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La Dirección Superior de la Universidad Centroamericana, en el marco de la celebración del 50 aniversario de fundada, realizó un encuentro de reconciliación con el personal docente y administrativo que fuimos despedidos y los alumnos expulsados, en el período de 1966 a 1971.

Desde que en julio de 1966 fue expulsado Casimiro Sotelo Montenegro, a la
fecha, pasaron 44 años, tiempo en que fuimos a depositar nuestra ofrenda ante el altar, sin habernos puesto en paz con nuestros hermanos, tiempo en que no cumplimos con el precepto bíblico contenido en San Mateo 5.23-24.

De 1966 a 1971, en la UCA se gestaron acciones que repercutieron a nivel nacional. Las tomas de la UCA, las de Catedral de Managua que se extendieron a muchos templos del país, fueron determinantes en la formación de una juventud que en buen número se incorporó a la lucha de liberación de Nicaragua, sacudiendo al régimen somocista, desde el sitio que pretendieron fuera un feudo más de la dinastía.

Está pendiente de escribirse la verdadera historia de ese período, determinante para lo que ha sido ahora la UCA. Me parece que los participantes tenemos ese compromiso, sin buscar protagonismos personales, sino para dejar por escrito el testimonio de esos hechos llenos de generosidad que llegaron hasta la ofrenda de vidas, como las de Casimiro Sotelo, Julio Buitrago, Carlos Agüero y Claudia Chamorro.

Considero que deben registrarse los hechos, fechas y nombres que permitan comprender su importancia y repercusión en el tiempo. Es también rescatar la memoria de los crímenes y represión somocista. Creo que la UCA debe levantar un monumento con los nombres de todos los exalumnos caídos por la liberación de Nicaragua, ya la Alcaldía de Managua, en la administración del ingeniero Dionisio Marenco Gutiérrez, puso el busto de Casimiro en la entrada norte.

Otra obra a publicarse debe contener las intervenciones que se dieron el día del encuentro de reconciliación. La alocución del P. Silvio Avilés, S.J., el extraordinario mensaje de la Rectora Mayra Luz Pérez, las de los compañeros Julio Francisco Báez y César Aróstegui Centeno. Juntas resumen el propósito del acto y son testimonio del sentir y pensar de los que estuvimos involucrados en aquellos hechos.

No quiero limitarme a escribir una crónica del encuentro. Aunque es bíblico el ponernos en paz con nuestros hermanos antes de depositar la ofrenda ante el altar, lo cierto es que nuestro comportamiento diario dista mucho de llevar una conducta que refleje una verdadera reconciliación. La falta de respeto, la constante humillación a la dignidad humana, el trato excluyente y la intolerancia ofenden y lastiman frecuentemente nuestra condición de hijos de Dios.

Al realizar este encuentro de reconciliación, la UCA nos da un ejemplo y una lección. Ejemplo porque es bíblico reconocer la injusticia cometida y desde el punto de vista humano, se necesita de mucha humildad. Cuántas veces la arrogancia y la soberbia impiden la verdadera reconciliación o se le confunde con actitudes de adulación, servilismo y oportunismo. A mí me conmovieron las palabras de la Rectora, sentí en ellas la vivencia del lema de la UCA: “La verdad los hará libres”, en San Juan 8.32. La verdad prevaleció sobre todas las mentiras que se dijeron durante aquellos años para descalificar la lucha por la reforma universitaria.

El encuentro de reconciliación es una lección que trasciende las aulas universitarias. Es soporte para las materias que se imparten en la UCA, dándole los elementos de justicia, ética y moral comunes a todas las carreras. Es conveniente aclarar que de hecho ya se había dado la reconciliación entre los que fuimos despedidos o expulsados con las Autoridades Superiores de la UCA.

En abril de 1971, estudiantes respaldados por varios padres de familia, protestaban pacíficamente en contra de las medidas represivas que la UCA había tomado. Estaban al pie de la estatua de San Ignacio de Loyola, Fundador de la Compañía de Jesús. Al amanecer del 20 de abril, fuerzas de la policía somocista invadieron la universidad a petición escrita del Consejo Universitario y de la Comunidad Jesuita. Fue triste ver cómo ante la estatua de San Ignacio, numerosos policías se llevaron a la cárcel a 59 personas, incluyendo varios matrimonios.

Años después, la estatua de San Ignacio fue trasladada a la nueva entrada, situada hacia el oeste. Curiosamente el propio día en que se celebró el encuentro de reconciliación, la estatua de San Ignacio fue devuelta al lugar donde estuvo primeramente. Considero que también hubo una reconciliación con él, después que presenciara hace 39 años una vergonzosa afrenta. Que sea el gesto de la Dirección Superior de la UCA una lección ejemplarizante que va más allá del recinto universitario.