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“Jamás he caído en el más horrible
de los pecados: la deslealtad”.

Tomás Borge

Un militante socialista desarrolla una cultura que observa la realidad desde una perspectiva histórica. Por lo cual, lo trascendente para él es la acción política protagónica de las masas. De manera que por propia experiencia crezca en los trabajadores su capacidad de adelantar una política independiente, que conduzca a la toma del poder para transformar la sociedad.

Las acciones que adelanten los trabajadores en un solo día que ejerzan el poder político de un país, tiene más enseñanzas políticas y mayor relevancia histórica que diez mil acciones heroicas de grupos guerrilleros. Y ciertamente, ese solo día de gestión directa e independiente de los propios trabajadores, es históricamente más progresivo para el movimiento revolucionario mundial, que diez años de poder burocrático.

De suerte que no deja de sorprender que alguien, como el señor Borge, pretenda atraer la atención sobre sí, por alguna acción militar, o por padecer tortura o cárcel. Probablemente, no hay precedentes de que esto ocurra en ningún otro país, donde la sociedad se ha visto sacudida, en algún momento de su historia por convulsiones sociales protagonizadas por las masas.

A menos que consideremos el diseño militar de algún plan táctico brillante, o la concepción y ejecución de una maniobra que conduzca a una ventaja en la correlación de fuerzas, o que se analice la estrategia militar de una campaña que incide cualitativamente en el curso y desenlace de la guerra, es decir, que nos refiramos a elementos que se puedan atribuir al arte de la conducción militar y como tales susciten admiración en sí mismos, el resto de acciones y hazañas personales en el campo militar son constantemente superadas por combatientes anónimos. Y la acción de un solo combatiente que se sacrifica para resguardar a otros, en el curso de un enfrentamiento intrascendente, obliga a enmudecer, por sentido de vergüenza, al protagonista que desee vanagloriarse de cualquier acción personal.

En el campo revolucionario, resulta más inverosímil cualquier alarde personal, no por modestia (que no es ninguna cualidad revolucionaria), sino, por formación cultural. Es decir, por cultura política que lleva a un trabajador a militar en el trabajo de masas, cultivando la conciencia de sus compañeros y preparándolos para la acción política.

Luego de leer el artículo “crítica y autocrítica” del señor Borge, resulta incomprensible que este señor sea o haya sido dirigente siquiera de alguna célula revolucionaria.

Este señor escribe: “Ser fundador del FSLN es una casualidad histórica de la cual nunca hago ostentación”.

Fundar una organización política no es una casualidad. Una organización política implica el diseño de cierta ideología, la elaboración o adopción de ciertos principios teóricos, una concepción de la realidad y de su dinámica, una metodología de toma de decisiones y de accionar político, un programa para adelantar en la sociedad, una política concreta para incidir en la realidad política con apoyo en un sector social.

Nada de ello es casual. Por el contrario, implica una actividad consciente, meditada. Si Borge es fundador del FSLN “por casualidad” (como él dice), en realidad no es fundador de nada.

En la misma línea afirma: “De mi condición de fundador no hago nunca ostentación”. ¿Qué tiene que ver aquí la ostentación? Lo relevante no es fundar una organización, sino, construirla. Organizaciones se fundan a cada instante, en cualquier sitio del planeta Un partido se construye cuando las masas lo hacen suyo.

Pero, para un revolucionario, ni siquiera es relevante el hecho que un determinado partido se haya convertido en un partido de masas, lo trascendente, es si el programa y la línea política de ese partido son coherentes con los principios teóricos revolucionarios.

Borge, en el mismo artículo escribe: “Jamás he caído en el más horrible de los pecados: la deslealtad”.

¿Qué tienen que ver los pecados? Aún como metáfora, el concepto de pecado revela el subconsciente de un burócrata, para el cual es delito transgredir una regla. Es parte de la jerga de alguien que traza mandamientos y que como sacerdote espera, desde el vértice de alguna pirámide ritual, que los fieles le soliciten ordenes a cumplir con lealtad.

Borge, en palabras más sencillas, afirma que jamás ha sido desleal. No obstante, aún así, es un lenguaje directamente arrogante. ¿Qué importancia tiene para alguien qué ha sido Borge? Un político diría, en cambio, que la política que ha adelantado como militante (no como miembro de un partido) siempre ha sido consecuente con los principios. ¿Con cuáles principios? Pues un socialista diría, con los principios socialistas. Y explicaría, en cada coyuntura, cuál es la política adoptada, y porque tal política es coherente con dichos principios.

Es esa política la que interesa. Y la capacidad de ser coherente políticamente. No si personalmente es leal o no, o si peca o no peca.

Por último, expresa que sus compañeros califican la entrevista que hizo a Salinas de Gortari como una apología. Y no se preocupa por demostrar que no es una apología a un corrupto. Tampoco enfrenta la contradicción de hacer conscientemente la apología de un corrupto, de parte de alguien que recién afirma que es leal (suponemos que a principios socialistas). Sino, que afirma que esa entrevista fue una equivocación.

Una equivocación es cuando alguien yerra al hacer una suma, o cuando toma la calle que no debe, o cuando en lugar de apagar el cerillo apaga el cigarrillo. Pero, ensalzar a un presidente ampliamente conocido como corrupto en una entrevista, es una actividad consciente, reñida, por lo tanto, con algún tipo de principios. Es una deslealtad –en el lenguaje de Borge-, no una equivocación.

Si no se percata de ello, ¿cómo se percata que es leal a algo, o que no es el más horrible de los pecadores?
Borge dice: “Consulté con varias personas de buena calidad moral, antes de publicar la entrevista con Salinas y, por desgracia, nadie, puso objeciones”.

¿Un dirigente, políticamente coherente, consulta con personas de calidad moral? Por otro lado, ¿qué tiene que ver la calidad moral? La apología a un político es una acción política. Toda apología cumple una función política. Del resto, la moral también está orientada y supeditada a la política que resulta de una concepción teórica, con la cual se analiza la realidad. Y no viceversa.

La concepción teórica, que se fundamenta en principios, es la que permite ser coherentes políticamente y, por ende, es la que permite ser coherentes moralmente también. O, en términos de Borge, es la capacidad teórica la única que permite verse libres del horrible pecado de la deslealtad.

Y el mérito de un dirigente está, por lo tanto, en el trabajo teórico que es capaz de realizar para elaborar el programa y la línea política correcta (no en haber sido torturado).