Jorge Eduardo Arellano
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Si bien la paz entraña también disposición de lucha contra enemigos amenazantes y nos consta que el presidente Ortega anhela como bendición la paz en la vida nacional, en el trabajo fecundo de la actividad productiva, que hace los cambios cualitativos y la vida más plena para nuestro pueblo, sin embargo, a todos nos han sorprendido las declaraciones conjuntas de los Presidentes Chávez y Ortega, apelando a la creación de un eje de defensa militar latinoamericana que dé respuesta a una eventual agresión militar de los Estados Unidos.

A nuestro juicio no estamos ante una eventual agresión norteamericana a país alguno en América Latina, lo cual no la hace imposible teniendo en cuenta el pasado y el pasado reciente de la relación de este país con América Latina. Pero no se ve hoy por hoy una situación en la cual estén en juego intereses vitales de los Estados Unidos, aún con los cambios políticos que se dan en la región. No ha llegado precisamente “la hora de los hornos” y por ello las consignas de “crear dos, tres Vietnam”, no pasan de ser consignas y no lemas que concretizan una determinada situación real.

No pretendemos socavar con comentarios, menos con actitudes, el entusiasmo de los presidentes de construir un pueblo nuevo, una América Latina digna, dispuesta al cambio y la justicia social, con más equidad y calidad de vida de los vastos sectores excluidos. Reconocemos esos legítimos objetivos, pero el camino ahora pasa por la reconciliación y la paz que son valores potenciales de creatividad revolucionaria antes inexplorada. La experiencia de 42 millones de negros que autogestionaron su liberación a través de la No Violencia activa encabezados por Luther King, confirman que la resistencia liberadora en sus formas de poder es una fuerza extraordinaria de movilización y construcción de consensos para la transformación social.

Cuando Noam Chomsky respondía la afirmación del poeta Lovo hace 20 años en la Cancillería, de que Estados Unidos había perdido la guerra en Vietnam, le dijo que no la había perdido, ni Vietnam había ganado, pues el Vietnam heroico había sido retrotraído a la edad de las cavernas, con millones de hectáreas de tierras arrasadas por los millones de bombas de Napalm que las inutilizaron para siempre como tierra cultivable, ya no digamos los 3 millones de muertos vietnamitas y los 50 mil norteamericanos. Conste qué en buena medida un Vietnam tuvo como retaguardia estratégica a la superpotencias China y de la Unión Soviética. Cuba sobrevivió y se desarrolló, aunque de manera limitada, por la existencia de la Unión Soviética.

No existe posibilidad alguna de enfrentar una guerra con Estados Unidos, más aún cuando estamos hablando de cuatro países pequeños y débiles que conformarían el eje militar de ALBA.

Nicaragua sabe lo que es la guerra impuesta por el imperio, aún cuando en los 80 no fue directamente contra Estados Unidos sino un proceso de apoyo progresivo de las primeras fuerzas de la Contra hasta la conformación de una fuerza de 30 mil hombres que conformaron la Resistencia y que se transformó en una guerra civil al ocupar parte del territorio y al incorporar a parte del campesinado en contra del gobierno revolucionario.

Nicaragua demostró que ganaría en el terreno jurídico en La Haya, y en el terreno político con la solidaridad de gobiernos y la opinión pública mundial y lo hizo, pero en el terreno militar nunca se rompió el empate estratégico, y esta guerra no fue directa entre los Estados Unidos y Nicaragua desde el punto de vista militar.


Nicaragua en reconciliación debe ubicarse a favor de la paz
La última aspiración en el pensamiento y sentimiento de nuestro pueblo y de nuestra fuerza armada es la guerra, hemos ido aprendiendo, aunque con defectos a valorizar nuestros esfuerzos para la convivencia democrática y a construir poco a poco una paz con justicia, también limitada, una embrionaria institucionalidad y una construcción lenta de consensos para enfrentar la miseria y pobreza extrema.

El gobierno sandinista llegó al poder con el lema de la paz y la reconciliación, y un gobierno que se respete a sí mismo debe ser coherente, primero, entre su prédica y su práctica interna y luego entre su política interna y su política exterior e internacional que se concibe como la continuación de aquella. Es decir, un gobierno no puede enarbolar el lema de la paz, la unidad y la reconciliación internamente y a nivel externo olvidarse de la importancia de expandir este nuevo paradigma de la reconciliación y la unidad.

Decir también que una confrontación de los Estados Unidos con Venezuela incendiaría a América Latina no es acertado, porque es reproducir el discurso del imperio acerca de que con la revolución bolivariana en Venezuela está amenazada la Seguridad Nacional Continental, pues aunque el mapa latinoamericano halla cambiado hay diferencias que deben ser trabajadas con visión de futuro recordando la fragilidad de los años 70. No vemos pues a la mayoría de estos países sumarse a una guerra en contra de los Estados Unidos existen muchos intereses en juego que no se pondrían en riesgo.


El papel del Presidente Ortega
Nuestro Presidente, precisamente por la novedad de su propuesta de reconciliación y paz está llamado en este período histórico a jugar un papel que promueva, el entendimiento y la reconciliación entre las naciones, afirmando el valor del derecho internacional de las instituciones creadas por la comunidad internacional para dirimir pacíficamente los conflictos entre los Estados, además debe promover el diálogo y la negociación en Colombia y entre Colombia y Venezuela para contribuir a desmontar en ambas partes la exacerbación de pasiones que sólo culpabilizan al contrario. Ese rol reconciliador debe irradiarse también en los conflictos internos con Colombia, nos da más credibilidad continental y mundial, y nos habilitará para lograr una América Latina que superando desacuerdo de énfasis, que caracterizan lo radical democrático, social –demócrata y populista, nos permitan contribuir a restaurar las diferencias de enfoques para solucionar las relaciones quebrantadas y resolver juntos los problemas como fuerzas formidables de los procesos de cambios
Como Estado, Nicaragua logró la resolución de la Asamblea General que declara al año 2009 como “Año Internacional de la Reconciliación”, a instancias de nuestro Instituto y el respaldo de muchas organizaciones mundiales un factor más para que el Presidente Ortega retome el lema nacional e internacional con el cual no solo llegó al poder, sino le da una autoridad mundial frente al vacío de propuestas trascendentes, crisis de valores, inseguridad y pesimismo en el mundo.

Rescatar el sentido profundo cómo encarnación de la solidaridad con la ayuda venezolana, hay que agradecerla, plantearla también en una relación de intercambio fraternal, pero sin enajenar la paz que tanto nos ha costado en Nicaragua y que Venezuela debe salvaguardar.

La tarea de construir relaciones de paz en y entre las naciones es ardua, compleja, requiere valentía y creatividad, requiere cambiar radicalmente la filosofía sobre la cual se han desarrollado las relaciones internacionales en nuestra civilización.


“Si quieres la paz, prepárate para la guerra”, aquella famosa máxima romana, debe dar lugar al lema de la cultura de paz: “si quieres la paz, constrúyela”.


*Instituto “Martin Luther King”

Upoli