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Asistimos a la emergencia de dos paradigmas que proceden de la misma fuente (Foucault para el Norte y Foucault para el Sur) pero que tienen diferencias significativas, a partir si hay un “adentro” o un “afuera” de sus esquemas y las consecuencias que se le derivan. Si afirman que hay una “exterioridad” por muy pequeña que sea, terminan brindando salidas utópicas rebajadas; si, al contrario, suspenden su juicio sobre un “afuera”, se autocontienen dentro del lenguaje.

A unos le llamaremos “Neoemancipación” y al otro de “Autocontención”. En el primero hay una subdivisión con dos variedades, donde nos encontramos con un nuevo dualismo que podemos resumir así: para los “queers”, “casi” nada hay fuera del poder del discurso; ese “casi” le sirve de coartada a sus autoras postfeministas para justificar a un sujeto (no heterosexual) semiproducido y ambiguo que, si embargo, aprovecha para formular una utopía débil.

Para los “decoloniales”, la otra subvariedad, hay “algo” fuera del sistema moderno colonial, ese “algo” son los damnés colonizados, que mantienen una especia de pureza, garantía de una nueva liberación, a la Fanon, no eurocentrada.

Los postcoloniales (autocontenidos) tienen un método apofático (lo que “no son” las cosas, sin decir “cómo son”) y son escépticos con respecto a un “afuera”, lo que les impide pensar en términos utópicos. No dicen quiénes somos, y tal cosa nos protege de los archivos (sobre todo tecnológicos), sino cómo nos ven vencedores y hegemónicos. Parecieran decir que todo es una ilusión, como la “maya” hindú. Edward Said es la fuente seminal de este paradigma tan tributario de Foucault como los otros.

Los decoloniales toman casi toda su espina dorsal de este autor con la “pequeña diferencia”, que vuelven afirmativa la apofática postcolonial. Al describir el sufrimiento de los colonizados, los decoloniales le anticipan su emancipación, y nos hacen creer, de nuevo, que hay una flecha liberadora, porque el dolor de los inocentes no puede quedar impune y alguien debe ser el responsable para pagarlo y alguien para cobrárselos. El “es” ya encierra en su seno el “deber ser”. La crítica ya viene con su utopía. La descripción es su prescripción. Se entiende que no hayan copiado la “mimecresis” de Bhaba, que cruza ricamente al colonizador con el colonizado, ni tampoco a Spivak, quien afirma que los intelectuales son los que inventan ese sentido de un dolor emancipador, como el caso de Fanon y Cesaire que repetían la emancipación europea para africanos y árabes, a su manera.

No quiero ser mal interpretado: no se trata de eliminar al eurocentrismo desde purezas imaginarias otras, como si nada en el mundo se hubiese mezclado, como intentan hacer los decoloniales, sino de provincializarlo, por la vía de sumar más y más tradiciones culturales, aunque no sean “nuestras”. De hecho es lo que hacemos todos los días, sin que los intelectuales nos lo digan, al separarlo ante nuestros ojos, para que veamos lo que en la práctica hacemos, sin ellos. Como los gringos con Somoza, los mestizos podemos decir: los eurocentristas son, en efecto, unos hijos de perra, pero son nuestros hijos de perra.

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