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Justicia, igualdad y respeto, tres conceptos que tienen una conexión por naturaleza, y que dan como resultado una realidad que todos conocemos como libertad. No puede haber justicia si no es igualitaria y respetuosa de la dignidad humana. Así, esta unión de valores éticos, forman la base de los sistemas democráticos o de las democracias modernas; es por eso que los países con mayores índices de desarrollo son los que rescatan y respetan estos tres preceptos humanos.

Teniendo en cuenta lo que representan estos tres valores, pasaremos a analizar en qué se han convertido, dentro de un sistema político, ético y moral como el nicaragüense, sabiendo que el desarrollo de ellas se debe a la evolución del pensamiento de la misma sociedad.

Para la mayoría de los nicaragüenses, pensar en justicia es pensar en una utopía o por lo menos en un concepto abstracto, por el desconocimiento vivencial y teórico de lo que significa justicia. Sin embargo, no podemos negar que justicia no es más que la verdad, la ciencia y la sinceridad; y su confluencia es la paz, la tolerancia, la libertad y la democracia, algo que para los nicaragüenses no es un determinador común del desarrollo, sino una serie de conceptos muchas veces incomprensibles, irreales y para algunos de esperanza de alcanzar.

Posiblemente, la falta de justicia en la actualidad se deba a que no hemos cumplido con parte del análisis que hacia Platón en su libro la Republica, en el que propone que los gobernantes sean los individuos “más sabios y más justos” para el bien común de todos. Pero sería poco objetivo culpar a los mandatarios por su falta de sabiduría, cuando los encargados de elegirlos y dirigirlos somos nosotros mismos. Esto quiere decir que al final de cuentas no somos ni sabios, ni justos como nación y que nuestra sociedad es parte de una creación, en la que cada uno de nosotros somos actores y hemos contribuido callando por pensar que no nos afectan ciertas decisiones o avalando las injusticias del sistema.

Por lo tanto, hablar de justicia o de lo que es justo, no sería más que comprender la naturaleza moral y ética en que se desarrollan los pueblos, o de cómo se ha dado la evolución del razonamiento de ellos, teniendo en cuenta las particularidades que le podemos dar al término justicia. Particularidades que son marcadas por la religión, condición económica, desarrollo político, entre otras. Es por eso que la idea de la comprensión de la justicia, expuesta por el austriaco Franz Grillparzer, en la que decía que “De todas las virtudes, las más difícil y rara es la justicia”; es más que acertada.

Al hablar de justicia, no nos podemos olvidar de los componentes que hacen este concepto intangible práctico, como lo son: la ciudadanía, gobierno, iglesias, empresas, organizaciones de la sociedad civil entre otros. Logrando articular sistemas judiciales, cortes, leyes, reglamentos etcétera.

Pero, ¿qué pasa cuándo todos estos actores no cuentan con los suficientes méritos morales para lograr que la justicia sea equitativa y no buscan sanear la injusticia? Desgraciadamente, eso sólo suele suceder en sistemas de derecho frágiles y miopes ante las maniobras del poder.

Con el reconocimiento que hizo el Estado moderno de que tanto los hombres y la mujeres somos iguales ante la ley, aboliendo todo el beneficio que brindaban las monarquías a las castas locales, cambió significativamente la visión y la consolidación del Estado, haciendo sentirse a los ciudadanos parte de un sistema en el que por primera vez serian jurídicamente iguales, porque no hay que descartar que este concepto y su funcionabilidad tuvo que dar ciertas evoluciones durante la historia.

En Nicaragua no hay mejor garante de preservar esa igualdad que la misma Constitución en una serie de artículos, y cito el que para nosotros es el más importante, el artículo 27: “Todas las personas son iguales ante la ley y tienen derecho a igual protección”. Pero, a pesar de estar estipulado en una serie de leyes, artículos y otros reglamentos, ¿qué tan iguales somos ante la ley?
Para algunos, la respuesta a esta pregunta es la frase célebre del dramaturgo francés Honoré de Balzac, en la que se plantea la igualdad como un derecho de los seres humanos, pero que jamás podrá ser convertida en un hecho. Quizás tenga razón Balzac por el sentido del individualismo natural planteado por algunos filósofos de la era de la ilustración, en el que veían al individuo como persona única por encima de todo aspecto colectivo.

Otro de los aspectos importantes del concepto de igualdad, y que creemos prudente mencionar, es el reconocimiento de la dignidad que todo ser humano posee. Dignidad con la que nacemos, crecemos y morimos casi como un proceso biológico, pero que en la naciones en donde la razón no reina se ve atacada por el fanatismo, y es por eso que quizás Abraham Lincoln, en los momentos en que los dogmas raciales reinaban en los Estados Unidos, expuso: los dogmas del tumultuoso pasado no concuerdan con el tumultuoso presente.

El ejemplo de Estados Unidos, es uno de los más claros de la lucha por la igualdad mínima. Ya que el respeto a la dignidad humana es parte de una evolución forzosa que experimentan los pueblos en pro de los más desfavorecidos por la desigualdad. Tanto así, que 1861 se dio la guerra civil con miles de muertos, dando como resultado la proclama por la emancipación en 1863.

Ejemplos como éstos se vienen dando desde la conquista española; en su momento, los indígenas y los mestizos que dieron la lucha heroica por la igualdad e independencia, pasando hasta las mujeres en su batalla por el derecho al voto durante la época de Somoza, hasta llegar a una revolución que soñaba con un país igualitario; pero al final todos estos procesos de lucha terminaron en la crisis política y social en la que hoy estamos.

De todo esto, podemos decir que al final de cuentas nuestra condición cívica desemboca en una crisis de respeto, sabiendo que el respeto es la manera de entendimiento de los seres humanos, o como decía Henry Amiel, “el respeto por otros, es la primera condición para saber vivir”. Ya que la misma colectividad en la que vivimos nos saca del mundo individual, planteado al inicio de este ensayo.