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En su libro de memorias, el político, catedrático y doctor en Física Moisés Hassan Morales pretende “desmitificar” algunos personajes de nuestra historia. Uno de ellos es Rafaela Herrera, a quien le dedica escuetas líneas. En ellas rechaza que “esta ciudadana española de quehaceres desconocidos —cito textualmente— haya sido convertida en heroína nicaragüense.” Tal es su impreciso razonamiento: “Cierta y divertida historia trata de hacernos creer que Rafaela Herrera era hija del militar español José Herrera, Comandante de una fortaleza situada en las riberas del nicaragüense río San Juan. Esto es, a mi juicio, eso: un cuento para infantes”.

Y continúa: “Pues me resulta imposible digerir que alguien en su sano juicio —y yo supongo que el comandante lo estaba— se atreviera a arrancar a su hija adolescente del seno de algún hogar en su tierra natal —dice que Cartagena de Colombia— para someterla sin piedad a las penurias y privaciones inherentes al inexplorado bosque húmedo de algún escondido rincón, en algún lejano proyecto de país. Y para exponerla a los peligros de la cruel guerra contra los ingleses, no el menor de ellos el representado por la presencia a su lado de algunos cientos de hombres solos, los soldados bajo el mando de su padre. Hombres rudos, en plena juventud y acosados por su pujante virilidad, penosamente restringida por las circunstancias. No, a otro perro con ese hueso”.

Como se ve, para Hassan Morales, la acción de la súbdita española (no “ciudadana”, calidad propia de una república, no de la monarquía española del siglo XVIII) se reduce a una “divertida historieta” y a “un cuento para infantes”. Pero no lo demuestra. Sólo lo supone negando que el padre de Rafaela se la haya llevado consigo desde Cartagena de Indias (no, como él dice, “de Colombia”, ya que esta nación no existía entonces) hasta nuestro Castillo de La Inmaculada.

El padre de Rafaela era un militar español de larga trayectoria. Joseph de Herrera y Sotomayor se llamaba y había servido a Su Majestad durante veintiocho años como Alférez, Teniente y Capitán del Batallón de la Plaza de Cartagena, destacándose como artillero en acciones contra los ingleses en 1740 y 1741; y en 1753 había sido nombrado Comandante del Castillo del río San Juan. Para entonces su hija tenía diez años, y nueve permaneció junto a él en dicha fortaleza, de manera que éste tuvo tiempo para instruirla en el manejo del cañón, “y con alguna propiedad y acierto lo montaba, cargaba, apuntaba y disparaba”, según consta en uno de los memoriales de la defensa del Castillo el 29 de julio de 1762.

En efecto, la documentación conservada de este episodio colonial de la historia de Nicaragua comprueba su autenticidad, excepto ciertos detalles legendarios agregados por los historiadores, especialmente por José Dolores Gámez, como se verá. De momento, vale la pena consignar que puede consultarse en el número 22 (julio, 1962) de Revista Conservadora, bajo el título “Gesta y vida heroicas de la defensa del Castillo del Río San Juan de Nicaragua / Transcripción y notas de Carlos Molina Argüello”. De más está decir que los originales de dichos documentos se localizan en el Archivo General de Indias de Sevilla.

De acuerdo con ellos, sintetizaré la hazaña de Rafaela, cuyo abuelo había sido también otro fogueado militar español (e incluso ingeniero): el Brigadier Juan de Herrera. Durante 63 años, 5 meses y 39 días estuvo de servicio entre La Habana, Panamá, Cartagena, Montevideo y Buenos Aires, además de combatir a los piratas frente a las costas de Chile. Todo ello en el marco de la lucha entre las potencias colonialistas de Europa.

Pues bien, Granada de Nicaragua y el lago del mismo nombre constituían para la política expansiva de Inglaterra en las Indias una posición estratégica. De ahí que en 1744 un intento por apoderarse de Granada desde Jamaica haya sido neutralizado por el Capitán General del Reino de Guatemala, quien ordenó al Maestre de Campo José Antonio Lacayo de Briones auxiliase al Castillo reforzándolo con dos compañías de 50 hombres, abasteciéndolo de suficientes víveres y proveyéndole de más municiones y pertrechos.

