrevista de Fabián Medina a Anastasio Somoza Portocarrero, publicada en el diario La Prensa de la semana pasada, que cubre con un barniz de legitimidad el período más oscuro de la historia nacional a través de un discurso evasivo, nostálgico y claramente tendencioso, al cual tímidamente se presta el periodista. Distinto, muy distinto hubiera sido que el “Chigüín” hubiese aprovechado la oportunidad que le brindaba un periódico de circulación nacional para reconocer los terribles crímenes que se cometieron bajo la dictadura de su padre y pedir perdón al pueblo de Nicaragua por su propia participación en ellos, lo que al menos le hubiera dado sentido humano a un esfuerzo periodístico que adquirió en cambio una connotación sórdidamente publicitaria.

Recordemos algunos de los hechos que quedan oscurecidos en sus palabras. En su testimonio sobre el origen de la dictadura de Somoza Debayle, Pedro Joaquín Chamorro relata: “Durante la noche del 22 de enero de 1967, la comunidad religiosa del Colegio Calasanz de Managua fue sorprendida por el funeral más macabro que haya presenciado un nicaragüense durante los últimos tiempos. En efecto, dos camiones repletos de cadáveres hacinados como leña, transitaron frente al colegio a depositar su carga en un sitio desconocido. Ese día Managua había sido sobrecogida por el estruendo de cañones, descargas de ametralladores y fuego de fusilería. Los tanques se arrastraban sobre el pavimento, mientras el aire se llenaba de agudos silbidos producidos por las sirenas de las ambulancias. Murieron hombres, mujeres y niños. Un joven cayó baleado dentro de la Catedral, al pie de la Vía Sacra. Lloraron muchos, hubo centenares de heridos y después de la desigual batalla, un manto enorme de tristeza cubrió a todo el país. Esta vez Managua fue el escenario de la más tremenda represión sufrida por los nicaragüenses en los últimos 30 años. Después de ella, con la celebración de unas elecciones fraudulentas, falsificadas, se declaró presidente de la República al miembro menor de la dinastía Somoza”.

Así comenzaron las décadas de terror de la dictadura de Somoza García que antes de sucumbir a la fuerza de la insurrección popular, bombardeó poblaciones enteras en las principales ciudades del país, arrojó camionadas de jóvenes asesinados por los barrancos y basurales de la capital, torturó y masacró a millares de prisioneros, dejando indelebles huellas en las almas y vidas de tantos nicaragüenses, masacres de las cuales también fue responsable directo como jefe de la EEBI el mismo señor Somoza Portocarrerro que sonríe ahora elegantemente vestido en las primeras planas del periódico que dirigiera Pedro Joaquín Chamorro, tan distanciado de la dignidad y el patriotismo de su respetado antecesor.

Dice Ana Cristina Wyld, investigadora guatemalteca en su artículo sobre el relativismo moral que una de las peores consecuencias del relativismo ha sido “la pérdida de la idea de haber hecho algo malo, porque cuando existe amnistía fácil, ya no existe arrepentimiento, por lo menos no en el sentido de remordimiento moral” y añade que “la individualidad que exalta el relativismo nos aleja cada vez más de la responsabilidad y los valores morales”.

No puede uno menos que preguntarse entonces: ¿Qué busca el diario La Prensa con este desplante de relativismo en sus páginas? Nada parece peor para una sociedad que necesita sacudirse el oscurantismo y la ambigüedad moral que dan aliento a todas las formas de autoritarismo, que revertir la barbarie histórica durante una plática de amigos en una cafetería centroamericana, justo en los momentos en que la sociedad más necesita reconocer la importancia de los valores democráticos por el que dieron la vida tantos combatientes sandinistas y retomar impulso en su defensa, asumiendo los riesgos que sean necesarios.