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Para mi generación el cine ha sido fuente de entretenimiento, éramos capaces de captar todo el entorno embriagante que generaba, sin incurrir en la enajenación. La misma cinematografía se encargó de poner en pantalla la discriminación racial. La glorificación de la conquista del oeste emprendida por los fundadores de Nueva Inglaterra, se leyó también en claves diferentes. Evidenció la codicia del oro, un proceso de conquista y colonización brutal, similar al promovido por los españoles en el resto del continente americano. Las primeras películas que vi de niño encajado en las butacas del Cine Juigalpa, exaltaban la figura de Tarzán, una variante de Robinson Crusoe. En todas las películas del astro norteamericano John Wayne, los malos eran los indios porque defendían sus tierras de la avaricia blanca.

A través de mis primeras lecturas descubrí un mundo diferente. La vorágine de José Eustaquio Rivera y Huasipungo de Jorge Isaac, despertaron mi interés por asomarme a un mundo nuevo. El mundo es ancho y ajeno de Ciro Alegría, Los de abajo de Mariano Azuela y La muerte de Artemio Cruz del chingado Fuentes, estremecieron mi espíritu. Me asomé a El diario del Che en Bolivia siendo estudiante de cuarto de secundaria. Una nueva visión se abría en mi mente. La primera narrativa latinoamericana fue una literatura de denuncia. Las obras de Miguel Ángel Asturias en Guatemala hasta las de Carlos Luis Fallas en Costa Rica, condenaban la voracidad de la United Fruit Company, la Mamita Yunai. Igual hizo Emilio Quintana en Bananos. El tema lo retoma Gabriel García Márquez en Cien años de soledad. ¿Algún nicaragüense escribirá una novela sobre el calvario de los bananeros del Nemagón? La película de Lando Buzanca sirvió para que tomara conciencia sobre algunos temas que debía abordar en las aulas con mis alumnos de la UCA.

La discusión más importante durante 1973 estuvo referida a la discriminación racial. Sergio Ramírez, rindió hace algunos meses homenaje al Centenario de Nacimiento de Juan Bosch. Un año antes de dictar mí primera clase en la UCA, había leído uno de sus mejores libros: De Cristóbal Colón a Fidel Castro. Edgard Tijerino me lo trajo de República Dominicana. Su tesis de que el Caribe es la frontera imperial resulta irrebatible. Las grandes potencias libraban sus guerras en esta porción del universo, zona de tránsito de los esclavos negros hacia tierra americana. Eso explica que en ellas se hable inglés, portugués, francés, español. En primero de Derecho mi viejo me regaló La historia de la trata de negros en Estados Unidos. Un libro alucinante escrito a cuatro manos por un historiador y un antropólogo norteamericano. Antes que los Beatles hicieran que el mundo fijase la mirada sobre Liverpool, esta ciudad había sido un famoso puerto negrero. En sus boutiques vendían látigos de diversos tamaños, cadenas de distinto largo, fustes de diferente grosor, grilletes de variados diseños... ¡Horror de horrores!

Las demandas de los estudiantes italianos a Buzanca confirmaron la certeza de mis primeras lecturas. Los negros seguían siendo discriminados y asesinados. La biografía de Ángela Davis, fue un estímulo para comprender sus luchas. Hablé largamente de ella a mis alumnos, diciéndoles que se ganó una beca de los cuáqueros del sur de Estados Unidos. Esto permite constatar, pese a ser mujer, negra y sureña, que los blancos no eran mejores estudiantes, sólo habían tenido mayores oportunidades. Al final de curso resultó la mejor graduada. Tuvo la dicha de ser discípula de Marcuse, a su regreso de Alemania, donde asistió a la Universidad de Goethe, en Frankfurt. Negra y filósofa, una anomalía para las almas piadosas. Algunos estudiantes me quedaron viendo de reojo.

Con una cosmovisión amplia, Ángela Davis, teje los entrecruces entre mujeres, raza y clase. Su activismo político sirvió para que el Gobernador de California, Ronald Reagan- ¿quién podrá olvidarlo? - peticionara su expulsión como docente de la Universidad de California. El análisis que hace su amigo George Jackson, en Soledad Brothers, sobre el sistema carcelario en los Estados Unidos resulta subyugante, fotocopié estas páginas y se las entregué a Edgar Sotomayor Valdivia, uno de mis profesores de Derecho Penal, junto a Guillermo Vargas Sandino. Jackson exalta el color de su piel. En una carta a su hermano, Jonathan, exclama orgulloso: “Cada día más negro y más fuerte”. Black is beautiful. En uno de sus show, Julio Sabala se burló de Michael Jackson, el recién fallecido rey de la música pop. Cuando quisieron compararlo con Jackson rectificó a su fans. Yo soy negro, Jackson es beige. Soledad Brothers le quedó a Tijerino, quien ahora se encarga de nutrir mi biblioteca.

