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La estatuaria de la isla Zapatera, en el Gran Lago de Nicaragua, constituye uno de los seis bienes culturales más representativos del país (veáse END del 10 de abril, 2010). Por eso le consagré un exhaustivo y sistemático estudio, editado en 1980 y, recientemente, una publicación bilingüe (español e inglés) de varios autores —en su mayoría extranjeros— donde se registran los aportes de Rigoberto Navarro Genie y Clemente Guido Martínez.

Sin embargo, a principios de este año, algunas de sus piezas conservadas en el sitio conventual San Francisco de Granada (y otra admirable en una esquina de la ciudad, conocida por “La piedra bocona”) me inspiraron los siguientes textos poemáticos (excepto “La Niña de Zapatera”, que data de 1982); no en vano tengo conocimiento de ellas desde mi infancia y convivencias durante diez años en el centro inolvidable, donde permanecieron varias décadas: el Colegio Centroamérica.

Piedras vivas
Estas piedras talladas, esculpidas por manos ancestrales, no yacen mudas. Nos hablan con sus trazos y signos, con sus símbolos clánicos. Estas piedras revelan el misterio, plasman la otredad de nuestros más remotos predecesores en la muestra aguerrida tierra vibrante que nos alienta o deprime. Estas piedras pensantes no yacen mudas. Nos hablan con sus cultos a la Vida y a la Muerte.

Estela de Serpiente
Bífida es su lengua e intachable, rítmica, adusta, diestra la S de su cuerpo inciso y alargado en el monolito rectangular. He ahí la erecta serpiente pétrea de poderosa cabeza y fauces abiertas. El sobrio relieve del reptil, la ondulación perdurable de la lengua viperina de nuestro pueblo.

Breve relación de las estatuas
El diplomático del Norte y el zoólogo vikingo las advirtieron entre el tupido verdor de la selva. Los cultos hijos de Loyola las transportaron a su colegio amado. El arqueólogo de Harvard identificó a sus artífices. Los oficiales de la marinería invasora se las apropiaron para sus museos. El escultor romano admiró sus plásticos volúmenes. El antropólogo francés analizó sus pigmentos rojizos. Otros han intentado descifrar sus enigmas. Yo apenas vislumbro su abatido esplendor.

El Teponaxtle
Nuestro tambor primigenio merecía un monumento, nuestro tambor olvidado, nuestro tambor tribal. Convocaba a la guerra florida, convocaba al sacrificio propiciatorio, convocaba a la paz con los dioses. Sus ritmos se escuchaban junto a las aguas tranquilas, sus ritmos se escuchaban junto al fuego celebrante, precediendo las voces autoritarias de los caciques. Sus ritmos eran émulos del viento, constancia del vivir en la tierra. Nuestro tambor sagrado, nuestro teponaxtle.

El monstruo de tenebrosos ojos
El monstruo de tenebrosos ojos —desorbitados y redondos como minúsculos soles nocturnos— tritura un niño recién nacido. El monstruo de tenebrosos ojos y ensangrentada lengua colgante —gruesa e insaciable— devora un pequeño ser destinado al sacrificio. El monstruo de tenebrosos ojos consume una víctima ofrendada a los dioses del Inframundo. El monstruo de tenebrosos ojos reside en el corazón de los tiranos.

El Gordo
A Squier le parecía un petrificado bebedor de cerveza en Nueva Jersey. Para sus ayudantes nativos era, simplemente, El Gordo. Su cabeza —pequeña en relación con el cuerpo— ostenta un remate cónico con bonete. Sus brazos, muy cortos y en ángulo a partir de los codos, terminan posando las manos en sus caderas. De soberana timba, yace inclinado sobre una especie de espaldar. Y desnudo. Todas las esculturas de Zapatera lo están. Pero su sexo apenas se le insinúa. El tiempo —que roe y deteriora todo— desfiguró su aura de sátiro, su corte muy suelto y su efecto sorprendente. El Gordo ya no lo es tanto. No queda ya de este varón primario, de su jocunda energía, de su humor jacarandoso, sino la sombra disoluta de lo que fue: un ventrudo vividor o complaciente.

Maternidad de Sonzapote
Dos hondas cuencas ovaladas —sus ojos—, las airosas ventanas de su nariz y sus amplias mejillas delinean el rostro de la madre. Un ancho collar de tres cuentas adorna su recio cuello bien torneado y su cabeza la corona una especie de rollete. Tiene protuberantes las orejas y los muslos bien formados. Sus sobrios labios culminan la boca cerrada. ¿Y el recién parido fruto? Manos lo sostienen con ternura a la orilla del vientre. Pechos y abdomen dan fe del embarazo y también el niñito cabezón y orejudo, desmañado y de cortas piernas enclenques.

