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Frances Stonor Saunders, periodista de la BBC, publicó en 1999 una investigación sobre la “cultura en la Guerra Fría”, que trata de la propaganda de los “derechos humanos” (en sentido ideológico) dirigida a una intelectualidad de “izquierda no comunista”. Al final de la II GM, todo intelectual era considerado potencialmente de izquierda, porque la mayoría hacía público su antifascismo; y el matiz estaba en el posicionamiento respecto de los partidos comunistas, que resurgían del movimiento obrero posterior a la crisis del 29. Se crearon organismos culturales de propaganda ideológica especializada en la elite intelectual, con financiación de las grandes fundaciones privadas de carácter político-cultural, para promover la “izquierda no comunista”. Aunque Saunders se centra en el aparato de propaganda de estas fundaciones privadas y del gobierno de Estados Unidos, todos los gobiernos tuvieron su política cultural de lucha ideológica. Y es un error de ingenuidad no reconocer que el trabajo del intelectual se realiza siempre en una atmósfera de guerra sicológica de distintos frentes.

Para promover una intelectualidad de “izquierda no comunista”, se montaron congresos y convenciones de literatos-periodistas, exposiciones de artistas, se patrocinó la producción de cine, conciertos de cantantes de la industria de música grabada, periódicos, revistas, editoriales y la traducción de determinados autores convertidos en best sellers.

El libro se concreta al control ideológico sobre las elites de intelectuales, y no se extiende a la distribución de sus productos a las capas populares. Saunders tampoco trata la propaganda religiosa, porque su trabajo se centra en la intelectualidad de izquierdas. Por lo tanto, no investiga el Movimiento Social Católico, como pudo ser el Congreso de PAX ROMANA, de 1945, al que asistieron Pablo Antonio Cuadra (PAC) y Carlos Martínez Rivas; y por lo mismo, tampoco menciona organismos del tipo de Comunione e Liberazione, al que estuvo vinculado PAC en los años 80. De estos recibió un reconocimiento de homenaje en su sede de Rímini, Italia.

El libro de Saunders se dedica en mayor medida a las operaciones secretas de propaganda cultural entre lo más alto de la elite intelectual, pero también describe la propaganda artística financiada abiertamente por los departamentos de relaciones exteriores de los gobiernos, que tratan de cultivar una imagen favorable en el extranjero en determinados sectores de la intelectualidad de capas medias. Tal es el caso de las giras de orquestas sinfónicas, de exposiciones de arte, de divulgación de documentales, grupos de teatro y ballet, de conocidos intérpretes de jazz o de ópera. Pero lo que más interesa del libro de Saunders es la agenda oculta para influir en la formación ideológica de las elites intelectuales.

Saunders exagera la responsabilidad moral de los intelectuales aupados a la campaña cultural. Sin embargo, el lector deduce de la misma investigación que no hubo coacción ni condicionamientos a su libertad individual, y que se respetaba la independencia creativa de éstos. Si acaso, existió el condicionamiento pasivo de recibir oportunidades de promoción (como becas, congresos, ediciones) que a otros podían ser negadas. La mayoría de los intelectuales de la “izquierda no comunista” en la Guerra Fría no tuvieron conciencia de participar en un frente ideológico orquestado; menos aún, si los mismos canales de propaganda cultural que los promocionaban permitían cierto margen de crítica a las potencias occidentales. Y fueron una minoría los intelectuales que formaban parte de la dirección del aparato de propaganda ideológica, los que tuvieron un papel de intermediarios y gestores de liderazgos de los grupos de intelectuales independientes; eran los diseñadores de contenidos y de tendencias, quienes marcarían las prioridades de la lucha política y la distracción ideológica. Por otra parte, no seamos ingenuos, esto debió de suceder en ambos bandos de la Guerra Fría.

Entre los que participaron abiertamente en este proyecto se encuentran intelectuales que representaron su causa de una manera partidaria, como Isaiah Berlin, Daniel Bell, Hannah Arendt y Raymond Aron. Pero la mayoría, incluidos algunos ex militantes de la izquierda comunista, no creyeron participar de una estrategia de enfrentamiento de los intelectuales de “espíritu libre” contra los “comprometidos”. Estos intelectuales no actuaron como marionetas o un ejército de propagandistas serviles obedeciendo instrucciones; sólo percibieron que la financiación de las grandes fundaciones privadas favorecía la expresión de sus iniciativas.

Durante la Guerra Fría había una conciencia general de partición política del mundo que, a comienzos de los años sesenta, se reflejaba tecnológicamente en las portadas de los periódicos bajo los titulares de la “carrera espacial”, casi a golpe de efecto y respuesta por mes. La crisis de los misiles en Cuba (1962) devolvió a la actualidad la amenaza nuclear (en países como Suecia había manifestaciones de un estado de angustia). En este contexto, la adhesión al “Mundo Libre” casi no tuvo fisuras críticas como propuesta ideológica; y yo diría que hasta los clarividentes discursos de Robert F. Kennedy. Pero el movimiento de juventudes de los años sesenta (por su música, tanto como su activismo) y, en particular, por el posicionamiento obligado respecto de la Guerra de Vietnam después de la “escalada” de 1965, dividió generaciones y rompió el velo de la parcialidad de las actividades de propaganda cultural.

Saunders cita al periodista Tom Braden como el que destapó una de las redes de financiación en la faceta más extrema de este proyecto de propaganda ideológica, de y para intelectuales de la llamada “izquierda democrática” y sus publicaciones Encounter, New Leader, Partisan Review. Pero en un contexto más amplio, los artistas del espectáculo de entretenimiento y los comunicadores (escritores y periodistas) actuaban, simplemente, movidos por su afinidad a los partidos políticos y su identificación con una tendencia presente en las capas medias de la sociedad. La mayoría de estos intelectuales y artistas no tuvieron consciencia de pertenecer a un aparato político internacional de propaganda ideológica, sino de tener posturas políticas normales entre la ciudadanía. Aunque sí se dieron campañas de desprestigio, como en el caso de Pablo Neruda, para evitar que recibiera el Premio Nobel, que ponían en evidencia el proyecto anticomunista entre la intelectualidad.

Lo que más llama la atención de la investigación de Saunders son los datos concretos de cómo la financiación de la divulgación preferente del arte Abstracto sirvió para contrarrestar el arte de contenido social como el Constructivismo. Y en particular, explica la política de prioridades del Museo de Arte Moderno (MOMA) en la promoción del “expresionismo abstracto” contra otras expresiones de las llamadas “Vanguardias artísticas”. Se financiaron exposiciones de “expresionismo abstracto” en Europa con campaña de críticos de arte y revistas de arte, que influyeron en la visión estética de los intelectuales europeos. Irónicamente, el “arte por el arte” y la separación del artista “apolítico” respecto de los objetos sociales se consideró una demostración de libertad e independencia.

Pero el frente de actividades intelectuales y artísticas de Guerra Fría no fue más que una parte de la importante economía de la industria del entretenimiento (discográficas, productoras de cine, editoriales, etc.), por un lado; que por otra parte, completaba el frente de intervención de los gobiernos en los medios de comunicación de masas y las actividades sindicales y religiosas. Lo mismo sucedía en ambos bandos de la Guerra Fría, lo que rompe la conciencia ingenua del intelectual y lo obliga a elegir.