Insistí que sin la oposición de los negros su situación hubiera tardado en cambiar. No sabríamos cuánto tiempo hubiesen tenido que esperar Colin Powell y Condoleezza Rice, para ocupar la jefatura de la diplomacia norteamericana, ni Barack Obama para llegar a la presidencia de Estados Unidos. Indiqué leer a todos Los condenados de la tierra, el libro que tal vez más regalé durante los setenta a mis alumnos. Franz Fanon, mete una cuña, desastilló el cuerpo discursivo de algunos iluminados, que todavía piensan que el concepto de clases lo comprende todo. Los ortodoxos debieron sentirse lastimados. Sostuvo que la lucha en África sería tribal o no sería. En el continente africano no existían clases sociales. ¿Las hay ahora?

La lectura de Eldridge Cleaver, me permitió exponerles que había despojado sus luchas de todo tinte racista. Alma encadenada destella luminosidad. Son sus actos los que condenan a los blancos no el color de su piel. Aunque ha costado mucho que esto se entienda. El acoso sufrido por los panteras negras era inmisericorde. Cleaver, cuenta que si salían solos eran asesinados en las calles. A eso obedeció que siempre salieran acompañados. Su ensayo sobre la mitosis primigenia es impresionante. Aborda el racismo de los negros. Los caballeros las prefieren rubias. Pósteres de blancas lechosas pegados a las paredes de las prisiones para ser poseídas por los negros a cualquier hora del día. Obama camina a paso lento. ¿Caminará algún día? En Nicaragua las cosas marchan en la misma dirección. Una afrocaribeña, Scharllette Allen, se ciñó el cetro de la mujer más bella del país. ¿Será este el comienzo para entender la belleza en Nicaragua de manera diferente?

Jean Paul Sartre, uno de los intelectuales más lúcidos de su época, hizo un llamado a la Europa blanca y colonialista para que cambiara de actitud. Ante las revueltas en el continente africano, Fanon recuerda que “…el presente negro estalla y se temporaliza, se inserta con su pasado y su futuro en la historia. Puesto que el negro ha sufrido la explotación, ha adquirido más que el resto el sentido de la revuelta y el amor a la libertad. Y como ha sido el más oprimido, lo que persigue precisamente es la liberación de todos, a tiempo que trabaja en su propia liberación…”. Sin pensarlo discutí estos planteamientos con mis alumnos en la UCA. Con Tijerino abordamos más de una vez el tema.

Al despuntar los setenta Edgard insurgió como un cronista desbordante, tecleando la máquina con el índice derecho a una velocidad pasmosa, como lo hacía en el ring el negro Muhammad Ali, quien por negarse a combatir en Viet Nam, fue encarcelado y despojado de su título de campeón mundial de los Pesos Pesados. Como objetor de conciencia Ali adujo que los vietnamitas no le habían hecho nada. El primer boxeador negro que el stablishment no pudo alinear a su favor. El ensayo de Norman Mailer, En la cima del mundo, resulta una filigrana sobre el denominado Combate del Siglo, entre Ali y Joe Frazier el 8 de marzo de 1971. Un texto donde engrandece la dimensión política de Ali y su grandiosidad pugilística. Como lo proclama Andrés Barba, “Rey has sido, Rey desde siempre”. La admiración mutua entre Malcolm X y Muhammad Ali se tradujo en rebeldía explícita contra el sistema.

Abordar el tema de los negros desde el ámbito del boxeo, permitía que mi alumnos se interesaran en la discusión. Ali pertenecía a la legión de negros discriminados, arrinconados, vejados, encarcelados, quienes jamás sucumbieron ante los horrores vividos. Algunos de mis estudiantes concluían que después de todo los negros no eran tan malos; otros que no todos los negros eran malos. Sus expresiones eran una mezcolanza de admiración, cariño y rechazo. ¿Cómo dicen que no soportan a los negros y tararean y bailan sus canciones? ¡Ah! es que eso es diferente. Ustedes se comportan idénticos a quienes impidieron el acceso de Louis Armstrong a una fiesta donde bailaban su música. Aquí no se admiten negros, le dijeron. El enormísimo Cronopios como le llama Julio Cortázar, argumentó: “Lo que están bailando es mí música”. ¡Ah! es que eso es diferente, exclamaron.

¿Cuántos estudiantes cambiaron su visión? Nunca lo sabré. Al menos me queda la satisfacción de haber propiciado el debate de un tema todavía pendiente en la agenda mundial. Las discriminaciones solapadas son más dañinas. Las exclusiones sociales, raciales, económicas, culturales, políticas, sexuales y religiosas, persisten. Al hacer este recuento constato que el camino emprendido por los negros no tiene retroceso. ¡Cuidado una vuelta de mano! El cine negro (Juan Carlos, ¿puede hablarse de cine negro?) glorifica a los negros. Denzel Washington, Spike Lee, Will Smith, Vanessa William, Viola Davis, Whoopi Goldberg, Jennifer Hudson, Eddie Murphy, Terrence Hodward, Samuel Jackson, Morgan Freeman, Jamie Foxx, Martin Lawerence, Forest Whitaker, Delroy Lindo, Chris Tucker, etcétera, etcétera...GI