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“¿A quién votaste la última vez?”- me dice con los ojos abiertos y estupefacto un amigo periodista, sin poder creer lo que yo acababa de revelarle. “¿Pero cómo pudiste hacer semejante cosa? Uno no vota sólo con la cabeza sino con la sangre, con el corazón. Uno vota por los suyos, por los que perdimos.” Yo le contesté que en ese momento me pareció más eficaz darle el voto a otro aunque no fuera enteramente de mi ideología política (si es que la tengo), porque los que él llamaba “los nuestros” se habían y nos habían traicionado tanto que eran aún peores que los otros. Después de aquella conversación, casi me retira la palabra, y aunque mantuve mi opinión me sentí como un apátrida, perdido en el desierto, expulsado del grupo. Ya “no era uno de los nuestros”.

Puede que mi amigo tuviera razón; al fin y al cabo, a la hora de decidir a quién apoyar en una contienda, no sólo manda la cabeza ni la frialdad de los razonamientos ni los análisis, sino que el corazón, las viejas creencias, los viejos sueños también juegan su papel y ahí es donde uno duda. Y entonces es cuando envidio a quienes lo tienen siempre todo tan claro que no dudan en apoyar hasta el cinismo a sus antiguos camaradas, aunque estos ya se hayan convertido en enemigos disfrazados.

La frase del título de este artículo está tomada de la que se suele atribuir a Franklin D. Roosevelt al referirse a Anastasio Somoza García. Otros dicen que fue un secretario de Estado el que la dijo sobre Trujillo; y otros la ponen en boca de cada uno de los presidentes norteamericanos sobre cada uno de los dictadores latinoamericanos. Yo no dudaría en que la frase recorrió la memoria de Obama cuando se produjo el reciente ataque de Israel contra la flotilla humanitaria que iba rumbo a Gaza. Ante un hecho injustificable como ese, Obama debió de pensar que sí, que las autoridades israelíes no eran más que unos “hijos de puta” (va traducido al español con mis disculpas, aunque la frase es castellana pura), pero que eran “nuestros hijos de puta”. Y es que en ciertos momentos, cuando el que siempre apoyaste se vuelve un criminal, no deja por eso de ser de los tuyos.

Uno quisiera rebelarse contra esa idea, retomar la independencia, pero confieso que en lo referente a ideología, creencia en los ideales, e incluso en materia religiosa, el “HP” (llamémosle así, no como insulto sino como autoridad en general que se ha corrompido, sin nombre propio), se incrusta en lo más íntimo de tus creencias y opiniones. Pedir que no le apoyes o, en el caso de unas elecciones, que des tu voto en contra es como pedirte que denuncies a un miembro de tu familia. Como decía mi amigo, “no puedes ir en contra de los nuestros”.

Y el problema es mayor cuando reconoces que el líder de “los nuestros” ya no es más que una sombra de un viejo sueño perturbado por intereses mezquinos; cuando lo ves tan claro, y son tan fuertes las evidencias y sospechas, que no te queda otro argumento que disculpar que el líder de “los nuestros” sea un sátrapa, un ladrón, un violador o cometa cualquier delito que se te ocurra. Porque entonces todavía te queda la excusa de que al otro lado, quizá, sean peores, para empezar porque no son “los tuyos”, y para terminar porque también están manchados de corrupción por todos lados. Al fin y al cabo, no, la guerra no ha terminado.

Hay una frase que dice que “todo el mundo tiene derecho a pensar que su padre es un buen tipo” Y se podría añadir lo mismo de nuestros “HP”. Seguís pensando que en el fondo de toda la maldad que les rodea, hay un sustrato bienintencionado o se justifica por la defensa a ultranza de nuestros valores ante los de los oponentes. Ese fin justifica los medios, y por tanto “la historia los absolverá” en palabras de Fidel Castro. La influencia del HP ha llegado a tocarte por dentro cuando el día de unas elecciones, sientes que tu mano se engarrota, que no puedes cambiar tu voto y dejárselo a los otros que también son HP, pero no son “nuestros HP”, y entonces es cuando te dan ganas de olvidarte de todos y mandar a estos “HP” adonde ya sabes; pero es entonces cuando los viejos ideales te convocan, o el recuerdo de los gestos, de las palabras que identificaban a tu HP con tus problemas, y vuelves a sus redes. Sí, sí, sí; te mintió, te traicionó, y en cierta medida, hasta se burló de todos “los nuestros” y de ti mismo. Y sí; lo repetimos igual que el mismísimo Roosevelt: “Es un HP, pero es nuestro HP”.

Esa lógica del voto a nuestro HP se sigue entre los votantes tradicionales de partidos o tendencias, pero no afecta a la otra gran parte de la población que nunca se decantó ni lo tuvo claro, esa población que no vota principalmente por una ideología sino por un candidato o un programa político, o por un instinto que es tan legítimo como una idea.

No sé si existe el voto útil. Yo creí utilizarlo una vez, y por un momento, quiero pensar que aquel cambio fue beneficioso para el país, y para mí mismo, porque me puse a mirar las cosas desde otra perspectiva, con otra opinión. Es naturalmente bueno que haya alternancias, pero luego, ese mismo al que yo había votado sacó al HP que llevaba dentro, que llevamos dentro, así que no me costó retirarle mi apoyo, porque al fin y al cabo no era “de los nuestros”. Hice mal en confesarle a mi amigo mi desliz de aquellas elecciones. Sentí que había trasgredido algo sagrado, y por supuesto mi conciencia. Fue como si oyera cantándome, a mí solito, “Los Guaraguao” y hasta Víctor Jara desde la tumba aquello del “usté no es ná, ni es chicha ni limoná”.

Sin embargo, llega un día en que apartas por un ratito el corazón de las frases de siempre, y decides que no vas a abandonar a los tuyos, pero tampoco vas a justificar a un HP sólo porque sea “de los nuestros” como han hecho tantas veces los Estados Unidos con quienes mataban y torturaban en tu misma tierra. Ese día, lo sientes, te has quedado fuera. Tu “HP y los tuyos” te han dado la espalda. Quizá, seas más libre, y quizá estés más solo.


franciscosancho@hotmail.com