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Hacer ético el desarrollo implica trabajar en la reducción de las brechas existentes entre los más ricos y los más pobres, permitiendo expandir los beneficios del progreso a todos los hombres en todos los países.

El pasado siglo XX fue prototipo de todas las luces y todas las sombras. No hay balanza que equilibre el peso de lo ocurrido en ese extinto milenio. Así, pues, uno de los platillos de la balanza ha merecido la admiración por el descubrimiento de los antibióticos, el desenmascaramiento de las partes íntimas de la célula, la energía nuclear, la computadora personal, el brillo de la literatura latinoamericana, la conquista del espacio y otros tantos logros de los cuales estamos orgullosos.

Paralelamente, su contrapeso abriga el otro rostro de nuestra especie: sólo para enumerar: desde el genocidio de los Armenios y los Kurdos, hasta la desintegración de Yugoslavia, sin olvidar los horrores del nazismo y el stalinismo, las masacres en distintos puntos de África, las intervenciones norteamericanas en Latinoamérica, el ascenso del neonazismo en Europa, la pena de muerte en los Estados Unidos, el Apartheid en África del Sur y la lista continúa...

El fenecido siglo XX podemos describirlo como la espantosa era de las dos grandes guerras mundiales, los dos totalitarismos destructores, del colonialismo explotador brutal y racista, del imperi alismo interventor, de Auschwitz e Hiroshima. Pero en el siglo XX, también hubo un acontecimiento sin precedentes en la historia anterior: el nacimiento del Tercer Mundo. Continentes enteros, docenas de países, miles de millones de personas alcanzaron su independencia y construyeron sus propios Estados. Jamás antes había tenido lugar un evento de tal magnitud, difícilmente volverá a haberlo.

Aquel movimiento de independencia y libertad de los pueblos colonizados fue acompañado de otro: la gigantesca migración de la población rural a las ciudades. A inicios del siglo XX, la Tierra estaba habitada mayormente por campesinos, que representaban alrededor del 95% de la población mundial; sin embargo, al final del mismo, más de la mitad de la humanidad vivía en ciudades. En América Latina y el Caribe el porcentaje es aún mayor, más de 3 de cada 4 personas viven en zonas urbanas, lo que la torna la región más urbanizada del orbe.

Este hecho ha cambiado no sólo la forma de vida de cientos de millones de personas, sino también su cultura y mentalidad. La gran mayoría de las personas se trasladan a la ciudad buscando mejorar su nivel de vida; sin embargo, la urbanización, especialmente cuando es precipitada y sin planificación, puede tener efectos negativos sobre la salud y el bienestar humano.

Un rápido vistazo a lo que sucede en las sociedades tercermundistas y en los países ricos, demuestra que paralelo a la generación de bienes materiales, el número de desempleados se incrementa. Sea por la alta eficiencia de las nuevas técnicas o por los errados modelos económicos prevalecientes: la tecnología origina beneficios y en contrapartida, la desocupación laboral.

Ética y tecnología siguen distanciándose. La tecnología ha desviado sus metas cuando beneficia a las elites en detrimento de las grandes mayorías. Es por eso justo afirmar que la amnesia que padece nuestra especie ha contaminado a la ciencia. Amnesia, que dicho sea de paso, opaca el brillo de las ideas creadoras y que cotidianamente se lee en las avenidas de nuestra existencia.

El humanismo deja de serlo cuando se aparta de la ética. Humanismo y ética conforman una unión indisoluble. En tal sentido, ha de considerarse que la ética debe ser una fuerza más poderosa que la ciencia o la política. Sólo a través de ella, la brecha entre tecnología y necesidades humanas podrá reducirse, posibilitando con ello hacer ético el desarrollo, en pro de los intereses supremos de las futuras generaciones.


*Diplomático, jurista y politólogo.