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La contaminación del agua causa al año más muertes que cualquier otra forma de violencia, incluida la guerra.

Más de 1.000 millones de seres humanos carecen de acceso al agua potable, y otros 2.600 millones de personas no tienen los servicios de saneamiento adecuados. Cada 15 segundos muere un niño por una enfermedad derivada de la falta de acceso al agua potable o por un saneamiento inadecuado de este recurso. Al año mueren más de seis millones de personas por esta causa. De ellos, 1,5 millones son niños.

El agua contaminada es la causa del 88% de las enfermedades en los países empobrecidos, según el Banco Mundial. Puede aumentar el riesgo de padecer enfermedades diarreicas como el cólera, la fiebre tifoidea y la disentería; además de otras infecciones trasmitidas por el agua, como la malaria. La ONU señala que el agua en mal estado da lugar a la hepatitis A y a la cría de gusanos intestinales. La escasez de los recursos hídricos produce el tracoma (infección ocular que puede generar ceguera), la peste y el tifus.

El agua ocupa más del 70 % de la superficie total del planeta, sólo un 2% es potable. Hoy tenemos la misma cantidad de este recurso hídrico que hace miles de millones de años. El problema es cómo lo utilizamos. La contaminación de este recurso provoca daños irreversibles en los ecosistemas, y disminuye la cantidad de agua disponible para el consumo humano. Se produce una pérdida de la diversidad biológica. La contaminación de los recursos provoca aún más pobreza. África subsahariana es la región que sufre las peores consecuencias.

En España por ejemplo se consume una media de 250 litros de agua por persona y día, mientras que en algunas zonas de África no llegan a los 2,5 litros. La OMS calcula que al día son necesarios unos 50 litros por persona. En la mayoría de las regiones el problema no es la falta de agua potable, sino la mala gestión y distribución de los recursos hídricos.

El crecimiento demográfico y los cambios en nuestro sistema de producción y consumo han dado lugar a un modelo de vida insostenible. Los procesos industriales, la minería, la agricultura y la urbanización han provocado el vertido de metales, productos radiactivos, toxinas. La escasez de agua ha llevado al uso de aguas residuales para la producción agrícola en zonas empobrecidas, cerca de 2 millones de toneladas de aguas residuales diarias. Estas aguas pueden contener sustancias químicas u organismos patológicos.

A todos estos factores se suma el cambio climático, el aumento de las temperaturas y los cambios hidrológicos (aumento de sequías e inundaciones) afectan a la calidad del agua y agravan su contaminación por sedimentos, nutrientes, carbono orgánico, agentes patógenos, pesticidas. El aumento del nivel del mar provoca la salinización de aguas subterráneas. Como consecuencia, el agua para el consumo humano disminuye.

Hoy las grandes multinacionales controlan algunas de las reservas de agua, se aprovechan de la situación y privatizan un recurso necesario para la supervivencia de los seres humanos. Estas empresas explotan los acuíferos para vender agua embotellada. En pocos años se calcula que el 80% del agua estará en manos de empresas privadas.

Los gobiernos deben comprometerse en la lucha contra la contaminación, el reciclaje de las aguas y la recuperación de los recursos hídricos. Por cada dólar invertido en la mejora del agua y su saneamiento, el beneficio obtenido es de 2,34 dólares. Los beneficios económicos alcanzarían los 84.000 millones de dólares al año, esto significaría una mejora en la salud del planeta y de sus habitantes. Lo que conllevaría a una mayor calidad de vida. La limpieza del agua y el control de su calidad son necesarios para mantener la salud y el medioambiente. La gestión adecuada de los recursos hídricos ayuda a promover el desarrollo y, sobre todo el bienestar humano.


*Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM).

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