Ello explica también que en 1761 —un año antes de la acción heroica de Rafaela— el Castillo estuviese dotado de 123 plazas remuneradas anualmente con 15,919 pesos. Entre ellas figuraban diez artilleros, cuatro cabos de escuadra, veinte mosqueteros, sesenta y cuatro arcabuceros, un piloto del barco de Su Majestad y sus ocho remeros, ocho cocineras mulatas, además de un Sargento, un Condestable de Artillería, un Alférez, un Teniente, un Cirujano, un Padre Capellán y el “Alcalde Castellano”, es decir, el Comandante. Tal era la población de la casi centenaria fortaleza cuando el gobernador de Nicaragua, Melchor de Lorca y Villena —enterado de un nuevo ataque formal inglés en compañía de zambos, mosquitos y caribes— la visitó. De regreso en Granada, y ya acontecida la defensa, fue instruido de la misma y pudo relatarla en un memorial al Capitán General del Reino de Guatemala Alonso Fernández de Heredia. Estos fueron los hechos.

El 15 de julio de 1762 falleció de una “flusión en la garganta” el Comandante Herrera y Sotomayor, sustituyéndolo en el mando el Teniente Juan de Aguilar y Santa Cruz, nombrado en dicho cargo el mes anterior por Lorca y Villena. Catorce días después, el 29 de julio —tras oírse a las 4 de la mañana “un tiro de pedrero, río abajo”, se presentó el enemigo. A las once del día aparecieron siete grandes piraguas que, disparando nueve tiros de pedreros a bala y metralla, desembarcaron algunas tropas en la orilla sur del río. Pero a las tres de la tarde, reconocido el enemigo “en toda la campaña, río arriba y abaxo”, la hija del difunto Comandante, con el permiso del nuevo, disparó un certero cañonazo dispersando al enemigo.

El 30 los invasores, no sin retirarse alguna distancia por nuevos cañonazos del Castillo, pidieron parlamentar y el 31 se rompieron los fuegos. El 1° de agosto —continúa su relación Lorca y Villena— “se siguió en el fuego con el mismo ardor que en el antecedente y por la noche no dexó de ser bastante vivo de una y otra parte”. El 2 cesó la artillería de ambas partes y el 3 los ingleses y aliados abandonaron sus posiciones, retirándose. Un caribe capturado certificó los daños causados por el cañonazo de la niña Rafaela: dijo que hizo “un destrozo grande” y que, entre los muertos, “uno había sido un inglés de los principales, a quien le dio una bala en los pechos”. El mismo Lorca y Villena aseguró que la aguerrida joven disparó “el cañón con tanto acierto que de los muchos enemigos que estaban juntos, se vieron salir corriendo pocos”.

Dieciocho años después del acontecimiento, y ya viuda de Pablo de Mora y con seis hijos —dos de ellos baldados—, Rafaela dirigió desde Granada al Capitán General del Reino, Matías de Gálvez, un memorial de su valiente y meritorio servicio con el fin de solicitar una pensión vitalicia, pues se hallaba “en extrema necesidad y pobreza”. Además, puntualizaba que “este hecho glorioso es tan público y notorio, que no hay en esta provincia [Nicaragua] personas de toda clase que lo ignore”. Su memorial lo firmó el 16 de marzo de 1780 y la pensión le fue pagada ese mismo año a razón de 675 pesos anuales: posteriormente disminuiría.

Los anteriores documentos fidedignos son despreciados, o al menos ignorados, por Hassan Morales, quien se obstina en negar la dimensión histórica de Rafaela Herrera, considerada por Alejandro Bolaños Geyer lo que es y ha sido: la insigne heroína nicaragüense del periodo colonial. Por lo demás, es cierto que en su petición al Rey —a través del Capitán General de Guatemala— la misma Rafaela se olvidó, o quiso omitirlo, para acrecentar su mérito del Teniente Aguilar, autoridad máxima del Castillo el 29 de julio de 1762; y que el historiador Gámez inventó “el fuego griego” de las sábanas impregnadas de alcohol navegando río abajo. Pero ese justificable olvido y esa fantasía a posteriori no vulneran su acción ni impiden que la mayoría de los nicaragüenses le hayan hecho justicia apropiándose de ella en su memoria colectiva.