Jorge Eduardo Arellano
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Según la Policía Nacional y otras instancias nacionales e internacionales, nuestro país es el más seguro de la región, esto desde la perspectiva de la seguridad ciudadana, aunque últimamente hemos visto cómo se ha incrementado el índice delictivo, destacándose los asesinatos sangrientos, violaciones, tiroteos, asaltos armados, amenazas de muerte, narcotráfico, etc., etc.

En países como El Salvador y Guatemala, estas actividades delictivas son realizadas a la vista, paciencia e impotencia de las autoridades, por los grupos denominados “Maras”, nombre que se deriva de la palabra “Marabunta”.

Estos grupos a pesar de lo nocivo de su objetivo, responden a una organización que respeta jerarquías y territorios; las posiciones de mando tienen un origen e historia de obediencia y las nuevas incursiones deben de ser antecedidas por ritos de iniciación que pueden incluir acciones tan atroces que no es saludable mencionar; las promociones jerárquicas, de igual forma son una recompensa por una “destacada” vida en la Mara.

Las características distintivas y físicas de los “mareros” van desde tatuajes en todo el cuerpo que le dan una apariencia diabólica, ropas estrafalarias y extra desahogadas, desnudez o cicatrices que indican su “historia” o “muertes” alcanzadas.

El origen de estas Maras en países como El Salvador son la gran cantidad de jóvenes deportados, los cuales junto a los huérfanos y herederos de la prolongada guerra armada, iniciaron a reproducir el trato y actitudes de las que fueron víctimas en los suburbios y zonas marginales de Los Ángeles (E. U.) y del abandono de los gobiernos postguerra.

Las maras no tienen ningún objetivo político, ni económico, pero sí social, pues su intención es mostrar la inconformidad y resentimiento por la exclusión a la que han sido sometidos, sin embargo, son un mal necesario, pues sirven de tema para ofertas electorales.

Integralmente las “maras” son un producto de la descomposición moral de la sociedad, la cual tiene diversa expresiones y orígenes.

En Nicaragua, aparentemente no existen maras, y la Policía Nacional ha manifestado poseer un plan y disposición para que éstas no nos invadan, ni se establezcan a partir de grupos nacionales.

Sin embargo, parece ser que ni la Policía ni la población en general nos hemos percatado de que las maras ya nos han invadido, es más, al igual que la M13 o M18 en El Salvador, ya dominan y ponen en vilo al país.

Pero no me refiero a esos grupos de pandilleros que “operan” en los alrededores o centros urbanos del país, esos que establecen guerras en las que utilizan principalmente piedras (no de crack, éstas las consumen), garrotes y machetes, y de vez en cuando armas ligeras originales y hechizas.

Esas “pandillas”, si bien es cierto son un mal social, no son a las cuales debemos temerles, las “Maras Nacionales” las que mantienen sometida y afligida a la población, tienen otra apariencia aunque similar comportamiento.

“Nuestras Maras” visten perfumada y elegantemente, se transportan en vehículos del año, viajan con frecuencia y aunque a algunos los han “desvisado” no los han deportado, no viven en suburbios sino en elegantes mansiones, sus actos aunque inmorales son legales, a veces refinados y delicados, pero igual de nocivos.

De igual forma se reparten territorios, aunque a veces se los disputan, el aspirante a nuevo ingreso debe obedecer a comportamientos retrógrados, inmorales y oportunistas; para poder escalar en jerarquía se vale “apuñalar” al primero en la fila o pasarle la cuenta a un miembro de la mara rival o bien a quien estorbe, todo que la acción sea del agrado del “Jefe”.

Nuestras “maras” también tienen nombre, las más conocidas son las “Maras Partidarias”, las “Maras Empresariales” y las “Maras Sociedad Civil”, las dos primeras tienen vínculos e intereses comunes y son las más peligrosas.

La “Mara partidaria” utiliza la política como su argumento, la distorsiona y destruye para que la población sienta asco, la rechace y no se involucre en esa infernal disputa territorial y de intereses. No usan piedras, palos, ni machetes, tampoco armas; usan los poderes e instituciones del estado, sus armas son las leyes, las cuales acomodan o interpretan a su conveniencia y cuando les puede afectar las ignoran, desconocen o reforman. No se hacen tatuajes en el cuerpo, pero sus marcas son de por vida.

Sus miembros, aunque muchos preparados, no tienen vergüenza, cometen tantos y cualquier cantidad de delitos que pareciera que compiten, y como es de esperar, al más inescrupuloso y peligroso el mejor de los premios.

Las “Maras Partidarias” también tienen apellido, unas son la “Izquierda” y la otra la “Derecha”, sin embargo son sólo títulos para diferenciarse oficialmente, pues sus intereses son los mismos y comparten sus principios, según sea la ocasión o necesidad. Son modernas y flexibles, pues se prestan, intercambian y a veces regalan a sus miembros.

La “Mara Empresarial” es igual de peligrosa, oportunista y vividora; como prostituta se acuesta con el que mejor le pague, promiscua y obscena; consigue favores a cambio de placeres, con aptitudes y hábitos parasitarios, convive con cualquiera de las maras políticas a cambio de que ésta le dé protección para abusar de la población. Traficante de necesidades y oferentes de deseos, como narcotraficante intoxican a la sociedad. Vanidosas y absolutas quieren ser el centro de atención, pues creen que solamente ellas brindan satisfacción.

Las “Maras Sociedad Civil” son las más débiles, aunque son las más sensatas son las más fragmentadas, viven de los errores y migajas de las otras y muchas tienen infiltrados u obedecen a las maras partidarias. Tienen poca aceptación pública, pues practican los vicios que critican.

Éstas son nuestras maras, posiblemente existan otras, ¿podemos acabarlas?. Creo que no, la solución tampoco es hacernos mareros y formar nuestras propias maras; pero una vez identificadas podemos contrarrestarlas con el propósito de transformarlas y reintegrarlas a la sociedad, por tal razón si están dispuestos a actuar ¡tengan mucho cuidado!, pues ya saben cómo funcionan.

gsalso@rndc.org.ni