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Es difícil precisar cuándo y en qué momento el concepto y la práctica de la disciplina partidaria dejan de ser el resultado de una actitud consciente del individuo. Tan difícil como llegar a saber con exactitud si el hecho de aceptar someterse voluntariamente a las normas disciplinarias cuando se ingresa a un partido político, el ejercicio constante de la disciplina comienza a volverse una costumbre a sólo obedecer. Pienso que el hecho de acostumbrarse a acatar directrices superiores sin ejercer el derecho a la observación crítica, es el punto inicial de la despersonalización individual. Si quisiera seguir el uso del lenguaje neologístico, diría que así se inicia el proceso de la “deconstrucción ideológica” del individuo.

Abordo el tema por causa de las declaraciones de un militante del Frente Sandinista (orteguista), después de haber sido despojado --igual que otros-- por su partido de su cargo edilicio, de forma arbitraria e ilegal. Él decía --más o menos-- que disciplina no es obedecer las decisiones arbitrarias, sin hacer uso de la crítica y de la autocrítica. Estas son dos formas de practicar la libertad individual frente a los abusos de poder de los jefes, encubiertos bajo el manto de la obligación de respetar la “disciplina partidaria”.

Desde luego, el tema no es de hoy. Ha sido de siempre, pues es muy tenue la barrera entre ser conscientemente disciplinado y el hecho de ser sometido disciplinariamente, dado que el orden jerárquico de todo partido nunca ha podido ser aplicado con riguroso sentido democrático. Quienes son, se sienten y actúan jerárquicamente en los partidos políticos se dan el derecho de controlar el desempeño disciplinario de los militantes de base, pero casi nunca conocen cuál es la verdadera conducta personal y partidaria de sus dirigentes, menos que tengan la oportunidad de criticarlos. Llega a ser tan fuerte esta costumbre, que esta diferencia se llega a ver como un hecho “natural”. En cierto sentido, una vida partidaria practicada estrictamente bajo esta práctica diversificada de la disciplina, que la militancia de base se vuelve automatizada, robótica.

Los militantes de base no tienen excusas posibles ante los jefes, pues su humilde condición les obliga a ser transparentes, y no tienen los compromisos –reales o inventados— tras lo cuales poder ocultar sus errores. Además, carecen de la aureola, real o artificial, con que se adorna un líder, y el militante de base sólo puede o le permiten encargarse de tareas simples.

A la gente de base se le crea la idea que del atraso de minutos en el cumplimiento de una tarea, es una falta de disciplina, y de ello puede depender la derrota de una misión y hasta del partido. En cambio, el líder máximo se retrasa hasta cinco horas en presentarse a un acto público, y no pasa nada. Claro, no pasa nada, si no se toma en cuenta el irrespeto hacia las bases que pasan ese tiempo bajo el sol o la lluvia, “disciplinadamente”. Daniel Ortega pactó con Arnoldo Alemán, de lo cual se ha derivado todo el desorden administrativo y político del Estado, pero a su base –que nunca fue consultada—, le hablan de las bondades del pacto “para la causa sandinista”.

En verdad, la disciplina dentro de un partido político, cuando éste aspira al poder, es algo fundamental para su trabajo, su seguridad y su fortaleza orgánica, porque –de lo contrario— se le expone a todos los peligros ante sus enemigos, los detentadores del poder político de turno, producto de elecciones, de un fraude o de un golpe de Estado que, generalmente, es una acción militar de tendencia fascistoide.

Hay otro ángulo desde el cual es visible el abuso del concepto y la práctica de la disciplina es cuando el partido, antes opositor y de posturas revolucionarias, se convierte en factor de poder. La experiencia actual del partido de gobierno no es el primero en convertirse de opositor en dominante, y dentro de su nuevo estatus, sufrir una metamorfosis, cuyas primeras víctimas es su propia gente, a la cual le compensan su servidumbre ideológica con cargos oficiales de menor cuantía. Esta gente sigue obedeciendo una disciplina sometida al control de los elementos de la cúpula, quienes hace rato perdieron la práctica de su propia disciplina.

Lo que está pasando a los concejales y alcaldes impuestos por el orteguismo con su fraude electoral de 2008 –ahora inestables en sus cargos y sometidos bajo órdenes, caprichos y el juego político de los líderes—, nada tiene que ver con la disciplina. Se les obliga a obedecer a los líderes, quienes utilizan la disciplina como un recurso ideo-psicológico para someterlos bajo su viciada autoridad. Si se quisiera encontrar la raíz de la descomposición del Frente Sandinista y haber pasado de partido revolucionario a un instrumento de poder de Daniel Ortega y su camarilla, nada sería más acertado que conocer el proceso de la perversión del concepto y la práctica de la disciplina.

Por supuesto, el pretexto ha sido “la necesidad de mantener la cohesión del partido”. Herty Lewites y demás militantes sandinistas que aspiraron con todo derecho a ser candidatos presidenciales, fueron sometidos a las sanciones “disciplinarias”. Su delito: haber atentado contra la “unidad” partidaria. Sólo Daniel Ortega, nunca ha atentado contra ninguna disciplina con su ambición continuista, porque él formó su propia cúpula, y más arriba de ésta, no hay nadie que vele por que la disciplina sea cumplida también por ellos. Por eso, el partido orteguista se maneja como una empresa privada.

Un caso entre muchos: la parte mayoritaria del personal del diario oficial del Frente Sandinista durante bastante tiempo se reunió y discutió con un delegado de la DN, apegado a su derecho de opinar, de hacer uso de la crítica y autocrítica, sobre la conveniencia de transformar BARRICADA de diario oficial a órgano de prensa abierto a las opiniones de la ciudadanía interesada en la defensa de los intereses nacionales. La causa para proponer este cambio, fue la variación de las condiciones en el país y el Frente después de haber perdido las elecciones del 90. ¿Qué ocurrió? Que hasta el llamado de atención sobre la supuesta trasgresión de la “disciplina”, les pareció insuficiente a Ortega y su camarilla… y ordenaron la invasión cuasi militar del periódico para expulsar a su director. Se aplastó la opinión de un colectivo de militantes que, con supuesto igual derecho, había pensado en la necesidad del cambio. Resultado harto conocido: el diario no sobrevivió.

El concepto de la disciplina vive y seguirá viviendo, mientras no se tope con la práctica diseñada por la doble moral: obligaciones para los de abajo, derechos incontrolables para los de arriba. Porque ahí, en ese momento, la disciplina se transforma en una ilusión, mientras la práctica se vuelve algo falso y opresivo.