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A raíz de los cuatro goles marcados por el argentino Lionel Messi (“La Pulga”) en el juego del Barsa con el Real Madrid el sábado 10 de abril, hice esta pregunta: ¿quiénes han acometido igual hazaña en la corta historia del fútbol en Nicaragua? Y ningún cronista deportivo pudo responderme. Sólo Juan B. Arríen, se acordaba de un partido entre la UCA y El Independiente, donde mi hermano Roberto Arellano Sandino, fue autor de cuatro goles. La proeza aconteció el 6 de noviembre de 1965 –hace 45 años- en Managua
En La Prensa del martes 9 de noviembre, del citado año de 1965, quedó registrado: “Jugando en el estado Cranshaw, la tarde del sábado, la Universidad Centroamericana logró una victoria de 7 goles por 2 sobre El Independiente, que continúa sin lograr un triunfo. El primer tiempo quedó 3 a 1, anotando los tres goles Roberto Arellano; y por el Independiente, Gersain Guerrero. En el segundo los universitarios hicieron cuatro más: uno de Oscar Guerra, otro de Miguel Elizondo, otro del Padre Arríen y uno más de Arellano”.

Aunque Martín Ruíz Borge sabe exactamente quiénes de nuestros futbolistas han ejecutado más goles que mi hermano en un juego, el dato no debe descartarse, ya que revela la destacada participación de Arellano Sandino en la liga local de primera división. Tenía entonces mi hermano mayor 27 años y numerosas, como la anterior, habían sido las noticias que confirmaban su trayectoria notable en dicha liga. Basta rastrearlas en las hemerotecas.

Esa trayectoria la conoce Edgar Tijerino, quien puede escribir mejor –con su inconfundible estilo- sobre ella. También Arríen –figura prominente del fútbol nica- la conoce a fondo; de hecho, ya la ha reconocido y valorado en su libro autobiográfico La vida más allá de uno (2009). Como capitalizador del conjunto de la UCA fundado por el padre Manuel Otaño, Arríen retomó a principios de 1965 a mi hermano; cuatro décadas y media después lo calificaba en su libro como “extraordinario jugador, flexible, inteligente, de un gran shut, con una visión de gol y una finura y un señorío extraordinario en la cancha” (p.55).

Y es que ambos eran amigos desde 1956, cuando mi hermano cursaba el cuarto año de Secundaria en el Colegio Centroamérica de Granada y brillaba como deportista. Más aún: como el máximo jugador de fútbol surgido hasta entonces en ese centro de estudios. Yo, entre mis diez y doce años, fui testigo –como muchos- de ello. Así lo fijé en el siguiente prosema.

“No todos los días se es una estrella del fútbol como él. Dieciochoañero, era el más ágil y veloz, el más diestro manejando piernas y pies, el más fuerte y certero con el balón. Todos le admiraban: los mayores con orgullo, los medianos con pasión y los pequeños como el mejor de los mejores de todos los tiempos del Colegio. Por algo los curas, más que inteligentes, le becaron para que terminase el bachillerato y vistiese la franela de la Mayor y resultara, como lo fue, el mayor goleador de los dos campeonatos que le tocó jugar. Al final de cada partido, que convertía en derroche de emociones, muchos se lanzaban a la cancha para cargarlo y vivirlo, mientras el resto, en las gradas, llorábamos de alegría.

Y él, de alguna manera, era yo, porque las maestras y los compañeros, los Vigilantes Aspe y Parrado, Guardia y Esteban y el Prefecto me felicitaban; y los hermanos Montuenga y Belamendía, Meabe y Beriquistain lo elogiaban y exaltaban, reconociendo las hazañas de sus goles, como el pateado desde un corner que entró en el más extremo ángulo superior de la portería o el introducido desde fuera del área con una tijereta o chilena. Luego, recomendado por los padres Otaño e Iriarte, cruzó el Atlántico para jugar con el Real Zaragoza y recorrer ciudades del norte y sur de España, y lucir, unos meses, el uniforme del Real Zaragoza; pero no pudo abrirse camino, porque su país carecía de gran tradición futbolística y los entrenadores se inclinaban por brasileños, uruguayos y argentinos. Marchó, entonces a París, donde fue absorbido por el saboir vivre, aunque después –ya de regreso de Europa- jugaría algunos partidos con El Triunfo, de don Chale Hinckel, y con la UCA, anotando oportunos goles memorables, como aquel victorioso que estremeció el Estadio Cranshaw, contra el Diriangén, faltando sólo diez segundos para concluir el partido. Pero su época de oro fue la de Centroamérica, cuando yo estaba en cuarto y quinto grado de Primaria y tenía un hermano que era el mejor de los mejores futbolistas de todos los tiempos”.

Sin embargo, la verdad de su intento de ingresar al fútbol profesional de España la expresó en una autosemblanza, concebida para un álbum también: “En julio de 1958 llegué a la ciudad de Zaragoza, en donde otro padre jesuita me conectó con uno de los dueños del equipo de Primera División: el Real Zaragoza. Algunas semanas, y en varias ciudades españolas, traté de pasar la prueba rigurosa; pero los directivos no me permitieron, a la vez que practicar y jugar, estudiar la carrera de Derecho. De manera que abandoné el fútbol y viajé a Madrid, donde me inscribí en la facultad de Derecho de la Universidad Complutense”.

He aquí otro dato interesante, consignado en el marco de la celebración en Sudáfrica de la cuasi omnipresencia mediática de la Copa Mundial de Fútbol: que Roberto Arellano Sandino fue el primer nicaragüense, y acaso centroamericano, que intentara ingresar al fútbol español. Tenía, a sus veinte años, todas las cualidades para lograrlo. Pero pudo más en él su atracción por el recuerdo de la gran Lutecia; así decidió partir a Paris para matricularse, en el curso de 1959-60, de la Faculté de Droit et Scencies Economiques.

En Paris recibió al jesuita Arríen, de 26 años. Varias fotografías de ellos juntos dan testimonio de ese reencuentro que se reeditaría en 1965. Entonces mi hermano, recién casado y próximo a graduarse de abogado en la UCA, dejó de vestir el uniforme del equipo universitario y ya no pudo integrar la selección nacional que se enfrentaría en el Estadio Nacional a Los Estudiantes de La Plata el 9 de enero de 1966, derrotándolos 2 a 1. ¡El más alto logro internacional del fútbol nicaragüense! No se olvide que Estudiantes de La Plata había ganado la Copa Libertadores en Sudamérica y se impondría de inmediato sobre el Manchester United, campeón de Europa.

Muchos admiradores de mi hermano Roberto todavía recuerdan su trayectoria feliz, aunque efímera, por nuestra liga de primera división. Y yo he querido evocarlo como futbolista colegial. Por algo en los Recuerdos del Colegio Centroamérica de 1957-58 se informa que el equipo de casa logró anotar 33 goles en la categoría mayor de la liga intercolegial, dejándose meter 29; pues bien, 14 de los primeros -se lee- “los consiguió el excelente jugador y abnegado capitán Roberto Arellano“. De ahí que fuese distinguido como el mejor deportista del colegio y premiado con la medalla de oro. ¡Un gran ejemplo y no menor orgullo para mí!.