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Si algún opositor al gobierno autoritario de Daniel Ortega aún sueña con unas elecciones-2011 en las cuales se permita rectificar los abusos de las municipales de 2008, ya debe despertar y comenzar a verlo todo a la luz del día. Cuando lo haga, al opositor honesto sólo le quedará la opción de prepararse para enfrentar la realidad o para seguir soñando. El fraude electoral ya no será –si es que alguna vez lo ha sido— un acto espontáneo nacido de una oportunidad casual y que el partido gobernante aprovecha, sino el acto final de un proceso predeterminado con mucha precisión.

El gobierno orteguista, no ha dejado nada a la casualidad, todo lo ha programado con precisa ambición: se ha apoderado de las instituciones del Estado –y el CSE primero, por cuestión de afinidad con el objetivo que persigue—; ha promovido los fallos de la CSJ para demoler la Constitución; ha comprado voluntades políticas de diputados corruptos --algunos empedernidos y otros debutantes--; (hasta hoy) ha controlado el uso de las calles por medio de la violencia con sus turbas; ha logrado parcializar a la Policía en casos determinados; ha limitado la entrega de cédulas a quien se identifica con el orteguismo; y ha iniciado una arremetida contra la autonomía municipal, comprando concejales y cambiando alcaldes, sean éstos productos del fraude o los pocos dejados a la oposición. Lo que aún no está dentro del saco orteguista, lo absorberá en el camino hacia 2011, si es que para entonces habrá elecciones transparentes.

Soñando o despiertos, dentro de la oposición no faltará quienes acompañen al orteguismo en su empresa fraudulenta, por el motivo que fuere, mejor si el motivo es económico. Hay opositores dudando entre inclinarse hacia la colaboración con los propósitos de Ortega para obtener beneficios directos o buscarlos con su máscara de oposición.

Contrario a ciertas opiniones conocidas a última hora, la posición de los sectores inclaudicables en su lucha contra la reelección y en defensa de la Constitución, no está ni será determinada según los textos “bíblicos” de ninguna corriente de izquierda ni de derecha, sino por la realidad nacional, y según las condiciones impuestas por el orteguismo.

Nuestra realidad política está matizada con un dramático desconcierto social, próximo al pesimismo, a causa de que el peso de la crisis económica está siendo soportado por la mayoría de la población, a la que están creándole la esperanza en proyectos sociales demagógicos y manipulándole su fe religiosa. Y en el aspecto político-ideológico, hay gente que se automargina de la actividad política, porque aún sufre efectos del llamado período de reflujo, causado por los reequilibrios sociales causados por la guerra y el descalabro de la revolución.

Los únicos que han logrado mantener despierto su afán de lucro, bien o mal disimulado durante los años revolucionarios –y luego conspirando y mandando desde abajo para disfrutar lo rogado desde arriba— son los miembros de la falange que encabeza Daniel Ortega, y ahora también junto a su consorte e hijos. La cúpula de esta falange es la única dueña de la fiesta politiquera en que han convertido su mandado presidencial, desde antes de enero de 2007, y con todos los fierros después de esta fecha.

A este panorama, también le han dado matices carnavalescos. No hace falta demostrarlo, pues ahí están los enormes y carísimos rótulos que anuncian los vínculos de Ortega con Dios; sus fingidas sonrisas en su calidad de candidato ungido a perpetuidad; su presentación como la síntesis del patriotismo de Andrés Castro, Augusto C. Sandino y Rubén Darío (ha marginado a Carlos Fonseca Amador, para que no le haga sombra). Sin poder remediarlo, esto también puede ser visto como la parte cantinflesca en medio de los abusos de Ortega, lo cual no estaría completa en este siglo de socialismos demagógicos, compaginados con el neoliberalismo, sin faltar la promoción diversionista de una “Nicaragua cristiana, socialista y solidaria”.

Con tales ingredientes, las elecciones que el orteguismo está preparando para 2011, serían como el adorno “cívico” de un pastel político corrompido, sólo digerible por el orteguismo y sus alquilados acompañantes. El pastel está siendo elaborado con todo esmero, porque, además, les serviría para celebrar los 31 cumpleaños de Daniel Ortega en el poder y, al mismo tiempo, la apertura del período que pretende prolongar hasta sus 95 años.

Para felicidad del “vivaracho cumpleañero”, son muchos los que están colaborando, de alguna forma. Entre ellos, los invitados contratados, léase los tránsfugas “liberales” y ahora mercenarios del orteguismo; los nostálgicos de la revolución que se empeñan en ver en el orteguismo su continuidad; y sus parientes y políticos adoradores, harán coro para cantarle el “happy birth day”. Para los simples mortales los costos de una tal fiesta, aumentaría los males de una “goma” política, pero para los orteguistas apenas sería como quitarle al gato un pelo: no disminuiría en lo mínimo el volumen de sus millonarios ingresos, procedentes de sus negocios apadrinados por el presidente Hugo Chávez, a costa del petróleo venezolano.

Quienes vean la “fiesta” orteguista desde la torre de su orgullosa indiferencia, no quedarían al margen de sus consecuencias, aunque no serán ellos, sino sus hijos y nietos, los que las sufrirían. Y, seguramente, como la gratuidad no existe en política, también serían sus descendientes quienes tengan que pagar con su libertad, y ojalá que no también con sus vidas, el nuevo rescate de Nicaragua de las manos de una dictadura intolerable, como fue la dictadura somocista.

Porque los abuelos y los padres atendieron el sentido del decir que “el golpe avisa y la sangre enseña”, los hijos y los nietos de hoy no tuvieron que enfrentar al somocismo; pero si éstos, que hoy son los abuelos y los padres de las nuevas generaciones no se avisan con los golpes del orteguismo, sus descendientes tendrán que culparlos por su inconsciente, pero cómplice, indiferencia, porque les heredarían la obligación de sacrificarse por su libertad.

Se trata, pues, del drama generacional que se está viviendo en Nicaragua. De forma que los nicaragüenses de hoy, que lleguen engreídos en su indiferencia hasta 2011, no tendrán derecho a sorprenderse cuando, del pastel electoral orteguista, salga el payaso burlador, porque sobre esa posibilidad, estamos avisados todos.

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