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Saramago ya no está vivo. Vive su pensamiento. Él decía que no se puede vivir sin ideas y que la Utopía no es del más allá, ni para un tiempo futuro que nadie sabe lo que será. Decía que mirar muy lejos no tiene sentido, que la Utopía es obra de hoy, pensar hoy para cambiar el día de mañana, el próximo amanecer.

Una multitud de cosas pequeñas y próximas en el testimonio de su humanidad de vida. La muerte, dice, es haber vivido. Él ha vivido para nosotros, luego, sigue estando. Qué importan los Berlusconi de Europa y los de América del Sur, sólo les espera el basurero de la historia. No han existido.

Frente a lo que hemos visto, pero no aceptado, en renuncias y traiciones de los que decían y dicen que obran por los pobres, frente a esas humanidades inexistentes, su espíritu indomable permite que digamos “todos somos comunistas”.

La felicidad, nos recuerda, es una lucha personal, el mundo no es feliz. No puede serlo con lo que está sucediendo. Su último libro, inacabado, es sobre la guerra y las armas. La cultura de los soldados es el botín. Esa cultura era lo que aborrecía. Veremos amanecer el día de mañana sabiendo que no podemos impedir la deriva de los Continentes, sintiéndonos un poco más huérfanos en el afecto que desborda la impotencia. ¿Cuántos estamos vivos?