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“Cuando se ignoran los valores familiares,
se socaban los cimientos de la sociedad… el bienestar de toda nación depende de la moral que logremos enseñar a nuestros hijos”

Papa Juan Pablo II

Nuestro país sufre una dura y empobrecedora crisis económica, pero adicionalmente hay una crisis de índole social mucho más profunda y destructiva todavía, que radica en el detrimento de los principios y valores morales que como sociedad debemos compartir, por ello y próximos conmemorar el Día Internacional de la Familia, creo que es importante reflexionar sobre… ¿qué hay que cambiar? y ¿qué hay que conservar en nuestra sociedad? Ambas cuestiones me las planteo reconociendo que en verdad hay muchas cosas que en nuestro país y en nuestra sociedad están funcionando mal y es necesario cambiarlas, pero por otro lado, con la convicción de que hay otros fundamentos que no hay que cambiarlos o más bien, hay que conservarlos.

En la sociedad nicaragüense existen muchas situaciones, actitudes, realidades y creencias que hace imperativo someterlas a un cambio profundo. Para comenzar, la familia está siendo fuertemente desvirtuada; hoy vemos un número de “hogares” dirigidos por madres solteras cada vez es más creciente, casos de niñas pariendo niños, abuso sexual, violencia intrafamiliar, abandono de los ancianos, migración generada por la pobreza y la falta de oportunidades que desgarra la unidad familiar y muchos otros factores más que socavan las bases de las familias nicaragüenses. Esta vulneración de la familia como unidad fundamental de la sociedad, como primera fase de enseñanzas y ejemplos, es quizás el origen de la mayoría de nuestros problemas, tales como inseguridad ciudadana, violencia recurrente, ignorancia, pobreza, madres solteras adolescentes, niños deambulando por las calles, delincuencia, etcétera.

Sin duda alguna, tratar el tema de la familia debe ser una prioridad impostergable de la sociedad nicaragüense, planteándonos la necesidad de un cambio y mejora inaplazable de la triste realidad actual, que necesariamente pasa por rescatar los valores morales y principios sociales de respeto mutuo, responsabilidad paternal, protección reciproca, el sentido del hogar y el reconocimiento de la familia como la cantera donde se forjan seres humanos consientes y comprometidos con sus futuras obligaciones y responsabilidades familiares, cívicas, políticas y ciudadanas.

Actualmente, las prácticas de buena educación y cortesía se están desvaneciendo en las nuevas generaciones, se hace poco común ver muchachos o muchachas ayudando a cruzar la calle a ancianos o cediendo los asientos de las rutas a mujeres embarazadas o simplemente utilizar con habitualidad el “por favor”, “gracias”, “disculpe”. La formación en nuestros hogares visiblemente cada vez es más débil, así como la educación pública es cada vez menos integral, consistente y verdaderamente formativa. Esto no tiene que ser así, ni mucho menos es “parte natural” del cambio generacional o condición necesaria de la modernidad; por el contrario, es una distorsión de nuestra condición sociable y humana. Debemos tener sumo cuidado en distinguir entre los cambios que enriquecen nuestra personalidad y a nuestra sociedad, de aquellos cambios que nos degradan en nuestra condición humana.

Creo oportuno compartir lo que me relató mi abuelo materno en una ocasión; según me dijo, hasta hace unas dos generaciones, los contratos eran verbales y sumamente confiables; la palabra de un hombre o de una dama valía. Actualmente, ¿cuántos hacen acuerdos verbales? o ¿cuántos confían en la palabra del otro? Sencillamente, eso se ha vuelto improbable. Hoy en día, por desgracia, el honor, la amistad sincera y la integridad son como oasis en el desierto de la deshonestidad. Estas costumbres y valores de nuestros abuelos no tienen porqué cambiar y, por el contrario, debemos luchar por rescatarlas y conservarlas, pues como mi abuelo bien decía. “podré cambiar algunas cosas, pero yo nunca cambiaré ni mi familia, ni mi religión, ni mi partido”.

Es importante darnos cuenta que la depresión económica y social que vivimos tiene sus raíces en una degradante crisis moral, de valores y principios que nos envuelve a todos, impidiéndonos diferenciar certeramente lo correcto, de la incorrecto y, por consiguiente, premiar a los malos y castigar a los “héroes” de la película.

Los padres de familia, por su lado, deben reconocer su responsabilidad, así como sus derechos en la educación de sus hijos; y el Estado, por su parte, garantizarles el acceso integral al sistema educativo. Con la disciplina familiar se aprende la disciplina social y el sentido de la responsabilidad individual y colectiva, por ello creo que los padres de familia pueden y deben corregir a sus hijos respetando la dignidad del niños y adolescentes. Así mismo, las familias no pueden declinar su responsabilidad tradicional de cuidar y atender a los adultos mayores; por eso, los niños y los ancianos deben ser priorizados en las atenciones familiares, sociales y gubernamentales.

La familia es el principal agente socializador, cuya cohesión constituye la fuerza integradora de la sociedad nicaragüense; por esta razón, es trascendental su función como fuerza social portadora y transmisora de valores morales y sociales que garantizan la identidad histórica y cultural de los pueblos, cultivando los principios de trabajo, honestidad, ahorro y responsabilidad social en los que se cimienta un efectivo desarrollo humano y una sociedad mejor.

Dentro de tantos acontecimientos que afectan nuestras vidas, debemos hacer un alto en el camino y redefinir nuestras prioridades y objetivos como familia, sociedad y como nación, pues Nicaragua necesita vivir cambios significativos, sin que ello implique el abandono de los pilares sociales tradicionales, principios y valores que nos han caracterizado como nicaragüenses.



*Dirigente de la Juventud del Partido Conservador
www.juventudconservadora.es.tl