El caballero-águila
Hierático, el caballero águila sigue erecto como un militar centenario, dispuesto a obedecer órdenes, a cumplirlas con valentía y aplomo. El caballero-águila es así gigantesco: un combatiente al servicio de su clan, al mando de su hueste; un decidido luchador arrojado. De su estirpe descienden altivos caciques como Ochomogo, Misesboy, Nacatime, Tipitapa, Tendería, Nequecheri y Diriangén, el intrépido.

La mujer-águila
La más alta y erguida, la más ornamentada, la de boca más entreabierta y de marcados ojos claros. La de mayores pechos consistentes y la única con firmes ceñideros visibles. La más alta y erguida, la del tórax extraordinario, la de hombros más finos y delgados. La más mujer de nuestras efigies fue asediada por rubios interventores, conducida por hombres armados a la Smithsonian Institution, en Washington, D. C. Y lo peor: autorizados por un lacayo por naturaleza: el Titular del Ejecutivo el Año del Señor de 1930.

“La Moñona”
Sólo sus pequeños ojos se presentan en la cara desfigurada. Mas sus rígidos brazos fuertes y vencedoras piernas aún se aprecian. Aún conserva su arte de coqueta, de gigantona. Gruesos adornos penden de su cabello florido. Es “La Moñona”: hermosa, voluminosa diosa de Sonzapote.

La Niña de Zapatera
Sí, don Luciano Cuadra de la Vega, usted tiene razón: más que juvenil deidad, ella es pétrea adolescente, niña de trece o catorce años que deberíamos bucear en el fondo arenoso del viejo Mar Dulce, a la orilla de Sonzapote, península de Chomite-Tenamitl: la isla de los primigenios chorotegas sagrados. O buscarla, perseguirla en Estocolmo, donde acaso le llevaría raptada Carl Bovallius, el primero en poseerla como lo hizo usted cuando le asombraron su espalda y hombros cincelados tersamente, esa perfección de batea lítica sobre un rollete de dos vueltas, apoyado en la cabeza: todo un equilibrio prodigioso.

Gracias, don Luciano, por amarla en silencio y contemplar sus ojos oblícuos —¿de princesa china?—, únicos entre todas las efigies aborígenes; por enseñarnos a mirar, a admirar su grande, cerrada boca apetecible y su larga nariz recta. Gracias porque no es posible ya vivir sin el recuerdo de su rostro ovalado y de sus desmedidas orejas salientes, sin su manzana de Adán, de Eva en gestación, de Evita mesoamericana. (Pero, sobre todo, sin sus inolvidables pechos redondos, insinuantes, delicados, pulidos con esmero).

Si, Cuadra de la Vega: en el milagro de la negruzca roca basáltica están la simetría y la impavidez. Y se rinde tributo a la belleza y al trabajo de la mujer. A la muchacha que desde el neolítico recorre campos y poblados vendiendo frutas y carne, comidas y verduras. A la primera india nicaragüense retratada, esculpida. A nuestra Venus de Milo, a nuestra Dama de Elche. A la que usted nombra, noble amigo, la Niña de Zapatera.

Una piedra famosa
Soy una piedra solitaria y vigilante desde la esquina achaflanada de una casona, a ras del suelo. Un marinero me trajo de mi isla materna para servir de señal a los distintos hablantes de mi tierra milenaria, para convocar a sus intérpretes. Las riendas de los caballos conquistadores primero y de las mulas de foráneos comerciantes más tarde, se posaron en mi cuello. Una familia indiana me empotró en su residencia. Escuché en septiembre un grito: ¡Viva la independencia! El incendio devastador de un dementado político de Nashville, Tennesee, me dejó ilesa.

Desde entonces soy una inevitable referencia urbana. He admirado cívicos esplendores y procesiones devotas en los años de paz. He sido testigo de innumerables iniquidades durante los años de guerra. He visto múltiples grandezas y miserias humanas. Me modelaron el cuerpo en forma de ave y en lugar de pico me labraron una oblonga boca desmesurada de bípedo inteligente. Soy un ave que habla en silencio, un ave impasible, un alcaraván, una cháchara de basalto. Yo guardo y desguardo la palabra. Soy el símbolo de la murmuración cotidiana en una ciudad de lenguas asesinas. ¿Mi edad? Inmemorial ¿Mi nombre? Tepectlali. Pero los granadinos me conocen como “La Piedra Bocona”.

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