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El próximo viernes se cumplen cuatro años de la muerte de Herty Lewites, y recordarle no es solamente un tema de aniversario. Una de sus reflexiones más agudas tiene que ver, y mucho, con algunos de los hechos más relevantes de la presente semana.

“Nací bajo una dictadura, y no quiero morir bajo otra dictadura”, dijo Herty cuando lanzó su cruzada desafiando a Daniel Ortega. Como se recordará, Herty Lewites estuvo vinculado al FSLN prácticamente desde sus inicios, y conoció muy bien a Daniel Ortega, de modo que cuando dijo lo que dijo razones de fondo tendría para decirlo.

Él no murió bajo una nueva dictadura pues la muerte lo arrebató antes de que Daniel Ortega volviera al gobierno. Pero los hechos le han dado la razón.

Hay golpes de Estado, como el de Honduras, y “golpes desde el Estado” --para usar la frase que acuñó Moisés Naím, el venezolano Director de la revista Foreign Policy-- como los casos de Venezuela y Nicaragua -y según los que derrocaron al Presidente Zelaya, era el caso en marcha de Honduras- en que gobernantes que llegan a través de elecciones, una vez instalados en el poder, comienzan una sistemática demolición de todas las instituciones democráticas.

De igual forma, hay dictaduras castrenses, apoyadas fundamentalmente en la fuerza militar, y hay dictaduras de otra naturaleza, no menos duras y eficaces en la represión -y por eso me rehúso a utilizar el término “dictablandas” que algunos usan --como es el caso de Nicaragua, en que las instituciones del Estado se ocupan para reprimir, chantajear, intimidar, ignorar las leyes o violarlas, y, fundamentalmente, desconocer la voluntad de los ciudadanos expresada a través de los votos.

Y si de recurrir a la represión violenta se trata, tampoco lo dudan, como lo hemos visto con el uso de turbas y pandillas armadas de piedras, morteros, garrotes y armas blancas, como fue el caso del periodista Iván Olivares, que fue acuchillado en las inmediaciones del Hotel Princess a finales de 2008, cuando las protestas por el fraude en las elecciones municipales de ese año.

Hay, entonces, dictaduras y dictaduras, y la de Ortega es una de ellas, dándole la razón, póstuma y lamentablemente, a Herty Lewites, a quien hoy recordamos con amistoso cariño.