•  |
  •  |
  • END

El pensamiento, cuya espina dorsal es el dualismo, tiene tres principios básicos: está en la cabeza, antes de la acción y sólo puede ser derrotado, cuando ya no supera problemas, por otro igual a él. Saber una cosa será igual a resolverla. Los cuerpos han sido afectados por este principio. Si alguien los separa, es porque desprecia los cuerpos y hace del pensamiento algo sublime.

Los cuerpos no deben y no pueden pensar, para ser separados por los intelectuales. La estrategia intelectual está en separar al mensaje del mensajero; la demostración del imperativo categórico; al hecho del valor kantiano. Lo que siempre mantuvo unida la sabiduría de todas las culturas, que el mensajero es el mensaje, incluyendo la griega presocrática, la filosofía logocéntrica lo separó.

Las tres “H” se refieren a Hegel, Husserl y Heidegger y es una expresión muy popular, entre filósofos, para hacer creer que los tres resumen todo el pensamiento occidental. Cada uno, tiene una palabra clave que los caracteriza. En Hegel es el Geist, el espíritu que, siendo único al inicio, se escinde generando, en su curso, la historia, cuyo fin es reconciliarse consigo mismo por medio de superaciones dialécticas. En Husserl es el Bedeutung, el sentido de los actos humanos que domina todos los fenómenos y constituyen la base de cualquier reflexión. En Heidegger, es el Dasein (“ser ahí”), para determinar ese “algo” que escapa a la metafísica de la presencia, nos llama y exige una escucha.

En este sentido, es Alemania, esa potencia sin colonias, y su filosofía moderna, la que impuso en el mundo, con la colaboración de la misma Europa a la que después quiso colonizar, la idea que el pensamiento está por encima de todo. Mientras sus rivales, Francia e Inglaterra, se dedicaban a administrar sus sediciones internas y la de sus colonias, desde la política y la economía.

Todos seguimos siendo, en sentido epistémico, alemanes, incluso y sobre todo, oponiéndonos a ellos. Astucia hegeliana que le cerró el paso a cualquier crítica de un “afuera” que sólo ellos se permitían fundar. Hasta Sartre (ese amigo de las causas anticoloniales) en su célebre polémica con Camus, insinuó que sus debilidades, se debían a sus estudios de filosofía en universidades de Argelia. Foucault, el filósofo del siglo XXI, para casi todas las corrientes del Norte y del Sur del pensamiento, podríamos considerarlo también como un refrito cruzado entre Nietzsche y Kant, a quien abrazó al final de su vida.

Krishnamurti, al revés de todos ellos, está interesado en reunir otra vez, cuerpos y pensamientos sin dualismo (advaitá), y no sólo dentro de uno, sino entre todos. ¿Se tendrá, para ello, sin embargo, que separar a los separadores?

Mientras ocurrió la jerarquización de las diferencias epistémicas, los centros pudieron justificarse. Al conocerse la responsabilidad del pensamiento, y no de un pensamiento geográfico (ahora desintegrable por las nuevas tecnologías y combinable por el “pensamiento de fronteras”), sino de su separación y especialización en manos de los intelectuales, de cualquier continente y cultura, empezó a cuestionarse al pensamiento en sí mismo (fuente de “efectos”, como la “ilusión” hindú, donde nada es real) y lo que han hecho los intelectuales con él.

De lo que debe hablarse es de la insubordinación y desobediencia de los cuerpos, episteme incluida, fenómenos que dominan la agenda actual. El presente es el tiempo de los cuerpos, dicen los poetas, y es lo único que merece atención, por su frescura e ineditud, decía Krishnamurti.

Krishnamurti plantea que no es con un pensamiento, por muy encantador que sea, que se derriba a otro. Porque el truco del pensamiento es oponerse a sí mismo, para mantenerse en movimiento y escapar del momento único que nunca puede atender.

Hasta que algunas corrientes señalaron la fuerza performativa del logos (pensar + decir) se notó la responsabilidad del pensamiento, y hasta que otras empezaron a desafiarlo como exterioridad, se le consideró como problema. Y tales señalamientos, hacen de Krishnamurti, el primer pensador que trata al pensamiento como problema y no, como todos los anteriores, como solución. El pensamiento, al basarse en el pasado, la memoria y el dualismo, está empezando a verse como archivo, repetición y trampa. Pensar siempre ha sido recordar, además de matar las diferencias, o conservarlas en el museo.

Denkwürdig, que significa memorable en alemán corriente, significa también la dignidad de ser pensado, en términos heideggerianos. Algo que nunca merecimos los colonizados.

La mezcla, ahora, es la que está desquiciando ya a los que han hecho negocio de separar las cosas en categorías puras, dualismos estúpidos, sentidos únicos, generalizaciones abusivas, violencia de representaciones, acciones por acciones mismas y críticas para servir a emancipaciones traicioneras. No podemos llamar a unir, pues, lo que nunca estuvo separado. Y no podemos abolir un dualismo, desde cuerpos que piensan, que sólo ha estado en la cabeza de los intelectuales.