Jorge Eduardo Arellano
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Hoy finalizan las Jornadas Darianas del presente año. Quizás sea oportuno dedicar este artículo a las ideas que Rubén expuso sobre el futuro que deseaba para su Nicaragua natal.

En su libro de remembranzas de su apoteósico retorno a su terruño en 1907 “Viaje a Nicaragua e Intermezzo tropical” (1909), Darío escribió: “En la juventud predomina la afición a las letras, a la poesía. Yo dije a los jóvenes en un discurso que eso era plausible: pero que junto a un grupo de líricos era útil para la República que hubiese un ejército de laboriosos hombres prácticos, industriales, traficantes y agricultores”.

Darío no sólo pregona la trascendencia de los caminos del arte, que él sabe son difíciles y tienen “mil puntas cruentas” para zaherir el alma, sino que también señala la importancia de lo práctico, de lo económico y de lo político. Reafirma la agricultura como base de nuestra economía cuando señala que nuestros productos naturales obtienen buenos mercados en Europa y que el hule los obtendría mejores, si nos preocupáramos de su cultivo e industrialización: “Nuestro café, nuestro cacao, nuestra caña de azúcar, nuestro caucho en la costa norte, solicitan la atención Europea, pero no con el interés que se tendría si una investigación fecunda nos ayudara para dar salida, por ejemplo, a esa Industria del Hule, que en estos momentos se levanta con preponderancia natural, gracias al impulso automovilista”.

Darío nos está diciendo, con genial visión, que debemos esforzarnos, mediante la investigación, de incorporar “valor agregado” a nuestros productos naturales. Casi un siglo antes que la CEPAL recomendara a nuestros países pasar de la “renta perecible”, basada en los recursos naturales y la mano de obra barata, a la “renta dinámica”, que incorpora valor agregado a los productos naturales gracias al progreso técnico, Darío había advertido que el caucho de nuestra costa despertaría más interés en Europa “si una investigación fecunda nos ayudara a dar salida a esa Industria del Hule”. Bien sabía Rubén que el progreso sólo se obtiene con “la picota de la investigación en la mano”, para usar sus propias palabras.

Sabias y sensatas palabras, por cierto, de un Darío insospechado para muchos de nosotros, desconocido por las nuevas generaciones: el Darío preocupado por los problemas concretos de la hora, el Darío que es poeta y político, es artista y estadista, es intelectual, educador y hombre capaz de comprender y de apreciar la importancia de la acción y del trabajo. Nos dice certeramente: dedíquense ustedes al arte, pero no olviden el cultivo de la tierra, la explotación de las riquezas naturales y el desarrollo de una ciencia basada en el conocimiento de la realidad natural, social y cultural del país; es decir, no descuiden la investigación científica y la producción. De haber seguido sus útiles consejos, quizás nuestro desventurado país no estaría en el vergonzoso lugar en que se encuentra: en los últimos peldaños del progreso y sumido en extrema pobreza.

Mariano Fiallos Gil nos narra lo que sucedió ese mismo año de 1907 en la sociedad de poetas leoneses “El Alba”: “En aquel tiempo, escribe don Mariano, -y hablo del año de 1907- había una sociedad lírica llamada El Alba. A la venida triunfal de Rubén, el estudiante y poeta Antonio Medrano lo saludó con unos pomposos versos, que finalizaban así:
“Escuche tu armonioso verso a mi verso rudo,
Mas que vibra sincero por decir tu alabanza,
Bienvenido en nombre d’El Alba te saludo,
¿Qué es el Alba? Ya sabes: El alba es la esperanza”.

Rubén respondió, descorazonándoles. Les dijo que mejor se ocuparan de cosas más prácticas: “Crezca nuestra labor agrícola -aconsejó- auméntese nuestra producción pecuaria, agradézcanse nuestras industrias y nuestro movimiento comercial bajo el amparo de un gobierno atento al nacional desarrollo. Y que todo eso sea alabado por las nueve musas nicaragüenses en templo propio”.

Si bien Darío no enjuició el estado de la educación en su país, los criterios que expresó en relación a la situación del sistema educativo español en 1898, siguen siendo aplicables a la educación nicaragüense. Escribió Darío, en una crónica incluida en su libro “España Contemporánea” (1901) lo siguiente: “Muchos libros, muchas horas de clases, muchas horas de estudio, mucho atiborrarse de teorías, leyes y teoremas; pero la ciencia, la verdadera ciencia, no aparece”. Como consecuencia de semejante sistema de enseñanza los niños españoles ni siquiera aprendían a leer y escribir. Rubén advierte: “En la mala enseñanza primaria está el origen de todos los males”. Darío, entonces, se atreve a formular una política educativa para la postrada España de fin del siglo XIX: “Lo que habría que hacer en España sería formalizar la enseñanza elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética. Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada cual siguiése su rumbo”... “No hacen falta reformas, ni planes nuevos, ni estudios novísimos. Lo que necesita con urgencia la juventud española es que le enseñen a leer, ¡que no sabe!”.

Si nuestra educación primaria o básica al menos enseñara a nuestros niños y jóvenes a leer y escribir correctamente, sería éste un gran logro educativo y Nicaragua podría convertirse en una “República de lectores”, como la soñara Darío.