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A Edgar Tijerino,
con la esperanza que no se asile en Sudáfrica.

No se vayan a prejuiciar con el título que ahorita leyeron. Es una coincidencia llamada poligénesis literaria, que suele ocurrir cuando “una misma idea se le ocurre a personas distintas, en lugares distintos y al mismo tiempo”. Cero plagio y nada que ver con el archiconocido homónimo “Pare de sufrir”. En todo caso, el verdadero responsable de este enredo sería nada menos que el señor Nietzsche en su curiosa invitación a superar angustias mundanas y rescatar el humor que en ocasiones provoca sonoras carcajadas: “El animal de la tierra que sufre más, es el mismo que inventó la risa”. ¡Tiene razón Federico! ¡Debemos hacer algo para alivianar las cosas!

En busca del sosiego espiritual que tanta falta hace en el país, les propongo abandonar por un momento la aburrida seriedad y curiosear filosofías ocultas en sugerentes rótulos que nos salen al paso todos los días. Se excluye por supuesto el consumismo estúpido de pantallas comerciales, grandotas y feas, que nadie lee con atención. Únicamente comentaremos aquellos mensajes públicos que valen la pena. Entre más sencillo es un rótulo, más sabiduría popular trae consigo. Son imágenes escritas en lúcida pedagogía, saturadas de ingenio y picardía, que a veces regañan a políticos, otras convocan a la comunidad y hasta de repente insinúan traviesas curvas en doble sentido.

Hecha la aclaración y antes de que el Mundial termine embobándonos de por vida, exploremos una ciencia cuyo padre fundador es el insigne “Rotulólogo de las Américas”, Don José Iván Gutiérrez y Aguirre. Aclaro que a petición suya firmo esta columna y aunque asumo plenamente la responsabilidad de su contenido, dejo constancia que él me la dictó de cabo a rabo. Al grano con los ejemplos.

El emprendedor

Alguien que se las vio deapalito durante más de cuatro años en el desempleo, pero que jamás abandonó el espíritu optimista inculcado por sus ancestros, decidió colgar una simpatiquísima oferta de servicios profesionales en la puerta de su casa, localizada en el balneario Poneloya, más exactamente del palo de tamarindo 60 varas abajo, mano izquierda: “Se venden tortillas y se resucitan ahogados”. Todavía no se aglomeran los clientes, pero quien entra acostado sale vivito y corriendo.

Los exonerados

Por aquello de la asepsia profesional, sólo de pasadita y sin comentarios rescataré la divertida interrogante cartesiana estampada en una pancarta que meses atrás agitaban en tropel los comerciantes del mercado Roberto Huembes, que indignados rechazaban abusivos incrementos tributarios: “Si en nuestro Gobierno de Reconciliación y Unidad Nacional los impuestos vuelven al pueblo, ¿para qué pagarlos?”

Los insípidos
La verdad sea dicha, también existen rótulos maletones y algunos hasta tontitos por haberse enemistado con la creatividad y el buen gusto, verbigracia el par de moteles desvencijados en la entrada sur de Tipitapa, “Aquí se llega a la gloria” y “El calmante”, o el consultorio dental “La muelita feliz”, en San Benito, kilómetro cuarenta y pico de la carretera norte.

Los eclesiales

En sentido contrario, permítanme exaltar un formidable ramillete de mensajes públicos en templos y casas comunales, coleccionados con devoto esmero desde hace muchas lunas, que por su inocente profundidad, capaz de distraer las preocupaciones y manejar a raya el pesimismo, alcanzan la categoría de óptimos en su género. Aquí algunos de ellos.

Para comenzar, disfruten cómo defendía la santa privacidad un celoso y bien plantado monaguillo boaqueño: “El grupo de recuperación de la confianza en sí mismos se reúne el jueves a las cinco de la tarde en la sacristía, sugerimos entrar por la puerta trasera”. Mientras tanto, para respaldar la organización de una alegre feria de patio, este sabio letrero se aferraba a la puerta lateral de la Basílica del Güegüence en Diriamba: “Estimadas señoras, no olviden la venta de beneficencia, es una buena ocasión para liberarse de aquellas cosas inútiles que estorban en casa; traigan a sus maridos”. Como Sudáfrica y el dulce arrullo de las vuvuzelas andan por doquier, observen esta perla diocesana: “El torneo de fútbol interparroquial continuará mañana. Vengan a hacernos barra, ¡trataremos de aplastar a Cristo Rey!”

Dos anuncios del eficiente ecónomo de una visitada ermita acoyapina, combinan flexibilidad financiera y creatividad pastoral: “El precio para participar en el cursillo ‘Oración y ayuno’ incluye también las comidas”. El segundo no se quedó atrás: “Por favor, depositen sus limosnas en el sobre, junto a los difuntos que desean recordar”. Y como no hay parroquia alegre sin feligreses comelones, ¿qué me dicen de este mural en la iglesia de San Dieguito, Altagracia, isla de Ometepe?: “El sábado próximo habrá una cena de frijolitos con crema y güirila, dedicada a los ganadores del campeonato. A continuación habrá un concierto”.

Epílogo

A riesgo de caerle gordo a más de un argentino, les aseguro que jamás pecaríamos de chauvinistas si apostamos con cualquiera de ellos que no existe sociedad en el planeta capaz de disparar certeros dardos al codillo –con una sola palabra, o un epigrama de los finos, o alguna burlona frasecita– como lo hace el pueblo nicaragüense. En referencia a nuestros punzantes rótulos chapiollos, Julio Valle Castillo asegura que Marcial y Catulo nos rindieron el sombrero hace dos mil años, tres mansos poetas que nunca mienten. Su único desliz fue consultar a Walter Mercado y Donald Casco un apulismado rotulito que los cinco insulsos adivinos fueron a pegar en la mondonguería “El beso de Papa Chú”, costado sur de la entrada a La Chureca: “¡Viva el Bóer! ¡Futuro Campeón del Mundial de Sudáfrica!”
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