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Mi tío era un fabuloso contador de historias a las que había que dedicar su tiempo porque no tenía el don de la brevedad. Solía referirme esa anécdota de cuando él era abogado en la alcaldía de la pequeña ciudad en la que yo nací. Por eso, nunca llegué a comprender cómo pasaba tantos apuros y no vivía más desahogado, pero nadie de la familia parecía haber nacido para los negocios. Mi tío sacaba a relucir la anécdota cuando sus hijos o yo nos indignábamos ante la noticia de algún caso de corrupción en el gobierno. Entonces, él comenzaba con una frase ante la que nos quedábamos en silencio a la espera de la historia: “¿Ya conté aquella vez en que trataron de comprarme?”

Un buen día, un constructor de la ciudad necesitaba que unos terrenos quedaran disponibles para uno de sus proyectos, lo que antes se denominaba una “recalificación de terrenos urbanizables”. Se lo impedía un pleito por esos terrenos, y entonces el tipo, que debía estar acostumbrado a hacer sobornos, se presentó en la oficina de mi tío recordando una vieja amistad que nunca tuvieron. Le puso un cheque por delante y le dijo que iba a escribir una cifra incompleta, y puso: 000, 000, 000. Luego miró a mi tío y le preguntó: ‘¿Te parece poco? Pues ahora te dejo que pongas el número que quieras a la izquierda de esos ceros.’
Pero mi tío interrumpía su narración cuando estábamos más ansiosos por saber el desenlace, y nos contaba otra cosa que, según él, se parecía a su caso. “Se dice del cómico Groucho Marx que una noche se encontraba bebiendo en la barra de un bar junto a una mujer muy hermosa y como no podía evitar su instinto de provocador, esperó a intimar los suficiente para sorprenderla con una pregunta: ‘¿usted se acostaría conmigo por, digamos, un millón de dólares?’ Sabiendo cómo se las gastaba el cómico y su peculiar humor ácido, la mujer no se escandalizó. Estaba preparada para ese tipo de preguntas, así que lo manejó con una sonrisa y siguiéndole la broma, le dijo que por un millón se lo pensaría y después, por qué no. Y siguieron coqueteando.

Al cabo de un rato, Groucho volvió a la carga, y cuando creía que la mujer estaba más descuidada, le soltó otra vez la misma pregunta, pero variándole el precio: ‘¿Y por cien mil dólares, se acostaría conmigo?’
Esta vez, a la mujer no le hizo tanta gracia, pero no quería parecer inconsecuente con su respuesta anterior, así que se limitó a decir con una sonrisa menos amigable que aunque le hubiese cambiado el precio, ya le había dicho que sí. Y siguieron conversando. Pero más tarde, quizá más tomados, y cuando la conversación llegaba a su fin, Groucho Marx le preguntó a la mujer: ‘Oiga, ¿y por un dólar, usted se acostaría conmigo?’ A ella se le mudó la expresión y adoptó un tono severo para llamarle la atención. ‘¿Pero por quién me toma usted?’ Y él le contestó como sacado de un guión: ‘Eso ya quedó claro desde el principio; ahora sólo discutimos el precio’.

Nunca comprobé si esa anécdota era cierta, porque estaba seguro de que al menos la mitad de las que se contaban sobre Groucho Marx, incluyendo las que contaba de sí mismo, estaban sacadas de guiones de películas. Pero lo que a mí me interesaba era que mi tío continuara con lo que a él le ocurrió. Nos había dejado con un cheque de seis ceros sobre la mesa, a la espera de que él escribiese el número que deseara a la izquierda a cambio de un favorcito. A él le encantaba contar esta parte, y lo hacía con mucha teatralidad. Decía:
“Entonces tomé la pluma, me quedé pensativo y la fui a poner sobre el cheque donde dibujé otro cero, bien redondito, en el lugar que me había indicado. Luego miré al constructor y le pregunté: ¿te parece mucho? Doblé el cheque por la mitad ayudándome con el filo de la mesa y se lo corté en dos mitades. El tipo se despidió indignado diciéndome que me lo pensara, que él sólo trataba de devolver un favor”.

Le pregunté a mi tío si aún conservaba la mitad de aquel cheque, pero él solía usar una frase que me dejaba confuso: “Eso es lo malo de las buenas historias. Que no quedan pruebas con qué demostrarlas”.

Compras y ventas de voluntades se denuncian, se rumorean, se sospechan. Pero necesitamos la demostración, “la antigua pista del dinero” como nos enseñaron los periodistas del caso Watergate que hizo caer al presidente Nixon. A muy pocos periodistas se les deja tomarse el tiempo para investigar, por eso en las páginas de los periódicos hay declaraciones de lo más graves que nunca nadie se toma la molestia de constatar. Pero los hechos muchas veces hablan por sí solos.

Mi tío aseguraba no haber tenido dudas de rechazar la oferta del constructor que le vino a sobornar. Las dudas vinieron después, cuando hizo sumas y restas de las deudas que podría haber solucionado de haber aceptado aquel cheque. Además era improbable que alguien se diese cuenta. Pero por alguna obra de arte de la naturaleza en un momento como aquél, según decía, lo primero que a uno le salía era el instinto de la dignidad. Su precio eran siete ceros. Una suma muy alta, según se mire. Lo recuerdo con esa misma dignidad paseando junto a su mujer, burlando la fecha que los médicos que le trataban el cáncer le habían dado. La mayoría de la gente sabía de su dolencia y tenía la delicadeza de no preguntar por su salud. Pero él ya sólo esperaba su final dando largos paseos y acariciando la mano de su compañera. Aún lo podría ver en la calle, si cerrase los ojos, caminando. No conservaba pruebas materiales de sus historias. Pero su vida era la mejor prueba.


franciscosancho@hotmail.com